martes, 25 de octubre de 2011

El mercado de los jueves

A los jueves de mi niñez les envolvía un halo como de celebración, de fiesta, que los diferenciaba del resto de los días de la semana. El Jueves Santo, el Corpus Cristi y la Ascensión brillaban más que el sol; el jueves del turrón, era una antesala dulcísima de la Navidad; el primer día grande de las ferias y fiestas de Peñaranda llegaba con el jueves. Al menguar sus clases, los jueves escolares, desde las doce del mediodía, nos regalaban una tarde ansiada de libertad. Y, durante todo el año, un mercado se instalaba los jueves en la plaza de la Fuente del Medio.
     Apenas me quedan imágenes de aquel mercado asociadas a mis primeros años, acaso porque la plaza me pillaba a trasmano en mi camino a la escuela, o porque mis intereses y mis aficiones no pasaban por aquel lugar en un día que se me abría generoso al juego. Otra cosa fue mi etapa de  bachiller. La plaza del Medio la encontraba a diario en mis idas y venidas al instituto. Fue entonces cuando empecé a apreciar la estampa que ofrecía el mercado cada jueves. Me saludaba de mañana con sus puestos desplegados, que me olían a huertos, como los cercanos al Asilo o frente a la era del Reguero que yo conocía tan bien. Muchas mujeres, madrugadoras, merodeaban ya por entre los tenderetes, y mientras inquirían precios y percibían calidades, sopesaban la mejor compra para sus necesidades y su peculio.
     Atravesaba por medio de aquel tinglado y las voces de los vendedores, los olores de las verduras, el colorido de la plaza entera y la  luz de esas mañanas caminaban conmigo hasta clase. Cuando regresaba  a la una y media, todavía el mercado estaba allí, pero había perdido la consistencia de las primeras horas. Escaseaban las clientas, muchos puestos habían desaparecido y otros recogían sus bártulos: los costales de patatas, las banastas con los tomates, los talegos de judías y lentejas, las ristras de ajos encaramados ya en los carros, esperando el regreso. Al volver al instituto después de comer, la plaza recreaba un solar abandonado, y sólo recordaban el mercado de la mañana solitarias y podridas patatas, ciertas hojas abandonadas y resecas de lo que debieron ser hermosas lechugas y, tal vez, alguna cáscara  de melón o el corazón oxidado de una manzana: rebozados desperdicios con los restos de tierra que habían quedado olvidados en aquel lugar.
     En ocasiones fui otro cliente más en aquel mercado. Especialmente, al llegar el tiempo de algunos frutos que eran mi debilidad: los membrillos, las acerolas, las pipas de girasol y los piñones. Cuando aparecían en la plaza, mi mente maquinaba la forma de conseguirlos al jueves siguiente, y aunque siempre supuso renunciar a otras adquisiciones dominicales, el sacrificio merecía la pena, tanto disfrutaba degustándolos. De los membrillos compraba uno y, después de retirar los restos de pelusilla, brillaba  amarillo, de un dorado apetecible.  Más que masticar su pulpa, absorbía su jugo, y, de esta manera, su acidez y su aspereza me acompañaban más de una hora. También solía comprar una cabeza de girasol. Las grandes costaban más, entonces me conformaba con  media. En ambos casos, yo las troceaba, bien porque de esta manera extraía más fácilmente las pipas, bien porque así me aguantaban varios asaltos. Las acerolas vinieron pocas veces a la plaza, y siempre las vi en unos rebosantes cestos de mimbre, rodeando el vaso de latón que daría la medida de las compras a los clientes. Acaso por su olor dulzón, o porque eran un retrato en miniatura de las manzanas rojas que tanto me gustaban o, quizá, por el sabor agridulce que dejaban en mi paladar, siempre se me antojaron.  Y, aunque sólo en alguna ocasión pude adquirirlas, estas sensaciones permanecen frescas a pesar de no haberlas consumido nunca más.
     No recuerdo lo que sentía aquellos jueves. Es ahora, tal vez al evocar tantas láminas que me quedaron grabadas del ayer, cuando las añoro como parte de mi vida de entonces. Fueron unos días en los cuales yo formaba parte de un enjambre imponente que llenaba la plaza tan querida. Aún la veo repleta, desde los soportales que cobijaban la Carnicería Pepe y la Caja de Ahorros, hasta el otro extremo, donde los zapatos de Calzados BBB, los hilos y lanas de La Romanita y los plátanos y naranjas de La Flor de Valencia parecían contemplarlo todo con un mohín de envidia. Entre berzas, peras, zanahorias y alubias, el campesino lograba equilibrar la romana ante la mirada suspicaz de una señora. Otras mujeres se abrían paso entre los tenderetes portando sus capazos abultados de patatas y manzanas por las que asomaban los rizos de las escarolas o sobresalían los tallos verdísimos de un manojo de cebollas.
     Muchas personas de otros pueblos se sumaban a esta fiesta mercantil de los jueves. Ningún otro día contemplé tantas mujeres de la comarca en los comercios de tejidos y de calzados de la plaza de España; nunca, tantos retales, fajas, calzones de franela, pijamas, alpargatas y zapatos sobre sus mostradores. Al mediodía, el bar de La Amistad era una caterva de clientes, forasteros la mayoría: unos recostados en la barra; sentados a las mesas, otros; en pequeños grupos de pie, los más; todos, en animada charla junto al chato de vino, la copa de sol y sombra o el café con leche. En las inmediaciones del bar y, más lejos, frente a la calle Bodegones contemplé escenas que protagonizaban varios hombres. Lo que en un principio me figuraba una discusión entre desconocidos, en ciertos momentos taimados, de pronto se convertía en la imagen de viejos conocidos que acababan de encontrarse y que expresaban su alegría entre voces, risas y un estrechar de manos. Más tarde reconocería en esos encuentros los tratos a los que conducía el chalaneo. Y, en fin,  con este pulular de gentes, paquetes y parloteos, el furor del mercado de los jueves de la plaza del medio se prolongaba hasta la plaza de arriba, que parecía resuelta a no perder su primacía, inapelable el resto de los días.

(Fotos sacadas de la página de facebook: "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas")

lunes, 10 de octubre de 2011

En las noches de verano de la calle San Luis


Apenas comenzaba a declinar la tarde, parecía que me echaran de casa, Mi energía, aletargada por la calorina del día, se desataba entonces, al tiempo que el sol, que se escondía tras las torres de la parroquia, se llevaba con su último resplandor la galbana que me había acompañado, soporífera, toda la jornada. Hacía poco tiempo que el último carro, revestido de redes ahora desinfladas, había traspasado los portones de la corraliza vecina en la calle Isabel la Católica, lindando con el bar del señor Ernesto, frente al taller de los Bejaranos. Era aquella una hora en la que los adultos volvían del trabajo, algunos con las lías por bandolera y un balanceo de hoces y ristras de dediles en la cintura. De pronto, toda la calle se plagaba de niñas y niños, que éramos un puñado en cada familia, y la calzada, las paredes acogían carreras y gritos, mientras el barrio se iluminaba con nuestra algarabía mucho más que con las cuatro bombillas mortecinas que se desperdigaban por las esquinas.
     Cuánto disfruté de aquellas noches cálidas. Todavía sueño que vivo en los juegos de mi infancia y que los anhelo como entonces. Todo era juego, tanta era nuestra vitalidad. A veces, un hecho ocasional: la presencia de murciélagos en ese momento del crepúsculo de luz tan incierta. Corríamos alborotados de un lado para otro, excitados por chillidos y  vuelos imposibles, lanzando trapos a sus sombras, pues se aseguraba que era una forma de cazarlos. Y ese entretenimiento fortuito podía parecernos el más divertido. Pero eran los juegos conocidos los que más frecuentábamos. Casi todas las noches recurríamos al Alza la maya. Me acuerdo aún del regusto a victoria que sentía cuando, después de abandonar mi escondite, burlaba a la carrera al que se la quedaba, y, exultante, le sorprendía con el grito: alza la maya por todos mis compañeros y por mí el primero.
     De rato en rato, el grupo que formábamos aumentaba con la llegada de otros miembros o disminuía a requerimiento de nuestras madres: “¡Aurora!, ¡a cenar!”; “¡Venancín!, ¡qué vengas!”. Otras veces, nos acercábamos a casa para calmar la sed que nos provocaban el sofoco de los juegos y el calor de la noche. Y de las visitas a la mía, me queda en la memoria la luz pajiza que se escapaba de la cocina, que apenas iluminaba el lóbrego pasillo, por donde venía rodando un batir de huevos, como un anuncio de la cena que mi madre preparaba para aquella noche. Me parece ver también a mi padre, sentado en el quicio de la puerta. Como tantas veces, cargaba una hoja del librillo con unos pellizcos de Cuarterón que guardaba en su sobada petaca, y, mientras daba espaciadas chupadas, su mirada se perdía en quién sabe cuántas duras rutinas diarias.
     A medida que la noche se adueñaba de la calle, nos alcanzaba el sosiego y formábamos corros, que es una figura inveterada, la predilecta, de los juegos infantiles. En aquellas ruedas nacían las canciones que acompañaban a algunos de ellos, y que tantas veces he tarareado nostálgico de mi calle San Luis y sus noches de estío. Jugábamos a La zapatilla por detrás, y su recuerdo me trae la comezón que me entraba  por si era yo el elegido, mientras caían garbanzos o judías, para salir corriendo y alcanzar al compañero que me había dejado el regalo a mi espalda. O, al Antón pirulero, donde cada cual se arriesgaba a pagar una prenda, si perdía la atención; y que, para recuperarla, tal vez debería ir a casa de la señora Carmela y preguntarle qué comida pondría al día siguiente;  o, quizá, estamparle un beso a la chica que se sabía que te gustaba.
    Al tiempo que las canciones contaban nota a nota nuestra alegría de niños a toda la calle, de cada casa salían los demás y a las puertas se sentaban buscando el fresco tenue de la noche. Poco a poco las carreras, las prendas, las zapatillas, las frases y las melodías repetidas una y cien veces iban enflaqueciendo, a la vez que el cansancio  se apoderaba de nuestros cuerpos. Yo me aproximaba, rendido, a mi familia y me tumbaba en la acera. Pronto una somnolencia pesada me cercaba y me adormecía arrullado por la conversación de mis padres y vecinos; también, por el monótono cri,cri de los grillos que, a medida que el barrio enmudecía, parecían elevar su chirrido. Y en los primeros sueños volvían las carreras recientes, los corros y los sones cantados parecían la banda sonora de aquellas noches tan queridas.

lunes, 26 de septiembre de 2011

De cómo aprendí a montar en bici

A los nueve o diez años decidí aprender a montar en bici. Fue un verano. El intento entrañó un riesgo para mí y también para “la cabra”, que es como llamábamos a aquella orbea de la que me serví para ejercitarme.
     En casa había entonces dos bicicletas: una BH, azul, nueva y vestida con un montón de complementos que yo miraba complacido; y otra, la orbea, de segunda mano, de un color incierto, tan desguarnecida que más que bicicleta pareciera un esqueleto con ruedas. En la época de los ensayos, ésta había perdido los frenos y ni siquiera un timbre adornaba el manillar. Los únicos sonidos, aunque persistentes,  los emitían la rueda delantera en su rozar constante con la horquilla, tan descentrada, y los pedales que percutían a cada pedalada debido a la holgura de sus encajes. Más que rodar, saltaba, y pronto fue “la cabra” para nosotros. Todavía la recuerdo al final del pasillo, apoyada en la pared de la izquierda, muy próxima al portalón que daba al corral.
     Aquella tarde tomé la cabra, pleno de determinación, la empujé a través de la calle y la explanada de San Luis, hasta alcanzar la confluencia de la carretera de Madrid y el caminillo que llevaba a la era del Reguero y los muladares. Desde este cruce contemplé el último tramo recorrido que ahora descendía en ligera cuesta y que al poco llaneaba entre la iglesia y la tapia del asilo. Y como ya me veía deslizándome por aquella pendiente, creí que el lugar sería el idóneo para las primeras prácticas.
      Por entonces, a orillas de la carretera aparecían unos postes de granito encalados, a modo de quitamiedos, pues en esa zona la carretera trazaba una curva. En uno de ellos me apoyé para encaramarme a la bici. Después de unos segundos de dudas mientras obtenía la estabilidad necesaria, con los pies que apenas rozaban los pedales, me impulsé cuesta abajo, los brazos rígidos y las manos crispadas en el manillar. De este modo no necesitaba pedalear y mi concentración única era mantenerme en equilibrio sobre la orbea. No sabía cómo frenar  y confié que la cabra pararía ella sola, una vez que la pendiente acabase. Pero la inseguridad me asaltó a medio camino y, angustiado, alcé la cabeza y mis ojos, no sé por qué, se fijaron en el esquinazo que a esa altura dibujaban las tapias del asilo. Una fuerza inexplicable dirigió entonces mi bici hacia el muro, hasta estamparnos contra él. El choque puso fin a la carrera y, al tiempo, a la orbea y a mí en el apelmazado y polvoriento suelo. Apenas noté el golpe. Pero la rueda delantera del vehículo, sí: una extraña forma ahuevada sustituyó su circunferencia habitual. 
    En medio del susto por el golpe y del disgusto por la avería producida, se me ocurrió golpear con una piedra sobre la picuda cubierta para que pudiera de nuevo rodar. Después, ascendí otra vez hasta el mojón de la carretera, enfilé como antes la cuesta abajo, y volví a estrellarme contra la pared, pues pareciera que sólo tuviera ojos para ella y que la cabra, indómita y caprichosa, obedeciera únicamente el itinerario que marcaba mi mirada. Sin embargo, durante unos días y en un puñado de intentonas más, me subí a aquel cantón blanco, con una obstinación que he observado después en tantos niños, convencido de que acabaría consiguiendo mi propósito, costase lo que costase.
     Ocurrió que un día logré esquivar aquella esquina maléfica y otro me atreví a meter la punta del pie entre la rueda trasera y el cuadro de la bici, como lo hacían otros chicos, para así detenerla. Poco a poco, los trompazos y las caídas menudearon; y como empezara a dominar el rumbo de mi montura, mejoró mi estabilidad sobre ella y mi seguridad. No se puede imaginar que, después de esto, creyese que sabía montar en bicicleta: conservar su perpendicularidad, sin que se venciera hacia alguno de los lados, me resultaba aún prodigioso y hasta un alarde de funambulista. Desde el sillín, mi estatura impedía que mis pies completaran el pedaleo. Hube de conformarme con medias pedaladas, mientras los pies subían y bajaban en un corto vaivén que provocaba una carrera esforzada y todavía azarosa. Un nuevo ensayo, esta vez sentado sobre la barra, me permitiría alcanzar con holgura los pedales y aquel descubrimiento me llenó de satisfacción y de confianza.
     Se diría que mis contratiempos habían pasado, y ya me disponía a ignorarlos. En aquel  atardecer conducía ufano mi orbea en dirección a San Luis. Un último percance evidenciaría pronto mi aprendizaje todavía endeble. Casi al final de la calle, un grupo de mujeres, algunas de ellas niñas de mi edad, cosían sentadas en un corro, que ocupaba media calzada,  aprovechando la sombra generosa a esa hora. Ya próximo al grupo, me visitaron las dudas y, tal vez por precaución, puse los ojos en las costureras. La cabra se dirigió hacia ellas y comprendí enseguida que, como en los días de mi aprendizaje, no sabría cambiar esa  trayectoria. Me precipité con la cabra dentro del círculo, y, de pronto, me vi como levitando encima de aquellas mujeres, pues algunas de ellas, percatadas de mi llegada, pudieron detener la bici y sostenerme en vilo al instante, evitando cualquier daño.
     Qué poco me preocupó el enfado y la regañina de las mayores, y cuánto el haber hecho el ridículo ante aquellas muchachas. El rubor que me afloraba en los días siguientes al cruzarme con alguna de ellas, me recordaría la vergüenza del papelón que había protagonizado una tarde aciaga. Pero, no mucho después, olvidaría todos los incidentes y accidentes: sabía montar en bici y, ya desde entonces, disfrutaría de esa habilidad para siempre.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Noche de cine en El Ejido

Hacía poco que había despertado la calle y ya vi pasar, renqueante, aquella camioneta desvencijada. Nada encajaba en aquel cacharro y que pudiese rular, tan viejo y destartalado, parecía un milagro. Sin embargo, lo que pregonaba el renegrido hombre con un embudo de hojalata desde la trasera de la caja me engatusó de inmediato: cine gratis esa noche en la explanada de El Ejido. La camioneta recorrió toda la calle y nos arrastró detrás a todos los niños del barrio, hasta que girando por la Travesía de San Luis enfiló la calle Empedrada. Otras dos o tres veces debió repetirse la misma ceremonia ese día, y todavía me acuerdo del traqueteo de aquel trasto, de la espesa y negruzca humareda que despedía entre las ruedas su tubo de escape, y del desasosiego y la ilusión que me acompañaría toda la jornada.
     Algunos aseguraron que los del cine eran húngaros y a mí me asemejaron gitanos, como aquellos titiriteros que, en anteriores ocasiones, rompieran la monotonía de San Luis con una mona, una cabra y una muchachita que parecía descoyuntarse en posturas imposibles al ritmo de una trompeta y de un pandero.
     Ya a las nueve de la noche un  abundante gentío ocupaba la explanada. Al poco cayó la noche y el centro de El Ejido lo iluminaban los faros mortecinos del vehículo que tan bien conocía. Todo estaba dispuesto para la función anunciada. Recuerdo que el proyector sobresalía de la plataforma del remolque de la camioneta, cuyo batiente posterior colgaba hacia el suelo; a tres puñados de pasos aparecía tersa una sábana, de blancura incierta, sujeta a dos maderos clavados sobre el suelo, como una pancarta que se preparase a anunciar paisajes y personajes de película.
     Todo me parecía mágico en la noche estrellada de agosto: aquel enclave magnífico a horas tan desacostumbradas lejos del barrio; los operarios manipulando la maquinaria ante mis ojos; los espectadores acomodados a nuestro antojo, sentados sobre la tierra amazacotada  o en alguna silla de enea; la entrada gratuita en una cine de mayores; y  la que, sin duda, sería una emocionante película.
     La explanada quedó a oscuras; de inmediato, la pantalla recibió el chorro de luz que, al compás un pasodoble, no tardó en anunciarnos el título de la película: Currito de la Cruz. Un mozo, que toreaba a un novillo a las orillas de una charca, apareció a continuación y ya supe que aquella historia de toreros me iba a gustar, pues era mi afición de entonces. Simpaticé casi al instante con aquel protagonista de origen humilde. Me gustaba que triunfara, sin que su timidez y su modestia menguaran con  la llegada pronta del éxito; que no olvidara a sus antiguos compañeros de la inclusa. Como a él, me atraía aquella jovencita graciosa y las coplas que cantaba todo el rato; también, por él sufría que prefiriera a otro y que desconsiderara su procedencia.
    La película transcurría. Las voces de los personajes resonaban en la explanada, mientras, de fondo, sonaba otra coplilla. Tan absorto estaba, que mi imaginación coloreaba aquellas vidas en blanco y negro, alejadas de lo cotidiano, y me elevaba a quimeras propias del niño que yo era. En medio de esa ensoñación, la escena se paralizó, la imagen se deformó y parecía que la sábana se quemase poco a poco, al tiempo que los sonidos se ralentizaban, distorsionándose de forma extraña. Toda la plazuela se desconcertó y las luces de los faros, al encenderse, descubrieron una contrariedad unánime reflejada en los rostros. Con destreza, aquellos hombres manipularon la cinta sin fin, cortando y pegando extremos, y, de nuevo, todos nos pusimos de acuerdo, esta vez para suspirar aliviados. Sin embargo, aquella interrupción resultó una premonición de lo que acontecería más tarde, al concluir el primer rollo de la cinta
      Oía resoplar los rodillos del proyector, mientras la bobina saltarina recuperaba la parte de la película que habíamos visto y se colocaba la segunda, que debiera colmarnos de emoción y, seguramente, de desenlaces que nos acompañarían felices a la cama. Este descanso lo aprovechó uno del cine para pasar un mugriento sombrero de fieltro, que reclamaba el pago por las ilusiones que aquella historia nos estaba procurando. Pero, pronto, el gesto desabrido del hombre indicaba que había recaudado menos perras de las merecidas. Todavía le veo pálido de la luz de los faros al lado de la sábana, y creo escuchar las amenazas de suspender la función si una nueva colecta no compensaba su trabajo y los gastos para divertirnos; y, además, porque ellos tenían que comer. Esa vez, nos rozó exigente aquella prenda desgastada, que hacía que nos moviéramos inquietos, simulando no verla; o que nos encogiéramos de hombros, como para demostrar falta de dinero; y sólo alguno se rascó el bolsillo.
     Unos pocos protestaron, sin convicción; la decepción nos abarcó a todos. Pero los húngaros de la compañía ambulante retiraron las bobinas del proyector, y las guardaron con Currito de la Cruz y la mitad de una historia por revelar, en varias latas abolladas; enrollaron la pantalla; montaron todos en el carromato y se largaron. Y, en El Ejido, sólo dejaron la  oscuridad de aquella noche de cine fallida. El silencio que me acompañó de regreso a casa, acaso lo rompiera  el recuerdo del ruido renqueante de la camioneta desvencijada que muy de mañana me había prometido una ilusión.

lunes, 29 de agosto de 2011

Aquellos puestos bajo los soportales de la Plaza

Siempre que pasé por la Plaza me los encontré allí, plantados en el mismo lugar y en el mismo orden, mirando a los que pasábamos bajo los soportales, y dando la espalda al kiosco de La Mariana y a la explanada donde reinaba el templete. Y, como los soportales, como el templete, también formaron parte del paisaje de la Plaza de mi infancia. Los puestos de golosinas se sucedían desde la esquina repleta de camisas, pantalones y jerséis de los Pelos Grifos, hasta la farmacia-droguería Del Castillo. Y a mí me parecía que estuvieran esperándome, tentadores, ofreciendo más, mucho más de lo que yo nunca podría comprar. Recuerdo que peregrinaba a la zona como los demás niños y niñas, especialmente los domingos y festivos, cuando en nuestros bolsillos entrechocaban unas cuantas perras. Así, a estos días se les añadía un atractivo más para todos nosotros en forma de tenderetes repletos de ilusiones para el paladar.
     Cuando terminaba de comer acudía a la Plaza con la tanda que mi madre me había asignado y por el camino ya iban produciéndose trueques de sabores y la paga dominical. Pero al llegar ante los expositores todo se diluía y me envolvían las dudas y una indecisión grande. Tan extensa era la oferta. Sobre el mostrador una amalgama multicolor con sugerentes sabores, que relamía ya con los ojos: los pirulís, las manzanas acarameladas, los palos de regaliz, las barras de sen-sen, los chupa-chups, las bolas de anís, los chicles, las piruletas y las pastillas de leche de burra. Debajo y a los lados, las pipas,  los cacahuetes, las chufas, los entremozos, los enharinados garbanzos tostados y unos cazos de latón, dispuestos a dar la medida de lo solicitado, aguardaban  en capazos y en  los remangados sacos.
     Pero los dineros eran pocos. Entonces pasaba y repasaba por delante de aquellos expositores deliciosos, mientras las anteriores experiencias gustativas colmaban mi boca de saliva dulzona. De este modo, transcurría mucho rato entre titubeos, más que por cómo repartir las escasas perras, tal vez por hacerlas que durasen un poco en el bolsillo, a sabiendas de la rapidez con que se deshacía el caramelo en mi boca y se desalojaban de cacahuetes los cucuruchos. Y, pacientes, la Josefa, o la Chavala, o la Trini atendían las preguntas reiterativas de precios ya conocidos, permitiéndome tocar, siquiera con la punta del índice, una u otra chuchería imposible aquella tarde dominical.
     Al final decidía qué adquirir esa vez. Y, entonces, compraba la medida de pipas, que el vaso de latón vertía dentro del cono de papel de periódico; un chupa-chups de nata y fresa -mi preferido-; y dos barras de sen-sen. Con aquellas adquisiciones alegraba ya la tarde, mientras aliviaba mi apetito de chucherías sentado en un banco de la Plaza inmensa. Aunque hay que pensar que en otras ocasiones variaba la elección, acaso para conocer la mayoría de sabores expuestos, y que así me iba conformando.
     Al llegar el verano, el entoldado carro de helados de los Ferri se plantaba en medio de los otros tenderetes, y desde ese momento pareciera que sólo me atraían los polos de hielo o los de leche, los helados al corte o los de bola coronando un barquillo, engatusado con promesas que calmaban la sed y refrescaban del sofocante calor de aquellas tardes. Además, su precio dificultaba cualquier otra compra, por lo que disminuía mi atención hacia los mostradores vecinos durante unos meses. Resuenan aún en mis oídos los topetazos metálicos de las abombadas puertas al cerrarse, después de rebuscar el polo solicitado en los compartimentos de aquel carro blanco. Porque los polos de hielo fueran los más baratos o por el regusto y la sed que me provocaban, a menudo consumía el resto de mi paga repitiendo esa compra. Al primero, muy pronto le daba bocados, ansioso, y desaparecía en un santiamén; para que el segundo aguantase algo más, lo lamía absorbiendo el colorante y, al poco, chupaba solo el esqueleto del hielo transparente, y continuaba todavía un rato más mordisqueando el palo de madera hasta que se deshilachaba entre mis dientes.
     Cada vez que he vuelto a Peñaranda, a su Plaza, echo los tenderetes en falta, también a Sidri, a Juli, a Angelete Ferri, a la Trini y a los demás. Aquellos días frente a ellos de indecisión y de avidez parecen aferrarse recurrentes a mi memoria. Diríase que la nostalgia de mi infancia se recubriera del dulzor de aquellos pirulís al roncharlos; del clic, clac monótono y repetitivo de las pipas al ser peladas, mientras el cucurucho se vaciaba, hasta dejarme los dedos ásperos de pieles y sal y los labios resecos; del gustillo de la bola helada mezclado con la del último trozo de barquillo. Tantos sabores que aprendí entonces y tantas sensaciones que me han acompañado luego en la vida y que todavía hoy busco paladear sin ningún hastío.

 *La primera foto es una composición de otras dos aportadas por Kiko García y Saturnino Sánchez en la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas"

martes, 23 de agosto de 2011

El cine de don Agustín

A todos los niños de entonces nos gustaba ir al cine. Pero, a la mayoría, los precios en las taquillas del San Miguel y del Cervantes nos lo impedían; la calificación de muchas de las películas, también. Don Agustín solucionó ambos inconvenientes: organizó para nosotros una sesión de cine a media tarde que costaba una peseta y convirtió en sala de proyecciones la última dependencia de la planta baja de las Jesuitinas. Y a ella accedíamos cada domingo atravesando la Huerta, de la que era vecina.
    Aquellas tardes las llenaba la función de nuestro cine infantil. A las cinco y media, la cola que esperaba el comienzo de la sesión ocupaba todo el largo de la pared del edificio y llegaba casi hasta la pista de baloncesto. Las peleas por los primeros lugares de la fila eran  frecuentes, lo que provocaba que la gordenzuela mano del don Agustín más furibundo repartiera mandobles sobre nuestras cabezas, y eso nos apaciguaba y silenciaba.
     Todos los domingos debía reservar una peseta, de la exigua tanda que me asignaban mi madre y mi abuela, para el cine de la tarde y no siempre me resultó fácil. Así fue como aprendí lo que cuesta renunciar a los sabores, la texturas, los olores de las cosas que me gustaban: las chucherías de los puestos de la Chavala, la Josefa y de la Trini,  que se ofrecían apetitosas bajo los portales de la Plaza. Me complacía sentir entonces la peseta apretada en mi mano dentro del bolsillo, incólume de la prueba sometida.
     Pero en aquella ocasión sucumbí, goloso, a la tentación. Todavía hoy percibo como los últimos sabores se agriaron con el sentimiento de culpa y un desasosiego que me acompañarían las horas siguientes. La costumbre,  y acaso la posibilidad de un milagro, me llevó a la Huerta como las demás tardes, y remoloneando caminé detrás de la cola hasta que se desvaneció en el interior del cine. La puerta se cerró y fuera quedamos frustrados unos pocos. De pronto, la formidable figura del sacerdote apareció ocupando la entrada entera y, después de que su rostro nos recorriera impasible, con una sonrisa tierna y un leve gesto nos invitó a pasar dentro.
     Del local sólo recuerdo su amplitud, que nos albergaba a todos. A la izquierda, la máquina de proyección; a la derecha, una tarima que terminaba contra la pantalla blanca sobre la pared. Y dos horas largas de rezos, música y celuloide. Don Agustín era cura, y, siquiera para compensar el reducido precio de la entrada y para rellenar la espera mientras se cambiaban los voluminosos rollos de película, arrimaba el ascua a la sardina religiosa en forma de catequesis, ensayos litúrgicos o cánticos de iglesia, los cuales dirigía subido a la tarima. Accedíamos a estos requerimientos sin rechistar, conscientes de lo inútil de cualquier atisbo de protesta.
     Más me agradaban los ensayos de villancicos, la Navidad ya próxima. El sacerdote había editado un cuadernillo con los más populares. Los repartía y cada domingo actualizábamos la letra y la música de algunos de ellos: ¡Ay del Chirriquitín, Chiquirriquitín metidito entre pajas!, ¡ay del Chirriquitín, Chiquirriquitín, queridín, queridito del alma!, tronaba el salón, y, por un momento, parecía que olvidáramos la película que esperaba en la máquina de proyección. Las tardes, entonces, me sabían al turrón de la Alberca, a castañas asadas y a Misa del Gallo.
     Se apagaban las luces en medio de murmullos de ansiedad que un rayo resplandeciente acallaba, mientras decenas de ojos convergían en la pantalla. Al poco, el Gordo y el Flaco provocaban escenas disparatadas, hilarantes, y todo el recinto se colmaba de carcajadas y una agitación feliz de sillas. Más tarde, las aventuras las protagonizaban Kit Carson y su ayudante mexicano Toro. Su valor nos enardecía. Carson cabalgaba, flecos al viento, sobre su caballo Apache de un lado a otro de la pantalla transformada en pradera sin límites, ora persiguiendo a los fuera de la ley, ora para huir de bandas de desalmados abominables. Ya en mi niñez aprendí lo que después comprobaría otras muchas veces: el caballo del malo es más lento que el del bueno. La defensa de honrados ciudadanos y los idílicos amores se sucedían, episodio a episodio, en medio de situaciones tan comprometidas que, cuando concluían, premiábamos entre aplausos de admiración y suspiros de alivio.
     Los vaqueros nos abandonaron en las últimas temporadas. Las imágenes de una banda de seres extraños ocuparon su lugar en las tardes de cine. Salían y entraban de su cueva subterránea y a mí me recordaban a Ali Babá y los cuarenta ladrones. La Tierra se abría y, en medio de un estruendo espantoso que nos sobrecogía, la escena se llenaba de personajes cubiertos con indumentarias espeluznantes montados a caballo. Durante la película íbamos de sobresalto en sobresalto sufriendo por unos desenlaces inciertos. Yo sentía miedo y angustia todo el rato. Pero cada jornada esperábamos con la misma expectación el nuevo capítulo de la serie.
     Salíamos ya de noche formando grupos los amigos, y comentábamos lo ocurrido en cada sesión, mientras dirigíamos el final del domingo a nuestras casas. En la mía me esperaban verdeles fritos de cena, para no variar.
     ¡Qué años lejanos!  Fue una época en la que mi imaginación vivió de aquellas cintas, de sus personajes: monté a caballo, resolví situaciones injustas, sentí la admiración y el agradecimiento de los agraviados, mientras con falso pudor me tocaba el ala de mi sombrero de vaquero.


viernes, 5 de agosto de 2011

Los gusanos de seda

Cuando el negrillo de la explanada de San Luis se vestía del verde amarillento de sus primeros brotes yo sabía que había llegado la primavera. Entonces bajaba la caja de zapatos, que había permanecido olvidada casi un año encima del armario de la salita, limpiaba cuidadosamente la pátina de polvo que recubría la tapa y la abría expectante. En su interior, un tesoro me aguardaba en forma de papeles salpicados de huevecillos.
     Durante aquellos años entre la infancia y la adolescencia me aficioné a criar gusanos de seda, al igual que otros chicos y chicas del barrio. Y, como ellos, salía a la calle a mostrar mi cajita a los demás, seguro de recoger, complacido, la admiración que provocaban mis lustrosos gusanos. Entre todos parecía establecerse una rivalidad de la que apenas éramos conscientes, la cual volvía más interesante nuestra dedicación. Competíamos, sobre todo, por las hojas de morera, que pronto escaseaban en los pocos árboles del pueblo que las proporcionaban.
     Por suerte, mi amigo Manolo Madrid encontró una solución para nuestro abastecimiento de morera: la finca de Cantaracillo de la que era guardés el padre de Marino, un compañero del instituto. Allí, tres frondosos árboles nos ofrecían, ¡para nosotros solos!, sus ramas repletas de enormes hojas, verdes, brillantes. Desde entonces proliferaron los viajes en bici. A la finca umbrosa le rebosaban silbos y rumor de hojas. También, generosidad: tal era la carga de moreras con que me regalaba en todas las visitas.
     Las imágenes de las etapas por las que pasaban los gusanos de seda, que yo vivía ilusionado y con tantos desvelos, se suceden solícitas, como las hojas de un viejo almanaque del que fueran desprendiéndose a diario, repletas de vida, en un revoloteo ondulado, cadencioso. Conocía las fases de la vida del gusano; aún así, todos los años las esperaba con la misma curiosidad, y las sorpresas de alegría se repetían siempre en un mes y medio de cambios maravillosos.
      ¡Con cuánto esmero atendía a mis gusanos! De los huevecillos, los minúsculos bichos iban asomando, poco a poco, sus cabecitas. Para entonces, todo el suelo de la caja aparecía cubierto de los brotes más tiernos de morera. Desde el primer momento empezaban a engullir, tragones, las verdes hojas que yo debía reponer cada vez en mayor cantidad y con más frecuencia. Parecieran haber acumulado un hambre voraz en su fase de hibernación. Crecían y engordaban con tanta rapidez que el traje se les quedaba pequeño y debían cambiarlo hasta en cuatro ocasiones en sólo tres semanas: unos blancos, otros de rayas grises, paseaban satisfechos, como pequeños acordeones, sus nuevos vestidos. Pronto retiraba yo camisas viejas y  deposiciones y colocaba sábanas limpias en la caja, procurando así mayor comodidad a mis presumidas mascotas. Tan bonitos me parecían entonces, que no podía resistirme a cogerlos, siquiera un momento, depositarlos en mi mano y sentir la piel de suavísima textura, su blandura, y las cosquillitas que me provocaban sus patas al desplazarse. A veces, sospeché que me miraran cariñosos y agradecidos por mis atenciones.
      Un día, alguno se hartaba de engullir y de crecer. Permanecía quieto, la cabeza erguida, como un pasmarote. Y, de pronto, de su boca surgía un hilillo inacabable de seda que daba vueltas y más vueltas a su alrededor hasta tejer un ovalado sarcófago de oro que ocultaría al gusano en su interior, transformado ya en momia. Poco a poco, los demás le imitaban y pronto la caja era un cementerio de capullos blancos, dorados, anaranjados. Aprovechaba aquella paz para limpiar una vez más el aposento, colocar camas nuevas, y esperar el próximo milagro.
     Al cabo de unos días, se producía un prodigio que siempre me fascinaba: la eclosión de las mariposas. Pero, ¿dónde estaba el truco?, ¿qué había sucedido en el interior de los capullos? Nunca ha dejado de maravillarme el espectáculo de semejante transformación. Preciosas mariposas crema de diferentes tamaños poblaban entonces la caja. Las pequeñas, danzarinas, agitaban frenéticas sus alas y, locas de contento, revoloteaban y revoloteaban sin parar. Se calmaban al emparejarse con las mayores uniendo sus abdómenes. Al rato, deshacían la ensambladura y  las más voluminosas, que parecían sufrir de algún tipo de incontinencia, embadurnaban la cuartilla blanca con un reguerillo interminable de huevecillos amarillentos que pronto se tornaban en grisáceos: tantos que había de colocar hojas nuevas para evitar que se amontonasen unos sobre otros. Entre danzas, abrazos y puestas, diríase que quedaran exhaustas y al poco fallecían.
     Retiraba de la caja los capullos, ahora vacios. Los llevaba a casa de mi vecina Manuela del Río y se los ofrecía con la esperanza de que me recompensase con alguna perra. La señora compraba seda al peso, y la carga que yo sostenía en mis manos era tan liviana que, con lo único con que podía pagar mi regalo era con sus  sentidas disculpas y una sonrisa comprensiva por mi desilusión.
     Ya en casa, el interior de la caja pulcro y colocadas las hojas de las puestas, la tapa se cerraba con un suspiro de despedida. Todo concluía devolviendo la caja al altillo del armario de la salita. Allí permanecería hasta el año siguiente. Y el niño que yo era la olvidaba casi al instante, interesado ya en  otros quehaceres, otras aficiones con los que entretener el verano. 

viernes, 29 de julio de 2011

El templete de la Plaza

 (Fotos sacadas de la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas")

De niño imaginaba mi pueblo como una vivienda inmensa que cobijara a todos los peñarandinos. La plaza de España me parecía entonces un amplísimo salón y la dependencia principal de la casa. Y entre su mobiliario sobresalía, enhiesto, el templete inefable. Quienquiera que pasara por tan importante estancia, morador o visita, se fijaba indefectiblemente en aquel mueble, que aparecía orgulloso en el centro de la Plaza.
     ¿Quién ha conocido alguna vez un mueble tan polifacético? Allí estaba el templete para servir a todos, mayores y niños, en lo solemne y en lo diario, para lo lúdico y para lo serio. Se disponía de él así en las celebraciones religiosas como en las profanas. No necesitaba cambiar de aspecto, ni vestirse de forma especial: su continente digno, noble resultaba siempre el apropiado.
     Me acuerdo que por Navidad se transformaba en el establo que acogía los personajes del misterio de Belén. Mientras, a su alrededor, se desperdigaban pastores, lavanderas, leñadores, soldados y Reyes Magos. Asimismo, el templete se transmutaba en púlpito extraordinario cuando llegaba Semana Santa. Desde la altura, volaban lecturas bíblicas y se repetían jaculatorias, que toda la Plaza devolvía como un repiqueteo, en las estaciones postreras del Viacrucis del Viernes de Pasión. Tribuna de sacerdotes al atardecer el Jueves Santo, cuya prédica empapaba de fervor la Procesión del Encuentro.
     Los músicos elegían  el templete como el  mejor de los escenarios desde el que interpretar sus melodías durante las Ferias y Fiestas. Todo su repertorio de piezas clásicas, salpicado con otras populares, iba desgranándose al mediodía, mientras la Plaza se tornaba en un peculiar auditorio. Horas más  tarde, la orquesta perdía su seriedad matinal. El improvisado salón de baile bullía, reía y se movía al ritmo del vals, del tango y de la copla esperada, cuyas notas fluían desde las alturas del templete hasta iluminar de fiesta la noche. Allí contemplé, emocionado, como mis padres bailaban un pasodoble famoso, mientras entrelazaban tímidamente sus cuerpos; y en sus caras se dibujaba esa sonrisa propia de las gentes sencillas, cuando tienen ocasión de olvidar por un momento el peso de sus obligaciones diarias.
     Durante todo el año se convertía en el balcón al cual podíamos subir para contemplar la Plaza; los viandantes en su paseo, arriba y abajo, los domingos después de misa de doce. Y, en cuántas ocasiones sus barrotes mudaron en portal para permitirnos el juego de las cuatro esquinas. El templete aguantaba, condescendiente, nuestras acometidas, nuestros gritos, nuestras carreras. También, a veces, me sirvió como refugio amable en el que oculté soledad, desencantos y quimeras.
     Plantado en medio de la Plaza, se erguía, monumento solitario, tocado con su gorro chino, mientras los bancos de piedra y los kioscos de la Mariana y de la Trini parecieran situarse a una distancia respetuosa desde la que rendirle pleitesía y admiración. Testigo impasible de los días y las noches de los peñarandinos, de los juegos infantiles, y del trasiego continuo por los establecimientos que cobijaban los soportales: farmacias, bancos, cafés, librerías, pastelerías, zapaterías, ópticas, textiles, relojerías, muebles en un sinnúmero de mostradores. Diríase que el templete, mirador férreo, se preocupaba por todos, incluso del indolente que contemplaba distraído los escaparates, o de aquel que, frente a la calle Bodegones, recreaba la película del jueves de los retazos que las carteleras regalaban.
     Mueble, establo, púlpito, tribuna, escenario, balcón, portal, refugio, monumento, testigo, mirador…: el templete ¿Acaso podríamos imaginar la Plaza sin él?

miércoles, 20 de julio de 2011

¡Qué viene el antolín!

Desde muy pequeño, cuando escuchaba ¡qué viene el antolín!, asociaba este aviso, repleto de recelo y desasosiego, con la presencia de cualquiera de los guardas jurados rurales. No supe hasta varios años después que uno, el más estricto, el más temido, se llamaba realmente Antolín y que otras personas utilizaban siempre este nombre con propiedad.
      Creía, ingenuo, que los dos guardas eran el antolín, aunque el otro tuviera una actitud menos agresiva. Pero fuera que el causante de mis sobresaltos  era el auténtico Antolín, cuando nos referíamos a él nadie me hizo ver el equívoco. Los recuerdo de verde, el pantalón de pana, la bandolera y una escopeta colgada al hombro, y los diviso en lontananza a caballo o pedaleando sobre una bicicleta. Vigilaban las cosechas, los huertos, las eras.
     La palabra antolín nos provocaba siempre desazón, tanto habíamos oído de su genio y de sus respuestas contundentes. Y es que nada confiere más autoridad a una persona que la fama que le precede. De manera que, a veces, no es necesario que dicha autoridad se demuestre para otorgársela, basta con observar la reacción de alarma y miedo de los que han conocido o padecido sus métodos. Así que, de niño sufrí más por las supuestas manifestaciones furibundas y despiadadas de aquel guarda jurado, que por ser testigo u objeto de ellas, salvo en una ocasión.
     Eran años de escasez y la comida del hogar nunca nos saciaba. Antes de que los primeros calores estivales los agostara, los campos nos ofrecían generosos sus frutos, siquiera en forma de espigas de cebada o de matas sabrosas de garbanzos o de algarrobas. Con qué destreza podábamos las barbas de las espigas y desnudábamos sus granos gordenzuelos; qué regusto a sal quedaba en nuestras manos después de extraer el garbanzo de su vaina; qué tiernas las verdes semillitas de algarroba cuando abandonaban su estuche alargado. Como el hambre y el miedo a menudo andaban de la mano, cargábamos culpables con nuestro botín y con la incertidumbre de la presencia repentina de algún guarda, y nos alejábamos para devorar glotones aquellas minucias.   
     Si un chico gritaba ¡el antolín!, instintivamente huíamos como alma que lleva el diablo, pues el espanto se sobreponía entonces a la necesidad. Nos aterrorizaba recibir una descarga de sal de su escopeta, cuyo escozor se decía era insufrible; o llegar al pueblo atado a la cola del caballo, como contaban que le aconteció al muchacho que fue sorprendido robando almendrucos en las Pocillas. Otras veces, avistábamos a los guardas y escondidos esperábamos que se perdieran en la lejanía por donde transitaban, para así retomar más  tranquilos nuestras ocupaciones.
     En aquella ocasión nadie gritó ¡que viene el antolín!, tan enfrascados nos encontrábamos en la disputa del partido de fútbol. Nos habíamos despojado de los pantalones y jerséis. La aparición del guarda nos sorprendió, y, espantados,  corrimos lejos, mientras nuestra ropa quedaba olvidada en la era sobre las piedras que marcaban las porterías del campo. Del susto pasamos a la intranquilidad al percatarnos que íbamos en calzoncillos. ¿Qué pensaría la gente al vernos de tal guisa? ¿Cómo reaccionarían nuestros padres? Sobreponiéndonos, volvimos a la era y allí nos esperaba la figura imponente de el antolín. La ropa aparecía a sus pies en un montón. Nos comunicó que se la daría únicamente a nuestros padres, si acudían a reclamarla a su domicilio. Y así sucedió. Mi madre recuperó las prendas requisadas, después de pagar un duro de multa. Cinco pesetas que debí reponer a plazos con mis pagas dominicales.
     El antolín protagonizó mis peores sueños durante un puñado de años. Siempre despertaba angustiado,  porque mis piernas plomizas no respondían al aviso recurrente: ¡qué viene el antolín! El guarda se acercaba inexorable hacia mí y su cara, terrible, presagiaba represalias atroces. Hasta que, algún tiempo después, conocí al señor Antolín, revestido de la apariencia normal de un jubilado y con la afabilidad propia de un hombre de su edad. La imagen que proyectaba no sólo distaba de la que en mi niñez me inquietaba, si no que invitaba a tomarle afecto. Por todo ello, estos recuerdos los noto prendidos en una sonrisa afable.

miércoles, 13 de julio de 2011

La hoguera de San Juan

Los calendarios con el santoral son mis preferidos. En la cocina hay  uno. Mientras desayuno suelo fijarme en el santo del día.  A veces sorprendo a algún conocido cuando le  felicito. Me suelen regalar una sonrisa y eso me gusta, ¡qué lo voy a hacer! Pero hoy no he felicitado a nadie. Hoy es San Juan Bautista. Y un  ensalmo me lleva volando a la niñez en la calle San Luis...
     En la calle San Luis celebrábamos la noche de San Juan con una hoguera gigantesca. Siempre en el mismo lugar:  la explanada en la que terminaba nuestra calle, justo entre el negrillo centenario y una propiedad de la familia de La Torre mitad huerta, mitad granja. Era un rito que se repetía año tras año, sin que yo comprendiera el motivo. Tampoco me importaba  y, como el resto de los niños, participaba del mismo, aunque solo fuese para romper la diaria monotonía .
     Los muchachos no hablábamos de otra cosa desde unos días antes, desde que alguno traía la noticia con la que se había topado por casualidad, que es como los niños nos enterábamos de casi todo. Ufano la transmitía a los demás, y, de inmediato, brotaba la ilusión, sazonada con una pizca de zozobra, porque llegara el  momento de la celebración.
     Deseábamos formar parte de aquel acontecimiento como los demás, como los mayores y discutíamos para que se notara nuestra contribución. Así que reaccionábamos como esas hormigas que al caer la tarde abandonan el hormiguero y se expanden mientras  buscan afanosas cualquier alimento que trasladar a su despensa subterránea. Previsores, como ellas, hacíamos acopio de cualquier material combustible que encontráramos en las cercanías de almacenes, tiendas, fábricas e incluso en los muladares vecinos de la era del Reguero y lo amontonábamos detrás de la iglesia.
     Daba gusto ver el trasiego de la calle San Luis el 23 de junio. ¡Hay que ver cuántas sillas cojas,  armarios desvencijados, viejos arcones sin tapa pueden  arrumbarse por años en los desvanes y en los corrales de las casas!  Durante todo el día la calle era una procesión continua de muebles desahuciados, pero resueltos a un postrer servicio: inmolarse en las llamas de San Juan y así divertir a sus dueños.
     Poco a poco el montón crecía y crecía. Cuando la tarde dejaba paso a la noche todo estaba listo. La montaña de trastos viejos me parecía espectacular. Alguien prendía fuego por la base y pronto todo era una llama voraz. Entonces la madera crepitaba dolorida y una multitud de chispas se elevaban como asustadas buscando refugio en la negrura de la noche; y las mariposas, de las ayer insidiosas orugas, parecían luminarias en sus últimos vuelos blanquísimos sobre el viejo olmo. No hay nada más fascinante que contemplar la danza incansable de las llamas que lo devoran todo en el silencio de la noche. Aquel espectáculo con su magia poderosa me atenazaba hipnotizándome. A mi alrededor todo el barrio callaba extasiado mientras la pira alcanzaba su cenit y su máximo fulgor.
...

      Aquel año, un grito lejano rompió de repente mi ensimismamiento, rodó calle abajo y retumbó en la explanada convertido en lamentos y jaculatorias. Era Manuela, la de los gusanos, que cuidaba las gallinas de Julio de la Torre y  las imaginaba ya a todas tiznadas de humo y pavesas.
     -¡No te preocupes, Manuela! ¡Mañana las pintas de blanco España!- le consuela un ocurrente.
     El aire se llena de carcajadas que se llevan algo del encanto de la noche de fuego, y que a mí me parecen la causa de que la hoguera disminuya su vigor. 
...

   Después de un rato, las llamas menguaban y todo era brasas rojas en un rescoldo ahíto de cachivaches. Pero la explanada recobraba el ánimo con el salto del primer mozo, que volaba con éxito por encima de las ascuas resplandecientes. A éste le imitó otro, y otro, y otros más enardecidos por los aplausos de la concurrencia.  Un impulso mal calculado levantaba a veces chispas y ayes femeninos. 
     Y cuando la hoguera agonizaba, y apenas ya algún tizón humeaba, nos llegaba el turno a los pequeños. Reclamábamos nuestra parte en el juego, en el riesgo; siquiera para presumir ante los demás al día siguiente, salpicando nuestros saltos  de  dificultades supuestas y exagerada pericia…

 ...
   Poco a poco, la llegada de las vacaciones cargadas de prometedoras experiencias estivales, cubría  con el velo de nuevas emociones la noche de San Juan, vivida ante la atenta mirada de la iglesia de San Luis, al lado del fiel negrillo.

jueves, 7 de julio de 2011

El Centro de Acción Católica

Los largos meses de otoño e invierno hacía del Centro de Acción Católica la única alternativa para que los chicos estuviésemos ocupados desde el atardecer hasta la hora de la cena, mientras esperábamos la llegada de la primavera cargada de días templados, más horas de luz y, por tanto, más  vida en la calle.
     Me embutía en mi abrigo y en mi gorro de orejeras, cuyos extremos debían ir abrochados bajo la barbilla por exigencia de mi madre. De esa guisa recorría el camino entre mi casa y el Centro y así regresaba a la hora establecida. Sin embargo, apuraba tanto la estancia en aquel confortable lugar que casi siempre debía desandar el camino a la carrera. Una tarde rompí el ritual, engañado tal vez por la tibieza del día. O tal vez fuera un despiste. El caso es que olvidé encasquetarme el gorro y ya desde esa misma noche mis oídos se quejaron y mi imprudencia acabó, en los días siguientes, en otitis aguda.
     El Centro de Acción Católica se encontraba en la calle de Nuestra Señora, entre los Almacenes Martín Mulas y la tienda del Americano. El edificio, de dos plantas, debió ser en otra época el hogar  de una o más familias, si bien quedaba poco de su anterior distribución. Al menos, las salas que yo frecuenté eran espaciosas, sin rastro de tabiques separadores entre estancias vecinas.
     En la planta baja había cuatro dependencias. En la primera, a mano izquierda al inicio del pasillo, se exponía el belén, que ocupaba media sala. Cada Navidad se variaba la decoración, la iluminación, el simbolismo de las escasas figuras, los motivos escogidos. Me sorprendía la originalidad del belén y solía contemplarlo con asombro y admiración. Enfrente se encontraba el salón de la televisión, en donde tantas mañanas de domingo seguí con pasión los partidos de baloncesto entre los mejores equipos de la primera división. Recuerdo cómo disfrutaba con los triunfos del Real Madrid de los Emiliano, Luyk, Monsalve, Sevillano y otros cuantos, dirigidos por Ferrandis. Me emocionaban  los enfrentamientos contra el Estudiantes de los Arroyo, García Reneses, Sagi-Vela, o contra el Juventud de Badalona de Nino Buscató. Al final del pasillo estaba la pequeña cantina, un lugar reservado más para mozos y adultos que para niños como nosotros. Allí se tomaban chatos de vino con los aperitivos que salían de aquellas grandes latas: sardinas, anchoas, chicharros, aceitunas…
     También en la planta baja había un curioso habitáculo que por su forma y tamaño bien podría haber sido despensa o hasta armario empotrado; era el despacho de don Agustín. Parecía difícil que pudiera acomodarse entre aquellas dimensiones. Pero allí sentaba toda su corpulencia, de cara al pasillo y allí leía su breviario o cerraba los ojos, como si reflexionara, como si realmente estuviera metido en un confesionario o incluso en una hornacina. Parecía aislado,  ausente, y, sin embargo, sentíamos su presencia controlando todo lo que ocurría en el edificio.
     Pero era en la planta primera donde pasábamos la mayor parte del tiempo. Subíamos a la carrera. La madera de la escalera retumbaba con nuestros pasos. Futbolines, billares, la mesa de ping pong, armarios repletos de tebeos y juegos de mesa estaban concentrados en una sala  con una sorprendente forma de ele mayúscula al revés, situada a un nivel más bajo que el pasillo, por lo que había que descender un peldaño para entrar. Además, los dos brazos de la ele también presentaban distintos niveles, lo que nos obligaba a subir y bajar escalones para pasar de uno a otro. No se podía  ocultar que habían sido dos estancias independientes antes de aliarse para su nuevo cometido. La parte de la sala paralela a la fachada tenía otra particularidad: conservaba la disposición que debió tener en su anterior vida como hogar: un salón con dos alcobas, pero sin las cortinas que seguramente preservarían la intimidad de los dormitorios. Ahora las cortinas ya no eran necesarias y unos arcos adornaban la estancia, en la que había mesas para jugar al parchís, a la oca, a las damas, al ajedrez, al dominó. Parecía que los arcos nos aislaban de lo que ocurría al lado. En el trazo mayor del local, arrimados a las paredes, se sucedían los bancos en los que nos acomodábamos para leer los tebeos que se amontonaban en las estanterías. Me enfrascaba tanto en estas lecturas que ni el ruido de las bolas del billar al chocar, ni los golpes de los futbolines, ni la algarabía de la sala lograban distraerme.
     Entre juegos y lecturas transcurrían aquellas tardes. Fueron muchas y yo las guardo  aún vivas en mi recuerdo. ¡Qué importancia tuvieron en mi educación! Me ayudaron a convivir, a respetar las normas y los materiales comunes; aprendí las reglas y la técnica de algunos juegos a los que hoy sigo aficionado; se despertó mi gusto por la lectura y, en fin, me acostumbré a actuar con autonomía y responsabilidad. ¡Gracias!

lunes, 27 de junio de 2011

La escuela graduada Miguel de Unamuno tenía un patio.

La escuela graduada de niños Miguel de Unamuno se encontraba también en la calle del Carmen. Era de las pocas coincidencias que tenía con la otra escuela, la de los parvulitos. Todo lo de la Miguel de Unamuno se diferenciaba, y de qué manera, a lo experimentado en mi primera escuela. Se desvanecieron con sus batas blancas las maestras, llevándose aromas y voces que me habían envuelto a diario durante dos cursos. Las niñas, con las que habíamos compartido pupitres y juegos, ocuparon otras dependencias, a espaldas de las nuestras, en la escuela graduada de niñas Miguel de Unamuno. No las volví a ver ni en las clases ni en los recreos.
     Para esta singladura mi padre me fabricó una cartera con tres listones de madera y dos láminas de táblex. Había anudado una tira de cuero en los extremos horadados de los listones, y así pude trasladarla en bandolera. En ella viajaron juntos enciclopedias, peones, lápices, chapas, cuadernos y canicas durante cuatro cursos. El traqueteo de aquel vehículo tan singular debía divertirlos a todos, y que careciera de tapadera parecía no preocuparlos demasiado.
     Me impresionó el número de escolares que  reunió el patio el primer día de clase. La proximidad de los mayores, seguros, dominantes me intimidaba. Pero la protección cálida de algunos parientes y vecinos, ya veteranos, mitigaron esta sensación. Así que me aclimaté pronto a las reglas infantiles que los años habían establecido allí y olvidé las de mi anterior colegio.
     El patio de mi nueva escuela me sedujo al instante. Me parecía inmenso. ¿Y los recreos? De repente, todo se poblaba de niños en desiguales grupos, cada uno moviéndose al compás marcado por su juego convenido. En él jugué mucho y a todos los juegos de entonces. Y, como los demás niños, alguna vez preferí despistar la soledad dando vueltas y vueltas sin parar en las barras de hierro de las vallas. ¡Cuánto me gustaba ser parte de aquel patio!
     Recuerdo lo divertido del ritual que tenía lugar en el patio al comenzar y concluir la jornada. En aquellos momentos me creía un soldado que obedeciera disciplinado las órdenes del sargento. El maestro nos mandaba a cubrirse y formábamos filas, una por curso. En posición de firmes, rezábamos y, mientras se izaba o se arriaba la bandera, entonábamos Cara al sol, Viva España, Prietan las filas, Montañas nevadas o algún otro himno patriótico. El ingenio infantil, dispuesto siempre a buscar el lado divertido de todo, recreaba estas canciones con unas letras jocosas. Algunos osados las cantaban entre sonrisitas, mientras las voces de los demás las escondíamos; pero, poco a poco, iban depositándose con regocijo en nuestras cabecitas, hasta confundirlas con las originales.
     Aquella tarde ocurrió. Afuera llovía a cántaros. La parada militar tuvo que celebrarse en el pasillo de la planta baja. Arrancaron los sones de Montañas nevadas y, al llegar a la segunda estrofa, las paredes retumbaron cuando todos cantamos a voz en cuello:
“Quiero levantar la pata,
      Un imbécil va y me empuja,
El tortazo que me meto
Ha de ser sensacional”.
     Se hizo el silencio. En los rostros se dibujaban la perplejidad por el atrevimiento y el temor por las inevitables consecuencias. Y estas se manifestaron de inmediato en forma de auténticos tortazos que restallaban en nuestros carrillos entre exclamaciones de dolor. Cada maestro se encargó de una fila, sin que importara demasiado en aquella ocasión que la formación se desbaratara. 
     Aún hoy, al acordarme de aquello, me he llevado inconscientemente la mano a mi mejilla izquierda.