viernes, 29 de julio de 2011

El templete de la Plaza

 (Fotos sacadas de la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas")

De niño imaginaba mi pueblo como una vivienda inmensa que cobijara a todos los peñarandinos. La plaza de España me parecía entonces un amplísimo salón y la dependencia principal de la casa. Y entre su mobiliario sobresalía, enhiesto, el templete inefable. Quienquiera que pasara por tan importante estancia, morador o visita, se fijaba indefectiblemente en aquel mueble, que aparecía orgulloso en el centro de la Plaza.
     ¿Quién ha conocido alguna vez un mueble tan polifacético? Allí estaba el templete para servir a todos, mayores y niños, en lo solemne y en lo diario, para lo lúdico y para lo serio. Se disponía de él así en las celebraciones religiosas como en las profanas. No necesitaba cambiar de aspecto, ni vestirse de forma especial: su continente digno, noble resultaba siempre el apropiado.
     Me acuerdo que por Navidad se transformaba en el establo que acogía los personajes del misterio de Belén. Mientras, a su alrededor, se desperdigaban pastores, lavanderas, leñadores, soldados y Reyes Magos. Asimismo, el templete se transmutaba en púlpito extraordinario cuando llegaba Semana Santa. Desde la altura, volaban lecturas bíblicas y se repetían jaculatorias, que toda la Plaza devolvía como un repiqueteo, en las estaciones postreras del Viacrucis del Viernes de Pasión. Tribuna de sacerdotes al atardecer el Jueves Santo, cuya prédica empapaba de fervor la Procesión del Encuentro.
     Los músicos elegían  el templete como el  mejor de los escenarios desde el que interpretar sus melodías durante las Ferias y Fiestas. Todo su repertorio de piezas clásicas, salpicado con otras populares, iba desgranándose al mediodía, mientras la Plaza se tornaba en un peculiar auditorio. Horas más  tarde, la orquesta perdía su seriedad matinal. El improvisado salón de baile bullía, reía y se movía al ritmo del vals, del tango y de la copla esperada, cuyas notas fluían desde las alturas del templete hasta iluminar de fiesta la noche. Allí contemplé, emocionado, como mis padres bailaban un pasodoble famoso, mientras entrelazaban tímidamente sus cuerpos; y en sus caras se dibujaba esa sonrisa propia de las gentes sencillas, cuando tienen ocasión de olvidar por un momento el peso de sus obligaciones diarias.
     Durante todo el año se convertía en el balcón al cual podíamos subir para contemplar la Plaza; los viandantes en su paseo, arriba y abajo, los domingos después de misa de doce. Y, en cuántas ocasiones sus barrotes mudaron en portal para permitirnos el juego de las cuatro esquinas. El templete aguantaba, condescendiente, nuestras acometidas, nuestros gritos, nuestras carreras. También, a veces, me sirvió como refugio amable en el que oculté soledad, desencantos y quimeras.
     Plantado en medio de la Plaza, se erguía, monumento solitario, tocado con su gorro chino, mientras los bancos de piedra y los kioscos de la Mariana y de la Trini parecieran situarse a una distancia respetuosa desde la que rendirle pleitesía y admiración. Testigo impasible de los días y las noches de los peñarandinos, de los juegos infantiles, y del trasiego continuo por los establecimientos que cobijaban los soportales: farmacias, bancos, cafés, librerías, pastelerías, zapaterías, ópticas, textiles, relojerías, muebles en un sinnúmero de mostradores. Diríase que el templete, mirador férreo, se preocupaba por todos, incluso del indolente que contemplaba distraído los escaparates, o de aquel que, frente a la calle Bodegones, recreaba la película del jueves de los retazos que las carteleras regalaban.
     Mueble, establo, púlpito, tribuna, escenario, balcón, portal, refugio, monumento, testigo, mirador…: el templete ¿Acaso podríamos imaginar la Plaza sin él?

miércoles, 20 de julio de 2011

¡Qué viene el antolín!

Desde muy pequeño, cuando escuchaba ¡qué viene el antolín!, asociaba este aviso, repleto de recelo y desasosiego, con la presencia de cualquiera de los guardas jurados rurales. No supe hasta varios años después que uno, el más estricto, el más temido, se llamaba realmente Antolín y que otras personas utilizaban siempre este nombre con propiedad.
      Creía, ingenuo, que los dos guardas eran el antolín, aunque el otro tuviera una actitud menos agresiva. Pero fuera que el causante de mis sobresaltos  era el auténtico Antolín, cuando nos referíamos a él nadie me hizo ver el equívoco. Los recuerdo de verde, el pantalón de pana, la bandolera y una escopeta colgada al hombro, y los diviso en lontananza a caballo o pedaleando sobre una bicicleta. Vigilaban las cosechas, los huertos, las eras.
     La palabra antolín nos provocaba siempre desazón, tanto habíamos oído de su genio y de sus respuestas contundentes. Y es que nada confiere más autoridad a una persona que la fama que le precede. De manera que, a veces, no es necesario que dicha autoridad se demuestre para otorgársela, basta con observar la reacción de alarma y miedo de los que han conocido o padecido sus métodos. Así que, de niño sufrí más por las supuestas manifestaciones furibundas y despiadadas de aquel guarda jurado, que por ser testigo u objeto de ellas, salvo en una ocasión.
     Eran años de escasez y la comida del hogar nunca nos saciaba. Antes de que los primeros calores estivales los agostara, los campos nos ofrecían generosos sus frutos, siquiera en forma de espigas de cebada o de matas sabrosas de garbanzos o de algarrobas. Con qué destreza podábamos las barbas de las espigas y desnudábamos sus granos gordenzuelos; qué regusto a sal quedaba en nuestras manos después de extraer el garbanzo de su vaina; qué tiernas las verdes semillitas de algarroba cuando abandonaban su estuche alargado. Como el hambre y el miedo a menudo andaban de la mano, cargábamos culpables con nuestro botín y con la incertidumbre de la presencia repentina de algún guarda, y nos alejábamos para devorar glotones aquellas minucias.   
     Si un chico gritaba ¡el antolín!, instintivamente huíamos como alma que lleva el diablo, pues el espanto se sobreponía entonces a la necesidad. Nos aterrorizaba recibir una descarga de sal de su escopeta, cuyo escozor se decía era insufrible; o llegar al pueblo atado a la cola del caballo, como contaban que le aconteció al muchacho que fue sorprendido robando almendrucos en las Pocillas. Otras veces, avistábamos a los guardas y escondidos esperábamos que se perdieran en la lejanía por donde transitaban, para así retomar más  tranquilos nuestras ocupaciones.
     En aquella ocasión nadie gritó ¡que viene el antolín!, tan enfrascados nos encontrábamos en la disputa del partido de fútbol. Nos habíamos despojado de los pantalones y jerséis. La aparición del guarda nos sorprendió, y, espantados,  corrimos lejos, mientras nuestra ropa quedaba olvidada en la era sobre las piedras que marcaban las porterías del campo. Del susto pasamos a la intranquilidad al percatarnos que íbamos en calzoncillos. ¿Qué pensaría la gente al vernos de tal guisa? ¿Cómo reaccionarían nuestros padres? Sobreponiéndonos, volvimos a la era y allí nos esperaba la figura imponente de el antolín. La ropa aparecía a sus pies en un montón. Nos comunicó que se la daría únicamente a nuestros padres, si acudían a reclamarla a su domicilio. Y así sucedió. Mi madre recuperó las prendas requisadas, después de pagar un duro de multa. Cinco pesetas que debí reponer a plazos con mis pagas dominicales.
     El antolín protagonizó mis peores sueños durante un puñado de años. Siempre despertaba angustiado,  porque mis piernas plomizas no respondían al aviso recurrente: ¡qué viene el antolín! El guarda se acercaba inexorable hacia mí y su cara, terrible, presagiaba represalias atroces. Hasta que, algún tiempo después, conocí al señor Antolín, revestido de la apariencia normal de un jubilado y con la afabilidad propia de un hombre de su edad. La imagen que proyectaba no sólo distaba de la que en mi niñez me inquietaba, si no que invitaba a tomarle afecto. Por todo ello, estos recuerdos los noto prendidos en una sonrisa afable.

miércoles, 13 de julio de 2011

La hoguera de San Juan

Los calendarios con el santoral son mis preferidos. En la cocina hay  uno. Mientras desayuno suelo fijarme en el santo del día.  A veces sorprendo a algún conocido cuando le  felicito. Me suelen regalar una sonrisa y eso me gusta, ¡qué lo voy a hacer! Pero hoy no he felicitado a nadie. Hoy es San Juan Bautista. Y un  ensalmo me lleva volando a la niñez en la calle San Luis...
     En la calle San Luis celebrábamos la noche de San Juan con una hoguera gigantesca. Siempre en el mismo lugar:  la explanada en la que terminaba nuestra calle, justo entre el negrillo centenario y una propiedad de la familia de La Torre mitad huerta, mitad granja. Era un rito que se repetía año tras año, sin que yo comprendiera el motivo. Tampoco me importaba  y, como el resto de los niños, participaba del mismo, aunque solo fuese para romper la diaria monotonía .
     Los muchachos no hablábamos de otra cosa desde unos días antes, desde que alguno traía la noticia con la que se había topado por casualidad, que es como los niños nos enterábamos de casi todo. Ufano la transmitía a los demás, y, de inmediato, brotaba la ilusión, sazonada con una pizca de zozobra, porque llegara el  momento de la celebración.
     Deseábamos formar parte de aquel acontecimiento como los demás, como los mayores y discutíamos para que se notara nuestra contribución. Así que reaccionábamos como esas hormigas que al caer la tarde abandonan el hormiguero y se expanden mientras  buscan afanosas cualquier alimento que trasladar a su despensa subterránea. Previsores, como ellas, hacíamos acopio de cualquier material combustible que encontráramos en las cercanías de almacenes, tiendas, fábricas e incluso en los muladares vecinos de la era del Reguero y lo amontonábamos detrás de la iglesia.
     Daba gusto ver el trasiego de la calle San Luis el 23 de junio. ¡Hay que ver cuántas sillas cojas,  armarios desvencijados, viejos arcones sin tapa pueden  arrumbarse por años en los desvanes y en los corrales de las casas!  Durante todo el día la calle era una procesión continua de muebles desahuciados, pero resueltos a un postrer servicio: inmolarse en las llamas de San Juan y así divertir a sus dueños.
     Poco a poco el montón crecía y crecía. Cuando la tarde dejaba paso a la noche todo estaba listo. La montaña de trastos viejos me parecía espectacular. Alguien prendía fuego por la base y pronto todo era una llama voraz. Entonces la madera crepitaba dolorida y una multitud de chispas se elevaban como asustadas buscando refugio en la negrura de la noche; y las mariposas, de las ayer insidiosas orugas, parecían luminarias en sus últimos vuelos blanquísimos sobre el viejo olmo. No hay nada más fascinante que contemplar la danza incansable de las llamas que lo devoran todo en el silencio de la noche. Aquel espectáculo con su magia poderosa me atenazaba hipnotizándome. A mi alrededor todo el barrio callaba extasiado mientras la pira alcanzaba su cenit y su máximo fulgor.
...

      Aquel año, un grito lejano rompió de repente mi ensimismamiento, rodó calle abajo y retumbó en la explanada convertido en lamentos y jaculatorias. Era Manuela, la de los gusanos, que cuidaba las gallinas de Julio de la Torre y  las imaginaba ya a todas tiznadas de humo y pavesas.
     -¡No te preocupes, Manuela! ¡Mañana las pintas de blanco España!- le consuela un ocurrente.
     El aire se llena de carcajadas que se llevan algo del encanto de la noche de fuego, y que a mí me parecen la causa de que la hoguera disminuya su vigor. 
...

   Después de un rato, las llamas menguaban y todo era brasas rojas en un rescoldo ahíto de cachivaches. Pero la explanada recobraba el ánimo con el salto del primer mozo, que volaba con éxito por encima de las ascuas resplandecientes. A éste le imitó otro, y otro, y otros más enardecidos por los aplausos de la concurrencia.  Un impulso mal calculado levantaba a veces chispas y ayes femeninos. 
     Y cuando la hoguera agonizaba, y apenas ya algún tizón humeaba, nos llegaba el turno a los pequeños. Reclamábamos nuestra parte en el juego, en el riesgo; siquiera para presumir ante los demás al día siguiente, salpicando nuestros saltos  de  dificultades supuestas y exagerada pericia…

 ...
   Poco a poco, la llegada de las vacaciones cargadas de prometedoras experiencias estivales, cubría  con el velo de nuevas emociones la noche de San Juan, vivida ante la atenta mirada de la iglesia de San Luis, al lado del fiel negrillo.

jueves, 7 de julio de 2011

El Centro de Acción Católica

Los largos meses de otoño e invierno hacía del Centro de Acción Católica la única alternativa para que los chicos estuviésemos ocupados desde el atardecer hasta la hora de la cena, mientras esperábamos la llegada de la primavera cargada de días templados, más horas de luz y, por tanto, más  vida en la calle.
     Me embutía en mi abrigo y en mi gorro de orejeras, cuyos extremos debían ir abrochados bajo la barbilla por exigencia de mi madre. De esa guisa recorría el camino entre mi casa y el Centro y así regresaba a la hora establecida. Sin embargo, apuraba tanto la estancia en aquel confortable lugar que casi siempre debía desandar el camino a la carrera. Una tarde rompí el ritual, engañado tal vez por la tibieza del día. O tal vez fuera un despiste. El caso es que olvidé encasquetarme el gorro y ya desde esa misma noche mis oídos se quejaron y mi imprudencia acabó, en los días siguientes, en otitis aguda.
     El Centro de Acción Católica se encontraba en la calle de Nuestra Señora, entre los Almacenes Martín Mulas y la tienda del Americano. El edificio, de dos plantas, debió ser en otra época el hogar  de una o más familias, si bien quedaba poco de su anterior distribución. Al menos, las salas que yo frecuenté eran espaciosas, sin rastro de tabiques separadores entre estancias vecinas.
     En la planta baja había cuatro dependencias. En la primera, a mano izquierda al inicio del pasillo, se exponía el belén, que ocupaba media sala. Cada Navidad se variaba la decoración, la iluminación, el simbolismo de las escasas figuras, los motivos escogidos. Me sorprendía la originalidad del belén y solía contemplarlo con asombro y admiración. Enfrente se encontraba el salón de la televisión, en donde tantas mañanas de domingo seguí con pasión los partidos de baloncesto entre los mejores equipos de la primera división. Recuerdo cómo disfrutaba con los triunfos del Real Madrid de los Emiliano, Luyk, Monsalve, Sevillano y otros cuantos, dirigidos por Ferrandis. Me emocionaban  los enfrentamientos contra el Estudiantes de los Arroyo, García Reneses, Sagi-Vela, o contra el Juventud de Badalona de Nino Buscató. Al final del pasillo estaba la pequeña cantina, un lugar reservado más para mozos y adultos que para niños como nosotros. Allí se tomaban chatos de vino con los aperitivos que salían de aquellas grandes latas: sardinas, anchoas, chicharros, aceitunas…
     También en la planta baja había un curioso habitáculo que por su forma y tamaño bien podría haber sido despensa o hasta armario empotrado; era el despacho de don Agustín. Parecía difícil que pudiera acomodarse entre aquellas dimensiones. Pero allí sentaba toda su corpulencia, de cara al pasillo y allí leía su breviario o cerraba los ojos, como si reflexionara, como si realmente estuviera metido en un confesionario o incluso en una hornacina. Parecía aislado,  ausente, y, sin embargo, sentíamos su presencia controlando todo lo que ocurría en el edificio.
     Pero era en la planta primera donde pasábamos la mayor parte del tiempo. Subíamos a la carrera. La madera de la escalera retumbaba con nuestros pasos. Futbolines, billares, la mesa de ping pong, armarios repletos de tebeos y juegos de mesa estaban concentrados en una sala  con una sorprendente forma de ele mayúscula al revés, situada a un nivel más bajo que el pasillo, por lo que había que descender un peldaño para entrar. Además, los dos brazos de la ele también presentaban distintos niveles, lo que nos obligaba a subir y bajar escalones para pasar de uno a otro. No se podía  ocultar que habían sido dos estancias independientes antes de aliarse para su nuevo cometido. La parte de la sala paralela a la fachada tenía otra particularidad: conservaba la disposición que debió tener en su anterior vida como hogar: un salón con dos alcobas, pero sin las cortinas que seguramente preservarían la intimidad de los dormitorios. Ahora las cortinas ya no eran necesarias y unos arcos adornaban la estancia, en la que había mesas para jugar al parchís, a la oca, a las damas, al ajedrez, al dominó. Parecía que los arcos nos aislaban de lo que ocurría al lado. En el trazo mayor del local, arrimados a las paredes, se sucedían los bancos en los que nos acomodábamos para leer los tebeos que se amontonaban en las estanterías. Me enfrascaba tanto en estas lecturas que ni el ruido de las bolas del billar al chocar, ni los golpes de los futbolines, ni la algarabía de la sala lograban distraerme.
     Entre juegos y lecturas transcurrían aquellas tardes. Fueron muchas y yo las guardo  aún vivas en mi recuerdo. ¡Qué importancia tuvieron en mi educación! Me ayudaron a convivir, a respetar las normas y los materiales comunes; aprendí las reglas y la técnica de algunos juegos a los que hoy sigo aficionado; se despertó mi gusto por la lectura y, en fin, me acostumbré a actuar con autonomía y responsabilidad. ¡Gracias!

lunes, 27 de junio de 2011

La escuela graduada Miguel de Unamuno tenía un patio.

La escuela graduada de niños Miguel de Unamuno se encontraba también en la calle del Carmen. Era de las pocas coincidencias que tenía con la otra escuela, la de los parvulitos. Todo lo de la Miguel de Unamuno se diferenciaba, y de qué manera, a lo experimentado en mi primera escuela. Se desvanecieron con sus batas blancas las maestras, llevándose aromas y voces que me habían envuelto a diario durante dos cursos. Las niñas, con las que habíamos compartido pupitres y juegos, ocuparon otras dependencias, a espaldas de las nuestras, en la escuela graduada de niñas Miguel de Unamuno. No las volví a ver ni en las clases ni en los recreos.
     Para esta singladura mi padre me fabricó una cartera con tres listones de madera y dos láminas de táblex. Había anudado una tira de cuero en los extremos horadados de los listones, y así pude trasladarla en bandolera. En ella viajaron juntos enciclopedias, peones, lápices, chapas, cuadernos y canicas durante cuatro cursos. El traqueteo de aquel vehículo tan singular debía divertirlos a todos, y que careciera de tapadera parecía no preocuparlos demasiado.
     Me impresionó el número de escolares que  reunió el patio el primer día de clase. La proximidad de los mayores, seguros, dominantes me intimidaba. Pero la protección cálida de algunos parientes y vecinos, ya veteranos, mitigaron esta sensación. Así que me aclimaté pronto a las reglas infantiles que los años habían establecido allí y olvidé las de mi anterior colegio.
     El patio de mi nueva escuela me sedujo al instante. Me parecía inmenso. ¿Y los recreos? De repente, todo se poblaba de niños en desiguales grupos, cada uno moviéndose al compás marcado por su juego convenido. En él jugué mucho y a todos los juegos de entonces. Y, como los demás niños, alguna vez preferí despistar la soledad dando vueltas y vueltas sin parar en las barras de hierro de las vallas. ¡Cuánto me gustaba ser parte de aquel patio!
     Recuerdo lo divertido del ritual que tenía lugar en el patio al comenzar y concluir la jornada. En aquellos momentos me creía un soldado que obedeciera disciplinado las órdenes del sargento. El maestro nos mandaba a cubrirse y formábamos filas, una por curso. En posición de firmes, rezábamos y, mientras se izaba o se arriaba la bandera, entonábamos Cara al sol, Viva España, Prietan las filas, Montañas nevadas o algún otro himno patriótico. El ingenio infantil, dispuesto siempre a buscar el lado divertido de todo, recreaba estas canciones con unas letras jocosas. Algunos osados las cantaban entre sonrisitas, mientras las voces de los demás las escondíamos; pero, poco a poco, iban depositándose con regocijo en nuestras cabecitas, hasta confundirlas con las originales.
     Aquella tarde ocurrió. Afuera llovía a cántaros. La parada militar tuvo que celebrarse en el pasillo de la planta baja. Arrancaron los sones de Montañas nevadas y, al llegar a la segunda estrofa, las paredes retumbaron cuando todos cantamos a voz en cuello:
“Quiero levantar la pata,
      Un imbécil va y me empuja,
El tortazo que me meto
Ha de ser sensacional”.
     Se hizo el silencio. En los rostros se dibujaban la perplejidad por el atrevimiento y el temor por las inevitables consecuencias. Y estas se manifestaron de inmediato en forma de auténticos tortazos que restallaban en nuestros carrillos entre exclamaciones de dolor. Cada maestro se encargó de una fila, sin que importara demasiado en aquella ocasión que la formación se desbaratara. 
     Aún hoy, al acordarme de aquello, me he llevado inconscientemente la mano a mi mejilla izquierda.

lunes, 13 de junio de 2011

Gigantes y Cabezudos


*Foto extraída de la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas", portada por Kiko García.

Que la Casa Consistorial era un lugar muy importante, lo sabíamos todos los niños de Peñaranda. Que en su interior se trataban asuntos de mucha enjundia y relevancia, lo suponíamos. Si no, ¿cómo explicar que la aparición de la mariseca, aquella veleta taurina, en lo más alto del tejado del Ayuntamiento, significaba el inicio de las Ferias y Fiestas del pueblo? O,  ¿por qué habitaban allí unos seres extraordinarios, fabulosamente grandes, que sólo se dejaban ver en los señalados días de fiesta?
     Aquellos seres no eran otros que los Gigantes y Cabezudos. Su presencia me inspiraba un cúmulo de sensaciones encontradas: asombro, curiosidad, admiración, y un atávico respeto que se tornaba en recelo inevitable. Sospecho que a los demás niños les ocurría lo mismo que a mí. El pasacalles de la banda municipal desfilaba a primera hora por la ventana de mi dormitorio. Me despertaba y, de inmediato, recordaba lo que sus acordes significaban. El sobresalto ya no me abandonaba en las horas siguientes, a la espera de que los Gigantes y Cabezudos abandonaran su escondrijo y se echaran a la calle con esos enormes e increíbles cuerpos de cartón piedra.
     En ese intervalo me volvía un niño atolondrado. Mi madre me regañaba por mis torpezas y más me azaraba. De pronto el estallido de aquel cohete retumbaba en toda la casa. Era el anuncio de la salida de los Gigantes y Cabezudos. El pecho se me encogía. Se disparaba mi corazón. Una especie de resorte crecía en mi interior y corría como loco hacia el Ayuntamiento. Entonces me perdía entre el nutrido público infantil que se aglomeraba en torno a la fuente del medio, contagiado de nervios e impaciencia, fundido en un único murmullo de inquietud por la inminente aparición de los esperados personajes. Barullo, movimiento, expectación. Todo culminaba cuando las puertas del Ayuntamiento se abrían de par en par. El señor Cañada lanzaba un nuevo cohete, la dulzaina arrancaba sus primeras notas y, ¡por fin! aparecían los Gigantes y Cabezudos.
     Daba comienzo así la marcha por las calles, al son de dulzaineros y cohetes. Los gigantones, coronados como rey y reina, nunca perdían su aspecto serio y a la vez bonachón  mientras bailaban y hacían girar sus cuerpos al compás del balanceo de sus brazos enormes. Los cabezudos perdían en altura respecto a los primeros, pero ganaban en agilidad. Esgrimían varas y a veces las usaban contra los muchachos que les provocaban. Las descomunales cabezas de estos seres simulaban un chino, un guardia civil, un negro, el gordo, el flaco. Algunos eran taimados, y de manera especial el negro, al que llamábamos la mona. Los mayores sabían cómo enfadarle y le cantaban Ea, ea, ea, la mona se cabrea, ea, ea, ea.  Entonces el cabezudo se volvía loco. Las carreras, vara en ristre, detrás de los provocadores, eran continuas. Hasta llegaba a vengarse de alguno de ellos. Este cabezudo, más que miedo, me inspiraba pavor.
     ¡Lo que pude correr para huir de las acometidas de los cabezudos! Incluso puedo afirmar que mi forma física y mi afición al deporte se labraron con aquellas galopadas. Por suerte nunca fui acorralado ni agredido por ellos. Con cualquier amago que advirtiese, ponía pies en polvorosa, pero había que tener cien ojos para no ser sorprendido al menor descuido.
     El trayecto concluía en el punto de partida. Los Gigantes y Cabezudos regresaban a su morada dentro de la Casa Consistorial. Todavía, antes de ocultarse del todo, alguno de ellos amenazaba con salir de nuevo.Las emociones acumuladas se mezclaban con el cansancio tras la carrera y, resollando aún, comentábamos la aventura a gritos, hasta que, poco a poco, nos íbamos serenando a medida que la plaza se vaciaba de gente.
     Yo no podía quitarme de la cabeza aquellos personajes quiméricos. De vez en cuando, mis ojos se desviaban hacia los ventanales del Ayuntamiento. Me preguntaba qué harían en ese momento los Gigantes y Cabezudos. ¿Conversarían entre ellos sobre todo lo acontecido minutos antes?, ¿Urdirían, ladinos, venganzas contra los muchachos que les habían agraviado? ¿Reconocerían a los culpables? ¿Nos confundirían a unos con otros? ¡Al día siguiente saldría de dudas!

viernes, 3 de junio de 2011

Aquella radio de baquelita

*Foto sacada de la página "Peñaranda, fotos antiguas", aportada por Juan Antonio Diezma Santamaría.

La radio de baquelita se escuchaba en el salón de nuestra casa de la calle San Luis. Una cortinilla ocultaba el estante que la sostenía a la pared. Otra, haciendo juego, rodeaba el aparato y se abría en su parte delantera para que así pudieran verse los mandos frontales y la aguja del dial. Aquellas no sólo protegían la radio del polvo y la adornaban: eran el símbolo de  la importancia que se concedía a este aparato. De hecho, su sonido nos acompañaba durante todo el día, sobre todo a mi madre, que pasaba en casa más horas que ningún otro miembro de la familia.
Mientras escribo, afloran ramilletes de recuerdos, y un perfume de sintonías, anuncios y programas de otra época embriaga mis sentidos de sensaciones más o menos intensas, perdurables en la memoria de las emociones.
Así es como empiezan a desfilar por mi mente la canción del Cola Cao, entonada  por aquel negrito del África Tropical que, sin dejar de trabajar, relataba las múltiples cualidades del producto, y garantizaba el éxito de los deportistas que lo consumían; o la melodía del flan chino El Mandarín, cantada por un grupo de niños que jugaban. El ritmo me invitaba a participar del juego. Yo imaginaba que debía ser divertidísimo, y trataba de emularlo con movimientos rápidos y acompasados cada vez que sonaba la canción. Y qué decir de la Tableta Okal, de aquel hombre que ponía música a su felicidad y, con mucho ritmo, refería cómo gracias a Okal había superado la jaqueca y ya no temía ni a un mal catarro de enero.
     De entre los programas de radio de aquellos años, hubo dos que recuerdo con especial afecto. Eran muy diferentes, aunque tenían en común su emisión a horas en que yo paraba más en el hogar: en torno a la comida, y a la caída de la tarde. El primero lo descubrí un día en Radio Peninsular de Madrid. Se emitía hacia la una y media o dos de la tarde. Me aficioné inmediatamente. El locutor era un antiguo trabajador de Iberia que había recopilado una ingente cantidad de discos en sus viajes profesionales a los Estados Unidos. Se titulaba “Vuelo 605”. Nunca he olvidado aquella voz intimista que parecía susurrar ni la cadencia del mensaje de Ángel Álvarez cuando presentaba sus discos. Me envolvía su manera de comunicar, de transmitir la emoción de la música y el deseo de compartirla con los oyentes. Cada pormenor de autores y músicos, cada circunstancia que rodeaba cualquier canción, orígenes, influencias, éxitos. Hasta las dificultades que el propio locutor había sorteado para hacerse con los vinilos al otro lado del Atlántico. Todo era detallado de una forma tan atractiva.
      “Vuelo 605” posibilitó que yo descubriera la música anglosajona que sonaba en el resto del mundo. Ángel Álvarez la encontraba en sus desplazamientos por el mundo para después ofrecerla a sus oyentes españoles como si de una joya se tratara. ¡Cómo sonaban  los Shadows  y su “Apache”, Jan and Dean y “Surf city”, los Beach Boys con sus “Buenas Vibraciones”, Los Hollies en “Bus Stop”, los “Verdes Prados” de Brothers Four. ¡Qué poco tenían que ver con el tipo de música que se hacía en nuestro país! ¡Cuánto debe mi gusto musical a aquel programa!
     Al anochecer, especialmente en invierno, cuando la oscuridad y el frío invitaban a recogerse en casa, al amor del calorcillo del brasero, sentados en torno a la mesa camilla, toda la familia atendía con expectación lo que acontecía en el serial radiofónico de turno. Lo llamábamos “la novela”. Fueron unos cuantos seriales los que nos entretuvieron entonces, pero el recuerdo nítido de uno de ellos me devuelve la calidez de aquellos momentos compartidos con mis padres y hermanos. Se titulaba “Jeromín”. El protagonista era un niño por el que sentimos un gran afecto desde su primera aparición. Sus cualidades eran tales que presagiaban, sesión a sesión, que algún día ocuparía un lugar muy prominente en la historia de España, y que, con el tiempo, se esclarecía su  verdadera y muy noble cuna. La novela avanzaba lentamente, los capítulos se sucedían, se superaban unos a otros en emoción, pero siempre se nos hacían demasiado cortos los veinte minutos que duraban. Además, se usaba la vieja técnica de concluir cada capítulo en el momento de mayor dramatismo y tensión. ¡Cuánta incertidumbre me provocaban estos finales! Me frustraba desconocer el desenlace y ansiaba que llegasen las ocho de la tarde del día siguiente para descubrir en qué terminaba la trama.  Unas sensaciones  compartidas por toda la familia, a juzgar por las expresiones de los rostros, por el silencio de los últimos momentos, roto por nuestras palabras de contrariedad cada vez que el capítulo tocaba a su fin.
     Aquella radio de baquelita envuelta en sencillos cortinajes en el salón de nuestra casa de la calle San Luis … Aroma de mis padres, de mis hermanos. Aroma de hogar. De infancia.

jueves, 26 de mayo de 2011

La era del reguero, nuestra era.


La era se enclavaba en las proximidades del lavadero público y la charca. La denominábamos del “Reguero” al igual que los demás espacios de la zona. Estos lugares se encontraban tan cercanos a nuestro barrio –situado a las afueras de Peñaranda-, que los considerábamos casi de nuestra propiedad.    La era nos reclamaba durante todas las épocas del año. Incluso en el periodo estival, cuando estaba ocupada por la trilla y el aventado de las diversas cosechas de cereales, garbanzos y  algarrobas. En este periodo  observábamos curiosos y expectantes no sólo como se desenvolvía el trillo sobre la parva, sino también lo que ocurría cuando  a ésta la introducían en la tolva de la máquina limpiadora.  Los granos caían por su parte trasera y la paja salía despedida,  impelida por el viento que producían unas aspas que veíamos girar vertiginosamente en un lateral de aquel aparato.
     Pero lo que  más nos interesaba era la altura que iban alcanzando los montones de paja. Y es que aquellas montañas doradas ejercían una irrefrenable atracción sobre los chicos. La paja permanecía en la era varios días antes de que la acarrearan a los  pajares. Aprovechábamos la  ausencia de labriegos, apara acudir en bandadas y ascender hasta la picota e, inmediatamente, deslizarnos pendiente abajo, para volver a trepar, hundiéndonos  y emergiendo  en la blandura amarillenta entre resbalones, empujones, carcajadas y gritos compulsivos. ¡Cuánto nos divertía este juego! ¡Cómo menospreciábamos los arañazos, los pinchazos y las magulladuras que se repartían por todo el cuerpo! ¡Qué frustración sentíamos cuando, después de un tiempo, la paja desaparecía de la era!
     Sin embargo, esa sensación  era pasajera, pues toda la superficie quedaba expedita, limpia, disponible durante el resto del año  para practicar nuestro juego favorito: el fútbol. Y ya lo creo que lo practicábamos, en el mejor campo posible, cubierto por un césped que muchos desearían para sus estadios. Había temporadas que acudíamos a diario para disputar un partido. No importaba que fuera invierno o primavera. Aunque cualquier pelota grande nos servía para jugar, en las ocasiones en que alguien llevaba un balón de “reglamento”, de “material”  nuestro entusiasmo se desbordaba. Todavía me acuerdo de aquellos balones de cuero, de  piezas cosidas, y con una abertura que se cerraba con un cordón , como si  fuera un  zapato, por donde asomaba la válvula de la cámara. Agradecidos y para poder utilizarlo durante todo el partido sin contratiempos, se le concedían unas atribuciones al dueño del balón,  impensables para el resto de los jugadores.
      A falta de reloj, la duración del juego se supeditaba al número de goles convenidos, casi siempre elevado. Tanto, que alguna tarde de invierno se nos echaba la noche encima y postergábamos la contienda del resto del encuentro para el día siguiente. Todo adquiría otra dimensión y nuestra afición crecía con la llegada de la primavera y mayor número de horas de luz.  A veces disputábamos  partidos  contra chicos de otro barrio y entonces cobraban  una seriedad inusitada. Y si era inminente el verano,  nos quedábamos en calzoncillos y  camiseta, y con ese atuendo nos creíamos, ingenuamente, futbolistas de las competiciones oficiales…
     ¡En fin, la era del Reguero! ¡Cuántos ratos pasé en ella durante mi infancia! ¡Me complace tanto evocarlos!

viernes, 20 de mayo de 2011

Unas vacaciones con premio


*Foto aportada por Miguel Alfayate Martín en la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas".
 

De niño  deseaba que el tiempo pasara veloz para que las vacaciones llegaran cuanto antes y con ellas sus celebraciones. En el caso de las Navidades y Semana Santa, vacación y festividad se acoplaban por tener similar duración. Pero las vacaciones de verano eran las más esperadas. Estas ofrecían, después de nueve larguísimos meses de clase, un montón de días y horas, sin apenas obligaciones, para llenarlo de juegos y aventuras. Además, estas  vacaciones culminaban con un regalo: antes de que concluyeran nos esperaban las ferias y fiestas del pueblo.
     ¡Con qué emoción e inquietud vivía los días previos a aquellas fiestas! Los lugares en los que habitualmente transcurrían nuestros juegos durante el resto del verano los desplazábamos a donde se establecería el recinto ferial. Especulábamos con el número de atracciones que aquel año se asentarían allí y que con toda seguridad superaría el de los anteriores. Con los demás críos seguía atento cómo se iban montando todos los puestos participantes: las barcas, los tira pichones, los caballitos, las tómbolas, los tenderetes de chucherías y juguetes.

   Un día todo aquel tinglado se ponía en funcionamiento. El bullicio y las luces de la feria me reclamaban de un modo insoslayable. Como la mayoría de los chiquillos deambulaba  agitado de un lugar a otro, la mayor parte del tiempo mirando, curioso y con algo de envidia, cómo algunos privilegiados disfrutaban de la oferta de determinados puestos. Sólo en alguna ocasión participé de las atracciones, pues el dinero del que disponía para gastar era  escaso  y prefería destinarlo en objetivos más sustanciosos.
     Y mientras tanto, las barcas subían y bajaban impelidas por la destreza, por la fuerza del usuario de turno, hasta que el tablón del freno se elevara lo suficiente para poner fin a su vaivén. Los balines de las escopetas del tira pichón emitían, reiterativos, los “tac”, “tac”, al golpear la chapa repleta de muescas que rodeaban los blancos. A veces los disparos eran certeros, y se premiaba entonces al tirador con una enorme bola de anís, con cigarrillos, con una copita de licor, o con cualquier otro estimable regalo. Los tiovivos no paraban de girar y girar divirtiendo a los niños y niñas que, subidos sobre caballitos, coches, aviones o bicicletas diminutos  colmaban de orgullo a los padres y  a los abuelos que les seguían arrobados. En la tómbola se anunciaba ¡otro premio!, que era el señuelo que animaba a los concurrentes a comprar una nueva tanda de boletos, asegurando que ¡siempre toca, señoras y señores!, mientras se adjudicaba al agraciado un enorme y colorido cayado de caramelo. Y durante todo el tiempo, en los tenderetes de regalos y golosinas, el éxito de ventas recaía en los pirulís forrados con cucuruchos de galleta y las manzanas recubiertas de rojo caramelo.


     Al cabo de poco, todo terminaba. De un día para otro, todos los puestos habían desaparecido de las plazas, y éstas recobraban sus dimensiones habituales. Los forasteros regresaban a sus lugares de residencia, los adultos del pueblo volvían a sus trabajos… De pronto, parecía que se hubiera hecho el silencio, y aquella repentina situación nos dejaba descolocados a todos los niños. Parecía  incluso  que aquella repentina soledad refrescara las tardes y hubiera que engañarla  recurriendo a  los jerséis con tufillo a naftalina.
     Esa sensación de término anunciaba que el verano tocaba a su fin y que el nuevo periodo escolar estaba próximo.