miércoles, 14 de marzo de 2012

Monaguillo en el asilo



A la memoria de Paco, 
el mayor de mis hermanos,
que inició la senda  que 
 habríamos de seguir todos 
de esfuerzo y responsabilidad
en un tiempo de escasez y de dificultades.

Era un tiempo en el que la religión con su doctrina, sus ritos, sus ceremonias litúrgicas y las festividades del santoral lo impregnaban todo. El catecismo, el evangelio, la historia sagrada y la catequesis; el rosario, las novenas y las procesiones; los bautismos, las comuniones, las bodas y los entierros. Las misas. Eran como gotas que empaparon nuestra vida. ¿Qué niño de entonces no soñó alguna vez con ser monaguillo? Junto al sacerdote, con sus ropajes de actores en medio del escenario, participaban los monaguillos de la solemnidad de muchas de aquellas celebraciones. Los demás éramos meros espectadores, siempre a una respetuosa distancia. Y, como tantos otros, yo pude saborear las mieles de esta ocupación durante mis últimos años de infancia.
     A la sombra imponente de don Agustín y, también, a la más discreta de don José, el capellán de las carmelitas, aprendí a ayudar a misa de tanto como observé cómo se movían los monaguillos alrededor de los altares. Y, sólo en ocasiones me permitieron practicar el oficio, pues la competencia era mucha y yo, un recién llegado. Pero pronto aparecería mi gran ocasión. Fue aquel otoño en el que cumplí diez años, y a poco más de un tiro de piedra de mi casa. Por alguna razón que no recuerdo, ese domingo me atrajeron los tañidos alegres de la campana de la fachada del asilo que convocaban a misa de nueve. Y preferí esa llamada a las habituales de San Miguel para cumplir con el precepto dominical. Desde uno de los bancos de la pequeña capilla, sentí pena del anciano que, voluntarioso, seguía las indicaciones de don Antonio durante la celebración de la Eucaristía con movimientos torpes e inseguros. En aquella escena vislumbré la oportunidad de lograr mi sueño de entonces.
     Después de luchar con mi timidez durante el último tramo de la misa, al concluir ésta, con una determinación que me sorprendió, me acerqué a una monja y le pregunté si necesitaban un monaguillo. Detrás de ella, sin mediar palabra, recorrí un pasillo de grandes cristaleras que el sol de esa mañana inundaba con su tibieza otoñal. En la sacristía el cura se despojaba ya del alba con la ayuda de sor María. De inmediato me aceptaron. Al tiempo, mi nombre se transformó en boca de esta monja en un cariñoso y exclusivo Pepito, con el que durante cuatro años me conocerían todos los que moraban en aquella institución. Y así fue como empezó mi singladura de monaguillo en una capilla que llevaba un tiempo suspirando por Florique, mi antecesor. A este chico, miope y grandullón, lo conocía del Instituto y de verlo trajinar por la tienda que sus padres regentaban en la calle Empedrada, frente a la Travesía de Correos.
     De entonces conservo muchas imágenes rebosantes de la ternura y el aprecio con que me envolvían sor María, sor Ana, sor Cistina, sor Teresa, los viejecitos que sonreían al verme, la solícita demandadera Vicenta y, también, la señora Lucinda desde la portería que se adosaba a la tapia enrejada de la entrada. A diario acudí a la sacristía minutos antes de las ocho. Todavía me parece que me levanto presto a la llamada de mi padre. Me salpico con el agua, que he debido trasegar antes  desde el cántaro a una palangana de porcelana, que hace equilibrios en el pasillo sobre un soporte cojo y herrumbroso. Y, mientras me peino el flequillo, el minúsculo espejo incrustado en la pared junto a la puerta de la cocina me devuelve la imagen de un rostro aún somnoliento. Ya, por toda la calle, vienen rodando a mi encuentro los últimos toques de campana que me acompañarán por San Luis y la cuesta del asilo.
     Poco a poco, iban sucediéndose las estaciones en aquellas mañanas de mi niñez. En las madrugadas oscuras y frías de invierno, toda mi calle era puertas y postigos atrancados, para que no le despertase el eco de mis pasos apresurados, que sólo pretendían engañar a la helada y a las taimadas tinieblas. Qué alivio cuando, al comienzo de la primavera, me recibía un sol que se desperezaba en su remolón ascenso por encima de los negrillos de la carretera de Madrid. Cómo me alegraba la zapatiesta que armaban los vencejos madrugadores a mi paso, dándome los buenos días con sus  revoloteos y sus trinos en las mañanas estivales, que a esas horas ya presagiaban un sol de justicia para todo el barrio. Pero ni el madrugón, ni el frío, ni el calor, ni las horas que robé al sueño en la época de los exámenes lograron que desistiera de la cita de cada mañana. Tampoco aquella mañana gélida, de suelo deslizante y rebosante de caídas y fracturas, de la que tanto hablaron todos durante días. La que más mi madre, para repetir a las vecinas su extrañeza, que apenas disimulaba el orgullo, porque yo no hubiera sufrido percance alguno, tan oscura me encontrara todavía la calle a esas horas.
     Sobre una maciza cómoda de madera, repleta de alargados cajones, al lado del alba, el amito, la estola y la casulla que revestirían al capellán, me esperaban una tersa túnica roja y un roquete blanco que olía todavía a almidón. Sor María aparecía pronto y su cara eccematosa me envolvía con una acariciadora sonrisa de buenos días, complacida con mi puntual presencia. Más tarde llegaba don Antonio, adusto y poco comunicativo, que compaginaba por entonces sus labores de coadjutor de la iglesia parroquial con la capellanía de aquella institución de hermanas de la caridad que cuidaban de un montón de ancianos. Quizá por su carácter o porque al poco tiempo llegó un nuevo sacerdote para su puesto en el asilo, apenas me quedan recuerdos de él. Don Leandro era diferente: frágil de salud, amable en el trato, considerado con todos. Nunca he olvidado aquel sacerdote discreto. Se acercaba al altar con la cabeza ladeada, como si quisiera esconderla entre sus hombros, que se encogían con humildad abrumados por la carga de su ministerio, y ese gesto ya no le abandonaba durante toda la Eucaristía.
     Fueron tantas misas que pronto aprendí todo este oficio religioso en un latín que entonces no entendía: desde el Introibo ad altare Dei, al que respondíamos ad Deum qui laetificat juventutem meam; hasta el Ite,missa est, que ponía fin a la celebración con nuestro Deo gratias. Y entera la reproduje muchas veces en el rincón más umbrío del corral de mi casa en las mañanas calurosas del estío.  De un improvisado altar, al lado del ventanuco del cuarto donde dormía con mis hermanos, me convertía en un ministro sagrado. Me ayudaba como acólito mi hermano Ignacio, que me escuchaba maravillado musitar el Lavabo inter inocentes manus meas,  al tiempo que el agua resbalaba de mis dedos a la jofaina invisible que él portaba. Incluso, como sucediera en la capilla, creía escuchar el cantarín manojo de campanillas, mientras mantenía en alto la Hostia y recitaba Hoc est enim corpus meum, inclinada la cabeza, tanto admiraba al nuevo capellán.
     Atesoro muchos recuerdos de aquellas misas. Vuelan las notas que tecleaba sor Cristina en el armonio desde el fondo de la capilla, detrás de los últimos bancos de las viejecitas. También, la voz atiplada y temblona de la pizpireta Maruja, que las acompañaba en las misas cantadas y que crecía muy por encima de su menuda talla. Y los ojos de una niña, que aparecían en algunas vacaciones en la portería del asilo, que yo los notaba persiguiéndome durante toda la ceremonia. Con mayor intensidad, si cabe,  buscaban los míos cuando, de rodillas, esperaba la comunión, mientras colocaba la bandejita dorada bajo su barbilla. Acababa incomodándome esa insistencia de su mirada, que a mí me parecía que todos advertían. Esta muchachita, algún año menor que yo, exteriorizaba unos prematuros atributos de adolescente, y aquello me confundía mucho más. Contumaz, casi todos los días se las ingeniaba para retenerme debajo de los soportales de la casa de los guardeses con la escusa de mostrarme su colección de tebeos. Descubrió pronto que las viñetas de Zipi y Zape, Doña Urraca, Carpanta y la Familia Ulises me atraían mucho más que su persona. Y sucumbí a la tentación de poseer un puñado de aquellas historietas a cambió de un fugaz beso que hube de estampar en su tibia mejilla.
     Sor María fue la monja con quien más congenié. A menudo la encontraba entretenida en horadar con un troquel un montoncito de finísimas tortas rectangulares de pan de ángel. De cada una obtenía siempre ocho albas obleas del tamaño de un duro, y apartaba los recortes que sobraban al tiempo que me miraba y sonreía. Cuando la misa terminaba me regalaba un sobre rebosante de esa golosina, y esa era una forma de demostrarme el cariño que me tenía. Pero toda la comunidad hacía partícipe a Pepito de sus fiestas, de sus celebraciones, y de su alegría. Y en todas esas ocasiones, la onomástica de San Vicente Paúl, su fundadador y patrono, o alguna festividad religiosa especial para las hermanas de la caridad, acababa desayunando después de misa en la sala de las visitas. Era un cuartito que se encontraba en el vestíbulo, frente al despacho de sor Ana. Sobre una mesa camilla me aguardaba el tazón más blanco que he visto jamás, colmado de humeante leche en la que mojaba las orondas galletas hojaldradas que llenaban una cestita redonda. En cualquier coyuntura se repetía el convite, a veces alternando la leche por un oscuro y espeso chocolate en el tazón y las galletas por un puñado de bizcochos en los que destellaban minúsculas partículas de azúcar. Era el caso de la visita del señor obispo de Bombay, hermano de la superiora. Para aquel manojo de monjitas la  presencia  del monseñor era un acontecimiento que rompía con su rutina. Fue la primera vez que vi a un obispo. Pero ni la abundante barba encanecida, que le llegaba al pecho, ni el fajín, la botonadura y el solideo violetas impidieron que me tratara con el candor de un hombre sencillo y bueno.  Su cercanía parecía decirme que su alto cargo eclesiástico fuese un accidente, al que él no daba más importancia. Comportamiento que a mí me sorprendía en un tiempo donde era tan habitual marcar las distancias, también en la Iglesia.
     Como parte de la amplia familia del asilo, presencié mi primer Empastre en La Florida. Fue un jueves de ferias. Cuánto me divirtió aquel desfile imposible de la banda del Bombero Torero. Me reí sin descanso con un músico canijo que aporreaba frenéticamente un bombo tan descomunal que le impedía seguir la formación, y que arrastraba fuera de ella a dos o tres atolondrados más. El director, contrariado, los empujaba a la fila y la orquesta reiniciaba la marcha. Todo esto se repetía una y otra vez provocando un caos cada vez mayor. Hasta que el director de la orquesta, desesperado, arrojó lejos su batuta y el sombrero y se sentó en la arena del albero en medio de una gran carcajada de la plaza. Desde las localidades que nos acogieron debajo del tejadillo en un tendido de sol y sombra, contemplé dos días más tarde la que fue también mi primera corrida de toros. De ella se me grabaron imágenes para siempre: el luminoso paseíllo de las cuadrillas multicolores a los compases de Amparito Roca, un pasodoble que me emociona desde entonces más que ningún otro; los cambios de las sucesivas suertes que nos anunciaban los tambores y clarines; el toreo plástico y bello de Antonio Bienvenida y Fermín Murillo que formaron parte de la terna de aquella tarde inolvidable. Y tampoco olvidaré el autobús que me llevó, acompañado de ancianitos y algunas monjas, a la Peña de Francia una mañana de verano. Fue ese día el primero en que viajé más allá de Salamanca. De aquella excursión vine cargado de las revueltas de la ascensión al montículo donde se asentaba el santuario de una virgen negra. También me traje las voces profundas de unos monjes cargadas de infinitas modulaciones, que se mantenían en el aire como si levitaran. Ese canto, que sor María llamó gregoriano, fue un premio mayor del que yo podía esperar, tanto me conmovió.
     Todos estos recuerdos permanecen dentro del baúl de mi niñez. No creía que fueran tantos. Al abrir la tapa han brotado fragantes como las dalias, los claveles, los crisantemos, las rosas y las azucenas de los jardines primorosos que bordeaban el edificio al que tanto acudí. Y, de pronto, me ha parecido que desplegaran sus alas, como si quisieran acariciarme, las cofias blanquísimas y tersas de aquellas monjas del asilo.


  



martes, 14 de febrero de 2012

Al cine por unos kilos de chatarra


Que alguien declare ahora que aquellos fueron años de escasez es algo que a nadie sorprende ya. A unos, porque los vivimos, o padecimos entonces, con estrecheces sin cuento;  a otros, porque están hartos de oír referirnos a ellas en cuanto se nos presenta la menor oportunidad. Lo cierto es que, en mi pueblo, la oferta de ilusiones para un niño superaba a las posibilidades para disfrutarlas: las chucherías que se amontonaban en los puestos de la Plaza; los tebeos y los futbolines de casa Sinforoso; los cigarrillos de anís que vendía la Mariana en su kiosco;  las cintas que se proyectaban en los cines San Miguel y Cervantes los jueves, sábados y domingos… Todo alimentaba mi fantasía de niño, pero a distancia, pues que se hiciera realidad resultaba una auténtica quimera.
      Y, aunque, por carecer de todo, me acostumbré a prescindir de lo que no estaba al alcance de mis posibilidades, confieso que, a veces, sentí envidia de aquellos que por alguna razón lo lograron. Uno de ellos fue mi hermano Hilario, cuatro años mayor que yo. Recibía una tanda dominical apenas superior a la mía, por aquello de la diferencia de edad, pero insuficiente a todas luces para según qué necesidades y diversiones. No obstante, siempre tenía en las manos algún ejemplar de Hazañas Bélicas, del Guerrero del Antifaz, de Roberto Alcázar y Pedrín o alguna novela del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. A menudo le vi en los futbolines enfrascado en partidos en los que la tensión hacía que se mordiese, nervioso, la lengua por la incertidumbre del resultado; o comprar celtas sueltos en la plaza, que después multiplicaba en finas raciones con ayuda del papel de fumar que extraía del librillo. Incluso se permitía sacar la entrada para alguna de las sesiones de los cines de la calle Elisa Muñoz.
     Recurría a la chatarra. Alguna vez le acompañé en la búsqueda de hierro o de cobre. A su lado aprendí dónde buscar aquellos materiales, dónde venderlos, la diferencia de precios de uno u otro metal  y cuántas perras se podían reunir tras su venta. También, que todo el beneficio se lo quedaba él. Lo que se recaudaba apenas si llegaba para uno, decía; haciéndome ver a continuación que sus necesidades eran más urgentes y perentorias que las mías. Y, cosas del destino, el dinero acababa siempre en su bolsillo. Así que, comprendí pronto que aquella sociedad no me convenía. Decidí crear mi propia empresa, en la idea de que esa sería la única forma de poder sacar beneficio de mi esfuerzo y, quizá, el modo de pagarme la primera entrada de cine.
     Como el recurso a la chatarra menudeaba entre la gente, grande y pequeña, el propósito de reunir suficiente cantidad me resultó una tarea esforzada y a ella me entregué con ahínco. Este chico es de ideas fijas, ¡cómo se le meta una cosa en la cabeza!, sentenció mi madre al  observar mi obsesión, y ya lo repetiría en otras ocasiones, fuera bueno o malo lo que me trajera entre manos. Aquella descripción acabó siendo una profecía, que se fue cumpliendo a lo largo de mi vida hasta convertirse en una condición de mi carácter. Lo cierto es que, durante algunos días, todo mi tiempo libre lo dediqué a acumular chatarra dentro de una vieja tinaja de arcilla que teníamos en el corral de casa. Se me pudo ver merodeando por los talleres Barrado, Pinto o Polo a la salida de clase en el Miguel de Unamuno, acopiando tuercas y arandelas perdidas, piezas desgastadas e inservibles y cables. Busqué incansablemente restos de hierro en cerrajerías y fraguas, mientras oía repicar el martillo contra el yunque. Acudía a las puertas del taller de los Bejaranos en cuanto advertía desde la puerta de mi casa el resplandor de la soldadura autógena y esperaba paciente los trozos de las varillas de metal que el soplete no fundía, y los fragmentos minúsculos y roñosos de alguna reja del arado reparado.
     Sé que la primavera iba avanzada, pues, olvidados los fríos invernales, vestía hacía tiempo pantalones cortos, que unos tirantes abotonados en la cintura sujetaban por encima de mi camisa. Y que aquellas tardes me olvidé de los interminables partidos de fútbol en la era del Reguero; de las apasionantes carreras de chapas en el polvoriento suelo de la explanada junto al viejo negrillo de San Luis; incluso de los amigos, de los que prescindí en mis correrías por el pueblo. O por las afueras, confundido entre los muladares y escombreras que comenzaban en la huerta frente a la era y continuaban en montones sucesivos por un camino que se perdía por el horizonte, mucho después de cruzar las vías del tren. Removí cascotes, los pedazos carcomidos de viejas vigas a la espera de encontrar todo tipo de clavos y puntas con los que se fijaron a ellas las derruidas techumbres, o de descubrir tal vez alguna cerradura de una destartalada portezuela, o cualquier cacharro metálico, desvencijado y arrumbado. Tanto que, durante algunas noches, aquel basurero pobló mis sueños en forma de pesadilla recurrente: con una azada escarbaba entre los deshechos y aparecían, uno tras otro, objetos de metal, a cual más macizo, que rápidamente colmaban una carretilla de albañil, cuya carga el chatarrero me premiaba con una sustanciosa recompensa, haciéndome el niño más feliz de Peñaranda.
     Como me pareciera que la chatarra acumulada dentro de la tinaja fuera suficiente, y, acaso, porque ya no podía esperar más, resolví venderla ese mismo día. En un saco la cargué a la espalda y por el camino a la chatarrería de la plaza Santa Apolonia me fui contando el cuento de la lechera, pues mi imaginación crecía por entonces más que cualquier otra cosa, mucho más que los hierros reunidos. Guardo toda la luz que iluminaba la plazoleta en la tarde primaveral; y de aquel almacén recuerdo su amplia entrada, abierta de par en par, y las montañas de amasijos de hierros cuyas siluetas velaba la penumbra en la que estaba sumida la mayor parte de lo que creí una vasta estancia. Saturio Bernal, amigo de mi hermano Pablo, me atendió. Primero con el hierro y luego con el cobre, seguí con atención el balanceo del saco que colgaba de uno de los ganchos de la romana, mientras una pesa hacía equilibrios sobre el astil, hasta pararse en una de sus ranuras y nivelar la balanza, marcando el peso exacto. Lo que pesaron estos metales se me ha olvidado, sólo me acuerdo de lo que gané con ellos: una moneda rubia de dos cincuenta.
     Con el saco enrollado y las dos pesetas y media apretadas en mi mano, que me olía todavía a la herrumbre de los oxidados hierros, supe ya en qué invertir mi primera ganancia como autónomo: iría al cine el jueves siguiente. Ese día se hizo más remolón que otras veces. Cuando llegué a la Plaza, a la salida de la escuela, poco me importó el mercado y el gentío que iba y venía bajo los soportales. Todo mi interés se lo llevaron los fotogramas, que cubrían por ambos lados las despatarradas carteleras, de las cintas que proyectaría el cine Cervantes aquella tarde en lo que sería una sesión continua.  Con qué emoción contemplé las imágenes en blanco y negro que protagonizaba Charlot, y aquellas otras, coloreadas, de unos personajes que se movían por la ciudad de Roma. Cuán lentas transcurrieron entonces las escasas horas que restaban hasta que la taquilla abrió su ventanilla al público.
     Las dos cincuenta me proporcionaron aquella tarde un lugar en los escalones que recorrían de un lado a otro el gallinero que ocupaba casi todo el primer piso del cinema. Me sorprendió que tanta gente humilde, mísera, abarrotara la inmensa grada y mi infantil alma intuyó de inmediato que el pobre, además de pan, necesita buscar un resquicio para la ilusión, un motivo por qué vivir. Con esta impresión me senté en el centro de la última fila, la espalda contra la pared, por debajo de un ventanuco que pronto empezó a vomitar un incesante haz luminoso que se fue convirtiendo en sucesivas imágenes llenas de vida al estrellarse en la pantalla gigante del piso inferior.
     Aunque volví después muchas más, no he olvidado esa mi primera vez. Perdura aún el asombro que me produjeron las dimensiones de aquella estancia, amplia como la iglesia de San Miguel; la oscuridad de su espacio infinito durante la proyección, apenas disimulada en las paredes por unas lamparillas rojas; la música y las palabras de los personajes que me envolvieron mientras me contaban sus historias; toda la  emoción por encontrarme en un lugar tan especial, que me absorbió por entero, que me mantuvo todo el rato pegado a mi asiento, con los ojos abiertos como platos. Y en el escenario vi a un Charles Chaplin hambriento que, después de devorar el cuero de sus viejas botas, chupaba famélico las tachuelas que sobresalían de las retorcidas suelas.  Y sufrí con la incertidumbre del balanceo de su cabaña al borde de un precipicio, dentro de un paisaje de nieve impoluta, en lo que era una quimera del oro. De la otra película, apenas entendí la trama, pero me maravillaron las plazas, los monumentos romanos rebosantes de luz y, prendido en mi oído, quedó para siempre el estribillo de la melodía que entonaba el protagonista: Arrivederci Roma, adiós,  goodbye, au revoir . . .


Las imágenes son montajes sobre dos fotografías aportadas por Kiko García en la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas"

martes, 24 de enero de 2012

Santa Bárbara bendita

 
Se acercaba el verano y con los días inmensos y cálidos llegaban las tardes y las noches de tormentas a mi pueblo. Algunas se presentaban de forma ocasional, otras nos visitaban durante un puñado de días seguidos con obstinada puntualidad, pero todas me amedrentaban por igual. Era un temor que se contagiaba del que sentía mi madre al menor atisbo de trueno. La recuerdo nerviosa por una angustia que le llevaba a cerrar los postigos de la ventana de la salita, y hasta cegar con un rebujo de tela  una especie de gatera imposible que presentaba la parte superior de uno de ellos. Y así, a oscuras, permanecíamos hasta que el último estertor se perdía lejos de Peñaranda.
     En ocasiones, después de una mañana luminosa, se amontonaban oscuras y amenazantes las nubes y la tormenta se presentaba apenas comenzaba la tarde. Otras veces, la mayoría, se desarrollaba al atardecer o ya en la oscuridad de la noche. El aire se volvía impaciente, tenso;  desde la negrura celeste me parecía que manifestaba su malhumor profiriendo roncas imprecaciones entre rayos y centellas; y, en el momento en que en la oscuridad del cielo se encendían múltiples grietas incandescentes, yo buscaba el refugio de mi casa y durante unas horas quedaba inerme, preso de incertidumbre, huérfano de los juegos de aquellas tardes de verano. Pero mis miedos infantiles se alimentaban también de otros mensajes que me enviaban las supersticiones, las leyendas y las defensas que se habían instalado en los edificios más elevados del pueblo.
      Si las nubes se agolpaban sombrías y el cielo parecía el espectro de un ogro que fuera a devorarme, el manojo de cantueso que colgaba detrás de la hoja superior de la portezuela de mi casa me recordaba que el Santísimo en su custodia lo había pisado durante la procesión del Corpus y que sus bendiciones bajo palio protegían mi hogar. Cuando las quejas atronadoras se volvían insistentes y mostraban su enfado creciente, mi madre invocaba: Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita, en el ara de la Cruz, Pater noster, amén Jesús; en la creencia que sólo ella nos podía defender de cualquier agresión de la enfurecida bóveda celeste. Con frecuencia me llegaban los sonidos secos de la escopeta de el Antolín, cuyos disparos, se decía, dispersaban las tenebrosas nubes, evitando que chocaran y nos enviaran su furia de truenos y rayos. Si los relámpagos electrificaban el renegrido cielo con sus descargas luminosas, para tranquilizarme visualizaba las puntas en las que terminaban los pararrayos encaramados sobre los altos silos, en una de las torres de la parroquia, o en el tejado del asilo e imaginaba la fuerza con que atraerían los rayos para proteger a Peñaranda entera.
     Aquel día fui testigo de impactos ciertos del azote de una tormenta, que justificarían para siempre mis anteriores temores. Todavía no había entrado el mes de junio, pues aún teníamos clase por la tarde. Al salir de casa después de comer, el cielo se había revestido casi en su totalidad de nubes grises. Pronto empezó a atronar y a los truenos los acompañó una inquietud que ya no me dejó disfrutar de la explanada de San Luis. Como la tormenta se acercaba al tiempo que la hora de volver a la escuela, mi vecino Maxi Avililla y yo abandonamos nuestros juegos junto a la iglesia y preferimos acercarnos al patio escolar ante la amenaza que se cernía en la atmósfera. Recorrimos toda la Travesía de San Luis entre una sucesión de truenos cada vez más frecuentes y rotundos. Muy juntos y sin dejar de hablar recordábamos las leyendas que hablaban de los peligros de la tormenta.  Por eso evitábamos correr y caminábamos alejados de las fachadas de los edificios, para soslayar a los rayos, y, acaso, para que la conversación espantase nuestro miedo, tan oscuro se estaba volviendo el día.  Así alcanzamos la Carretera de Madrid y recuerdo como si en ese momento un sepia mortecino hubiera absorbido la luz del resto de los colores de aquel paisaje.
     De pronto, un zigzagueante resplandor iluminó la tarde sombría, al tiempo que toda la arquitectura celeste pareció desgarrarse encima de nosotros y estrellarse contra el suelo. Los dos niños quedamos paralizados. Una fuerza eléctrica nos impulsó el uno contra el otro, me  doblé lateralmente, y mi rodilla izquierda quedó pegada a la pierna derecha de mi amigo. Quizá al instante, empezó a diluviar. Aquellas gotas gigantescas nos despertaron y, como almas que lleva el diablo, corrimos, olvidadas ya las recomendaciones; cruzamos la carretera y nos refugiamos en la nave donde mi padre trabajaba dentro del almacén que allí tenían los Martín Mulas. Le encontramos en cuclillas, encaramado sobre la enorme mesa de cemento, fijando con yeso el molde de madera que daría forma a la enésima pila de lavar doméstica de piedra artificial. Él también había sentido el relámpago y el trueno magníficos y. por eso, se sorprendió al vernos. Tal espanto descubrió en nuestros rostros que, sin hablar, descendió de aquella tarima, con el sempiterno mandil de saco de esparto y nos ofreció el botijo, que yo tan bien conocía, para que pasáramos el trago. Pero su presencia y su serena sonrisa me ayudaron más a recobrar la tranquilidad perdida. Y, como parecía que la lluvia amainaba, nos pidió que continuáramos hacia la escuela, que distaba a pocos pasos de allí.
    De las dos horas siguientes sólo me queda la penumbra que acompañó a las tareas del aula sin luz eléctrica. Cuando salí de clase ya no llovía, aunque al suelo lo empapaba todavía el chaparrón reciente y al azul del cielo le costaba hacerse sitio entre las nubes plomizas. El aire me trajo de inmediato el olor característico de las hogueras recién sofocadas por el agua, cuyo origen descubrí pronto al cruzar la carretera para desandar el camino de regreso a casa. Grupos de gente hacían corrillos al inicio de la travesía de San Luis entre mesas, sillas, revoltijos de ropas y cacharros apilados  frente al domicilio de los Arévalo, parientes de mis primos Celitos, Jesu e Isabelita. Miraban la fachada tiznada y la techumbre desnuda de tejas y a los hombres que, con gesto derrotado, descargaban los últimos baldes de agua sobre las humeantes vigas de carbón. Supe de inmediato lo que había ocurrido sin necesidad de atender lo que decían unos y otros. Y también a la hora que se produjo: tan aturdidos habíamos quedado entonces, Maxi y yo, por aquel rayo destructor que nos puso los pelos de punta y que reafirmaría, ahora por una vivencia propia, mis recelos hacia las tormentas.

martes, 3 de enero de 2012

Los tres reyes, reyes magos son

 
Los días de mis vacaciones discurrían a un ritmo creciente. Comenzaban con una aparente lentitud para, al poco, tomar carrerilla hasta desbocarse próxima ya su conclusión. Me parecía que esta anomalía se acentuaba mucho más por Navidad. Las hojas de los días que precedían a la Nochebuena se hacían las remolonas hasta desprenderse del almanaque. Luego, una fuerza invisible e implacable arrancaba fácilmente las últimas fechas de diciembre precipitando la llegada de un nuevo año. Y, después del vértigo de las fechas y celebraciones vividas, me costaba disfrutar de las jornadas que restaban sin obligaciones escolares al sentir tan inmediato su final.
     De los últimos días, las mañanas me sabían a pan frito, a farinato y a los torreznos que mi madre nos procuraba para matar el hambre cuando faltaban todavía dos largas horas para el almuerzo. La mesa camilla resultaba el lugar más acogedor de la casa en el invierno de hielo. Cómo me gustaba disfrutar con mis hermanos del calorcillo que desprendía el brasero que la badila avivaba, mientras engañábamos el tiempo, unas veces con libros y cuadernos, y otras con la baraja de cartas o jugando al parchís. Desde aquellas mañanas y aquellas tardes veía asomar ya los hocicos de los camellos en los que se repanchingaban los Magos de Oriente: último eslabón de la cadena de festividades  al que me agarraba con la esperanza de olvidar el imparable fin de las vacaciones.
     De los Reyes Magos hablaba entonces uno de los villancicos que pronto aprendí junto al montón que sonaban por Navidad: Los tres reyes, Reyes Magos son… De los regalos que la noche de Reyes alegrarían los corazones de los niños  y niñas más privilegiados, estaba llena la tienda de El Cielo en la calle Bodegones. Cuando avanzaban las fiestas navideñas, en medio de esa calle tan comercial, se aposentaba, risueño y regordete, un rey de cartón piedra, que portaba un cofre sobre el pecho, donde iban a parar los sueños infantiles en cartas escritas con unos trazos trémulos de ilusión.
     Los Magos no acostumbraban a visitar mi hogar de la calle San Luis. No les debía coger de camino, pues tampoco frecuentaron los de buena parte de mis vecinos del barrio. Comprendí que los regalos menudearan a través de las chimeneas de los niños que vestían ropas de mayor calidad, cuyas viviendas eran tan amplias, que permitían a sus majestades un  acceso más desahogado. Sospechaba también que, con su magia, estos amables monarcas supiesen de la mejor conformidad del que tiene menos y lo poco que necesitan para ser felices. A esta situación me acostumbré, qué remedio, sin considerarme muy desdichado; también, a vivir sin las pistolas, cuchillos, espadas, carretas y camiones que otros disfrutaron. Jugaba con lo que yo fabricaba, como buenamente podía, de los palos, las cajas de zapatos y las maderas que afanosamente buscaba por todas partes. Y, puedo asegurar, que dormí sin sobresaltos las vísperas del día de Reyes de mi niñez.
     Pero los Reyes Magos jamás se olvidaron de nosotros. Ante las dificultades logísticas de domicilios como el mío, que eran las de muchos otros, optaron por dejar unos enormes sacos y cajas de regalos en dos lugares espaciosos: el salón de plenos del Ayuntamiento y la escalera que precedía al altar mayor de la iglesia parroquial. En la mañana de Reyes, primero durante la catequesis y después en la casa consistorial, la quimera del regalo se hacía realidad: una pelota de goma, que no llegaba a balón, ilustrada de estrellas de colores sobre una superficie rugosa; un parchís de cartón que permitía también, por detrás, saltar de puente a puente  y del laberinto al 30 con el juego de La Oca; una caja de pinturas, que me dejó para siempre los brincos del cervatillo en la inmensa pradera que vigilaban unas montañas coronadas de nieves perpetuas; un plumier de madera, que guardaría lápices, palilleros, gomas y sacapuntas, con una tapa, que utilizaba como regla, y que deslizaba para que la plataforma superior girara y poder así rebuscar entre las pinturas del cajón inferior.
     El paso de los Reyes por mi infancia me regaló una mañana de sorpresas aquel año. No sé muy bien por qué, los Magos de Oriente vinieron a mi casa y de la visita me quedó a los pies de la cama un burrito de cartón que se sostenía sobre un patinete de madera. Olía todavía a la pintura que coloreaba las crines y las aguaderas que pendían de sus lomos, y a la cola que fijaba las pezuñas a la base con ruedas. Apenas contemplé incrédulo el flamante borrico y ya las campanas de la parroquia me convocaron a misa de diez, que era la establecida para los niños y niñas. En la iglesia el alboroto era mayor que otros domingos y la atención al catequista, menor: tan distraídos estábamos imaginado qué contendrían los sacos que se agrupaban a la puerta de la sacristía. El reparto de juguetes se produjo cuando la catequesis concluyó; el recuerdo me huele todavía al humo que desprendía el pábilo de los cirios que los monaguillos iban apagando. Y todos los chicos de mi grupo recibimos un asno con aguaderas, idéntico al que los Reyes trajeron a mi casa. Reconozco que la coincidencia me asombró, pero sin desagradarme del todo, pues es sabido que estos animales suelen trabajar por parejas en muchas labores y así imaginé yo ocuparlos en mis juegos.  Con esta idea y el burrito bajo el brazo me coloqué en la fila que esperaba ilusionada un nuevo regalo en el ayuntamiento. Al llegar mi turno, depositaron en mis estupefactas manos un pollino, que cargaba también aguaderas, gemelo de los de mi reciente propiedad.
   No quise cuestionar las razones que habían llevado a los Magos de Oriente a conducir tantos jumentos con aguaderas para los niños de un pueblo donde escaseaba el agua y las fuentes. Comprendí el dicho: a burro regalado no le mires el diente.  De este modo, hacia las doce de aquella mañana, me había convertido en el propietario de una reata de burros, que yo acomodé a mis juegos. He de decir que disfruté incansablemente con ellos, que no me importaron sus hechuras, ni sus armazones: acarrearon agua: fueron espléndidas monturas de protagonistas de muchas batallas; tiraron, incansables, de carros de cartón para transportar los mil y un bártulos de mi fantasía. Hasta que envejecieron. Poco a poco, fueron enseñando sus canas de color cartón por las orejas, por los corvejones; se les hundieron los flancos y las grupas; empezaron a cojear al perder, con tanto trajín, alguna de las ruedas de latón. Y, con pena, dejé que descansaran su vejez por los rincones del cobertizo que teníamos en el corral de mi casa.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Y, por fin, llegaba la Nochebuena

La Nochebuena llamaba a las puertas de mi imaginación infantil un montón de días antes de lo que establecía el calendario. Durante ese tiempo la sentía en el aire de mi pueblo en mil indicios, y, como la estrella que anunciara el camino de Belén a los Reyes Magos de Oriente, así iban apareciendo menudos fulgores que me indicaban su proximidad,  y yo me aprestaba a recibirla anhelante.
    Los villancicos, que ensayábamos un puñado de domingos antes en catequesis y en las sesiones de cine en las Jesuitinas, eran los primeros destellos entre campanas sobre campanas, peces en el río y una burra que iba hacia Belén cargada  de chocolate, con la promesa de una noche de paz. Uno de los escaparates de la Librería Coll me sorprendía una tarde repleto de pastores, lavanderas, leñadores, soldados  y reyes montados en camellos de cuyos ramales tiraban esbeltos pajes. Estas figuritas de arcilla parecían transitar por tan abarrotado espacio desorientadas buscando alguno de los pesebres que por allí aparecían en el interior de portalicos desvencijados, en donde se repetía la misma estampa: la Virgen, San José y el Niño flanqueados por un asno bonachón y una vaca rolliza. Cuántos ratos he pasado frente a esta cristalera enternecido por aquellos muñequitos policromados que me trasladaban a remotas tierras y narraban historias de tiempos lejanos.
     A medida que diciembre avanzaba, brotaban belenes por doquier en medio de camisas, zapatos, embutidos, tabletas de chocolate, cajas de Farias y juguetes, y, con antelación, me hacían vivir mil veces el Misterio que habría de ocurrir en pocos días.  En el Centro de Acción Católica, un Nacimiento diferente y sublime llenaba una habitación apenas iluminada con tenues luces de colores que envolvían mi fantasía hasta emocionarme. Los adornos luminosos, que se sumaban al anuncio reiterado de la Navidad, me hacían guiños desde las puertas y balcones de algunas casas.
     Mientras tanto, los muchachos de mi calle preparábamos con entusiasmo la comparsa que desfilaría por tiendas, bares y domicilios para pedir el aguinaldo. Como nuestro distintivo habría de ser unos llamativos gorros de cartón, nos esmerábamos en adherir con engrudo papel de seda de diferentes tonos a aquellos cucuruchos. Al tiempo, nos aprovisionábamos de castañuelas de uralita, hueseras, botellas de anís, panderetas, zambomba y algún almirez. Y cada tarde ensayábamos villancicos, y los pasodobles y coplillas que conocíamos de haberlas escuchado a los mayores. En esa espera, plena de barruntos navideños, llegaban las vacaciones escolares que inauguraban los niños de San Ildefonso. Entonces, la calle San Luis se llenaba de voces infantiles que  salían de las radios de nuestros hogares salmodiando números y más números con un repicar de miles y miles de pesetas en una pedrea de ilusiones.
     Hasta que una mañana, por fin, despertaba el 24 de diciembre, como otro día más, frío y oculto en la contumaz niebla que envolvía a diario el pueblo. Y aquella mañana, de la fecha más esperada, no traía ninguna señal que lo distinguiera de cualquier otro de un invierno de brasero de cisco en la mesa camilla del comedor. A medida que transcurría la jornada me invadía la melancolía. La tristeza acompañaba todos mis actos, sin que pudiera explicar lo que me sucedía, precisamente en el día tan anunciado de paz y felicidad. Al anochecer, los escaparates, las luces parpadeantes de colores y los belenes que yo atisbaba en las salas de algunos domicilios, no me regocijaban como en las jornadas precedentes. Quizás percibiera que aquella no era la fiesta colectiva de las ferias, que la calle no compartía de igual forma la  alegría. Cada cual iba y venía pensando en los suyos, preparaba su celebración para disfrutarla en familia. Observaba caminar presurosos a los mayores portando las últimas compras para lo que acontecería esa noche en cada hogar, sin importarles los demás. Y con este ánimo regresaba a mi casa mientras, desde lejos, me llegaban los sones del “Soldadito español” que alguna murga tempranera entonaba entre las vibraciones roncas de zambombas, el chasquido de una panderetera y el cristalino rascado de las botellas de anís El Mono.
     Pero, a la hora de la cena, mi decaimiento mudaba cuando toda la familia se congregaba en torno a la mesa, que resplandecía esa noche. Me contagiaba rápidamente de la alegría que emanaban mis padres y hermanos, y, por fin, entendía que el verdadero significado de la Nochebuena estribaba en aquella reunión entrañable en la que procurábamos la felicidad mutua. Y, además de la dicha que sentía al sentarme con los míos en una cena tan extraordinaria, ha quedado en mi recuerdo el sabor que el ajo daba a la ensalada de escarola, que preparaba mi madre y la variedad de sencillos postres a los que se acostumbró mi paladar. Cómo podría olvidarme de la cazuela de porcelana rebosante de castañas cocidas, que tenían un ligero sabor a anís. El turrón del duro y el del blando; las pasas; los polvorones; los mazapanes; las peladillas, que eran como los hermanos mayores de unos confites blancos que escondían piñones en su interior. De todo se nos daba una cantidad, la misma para cada miembro de la mesa, pues este postre debía durar toda la Navidad. Todavía hoy no puedo resistirme a elaborar capones con higos y nueces, como veía entonces hacer a mi padre. Al final de la  comida aparecía una bandeja con siete copitas de un cristal muy labrado, en donde se escanciaba anís del que retengo aún un regusto dulzón. Después, se recogía la mesa y se jugaba a las cartas hasta que se aproximaba la medianoche.
     A las doce acudíamos, contentos como estábamos, a la iglesia parroquial. El templo se llenaba y, pocas veces como en esa ocasión, fieles de todas las edades se congregaban en una misa.  Mi familia entera asistía a la Misa del Gallo que era la culminación del acontecimiento cientos de veces pregonado para esa noche: el nacimiento del Niño Jesús. Todos conveníamos que a aquella hora tan intempestiva, en un lugar  inhóspito como era una cuadra donde convivían asnos  y vacas, nada menos que sobre un pesebre, ocurría el Misterio de la venida de Dios al mundo. Y, aunque yo no entendía muy bien por qué se había elegido un rincón tan mísero y apartado, me parecía milagroso que aquel singular enclave fuera del dominio público, pues el niño estaba escondido todavía entre pajas y  acudían ya a adorarle las gentes más humildes, cargadas de regalos. Incluso tres reyes de lejanos países, advertidos por una estrella, venían de camino y, en breve, le presentarían oro, incienso y mirra.
     En todo eso pensaba yo durante la misa. También, a su conclusión, en la fila que se dirigía a besar el pie del Niño rollizo y sonriente que, postrado en su cuna, parecía bendecirme desde el inicio de la escalinata del altar mayor, acompañado por un satisfecho don Pablo, nuestro párroco, al que rodeaban varios monaguillos. Veo todavía a don Agustín, revestido con su inconfundible roquete blanco, desde las alturas del presbiterio, delante del atril que sobresalía de la barandilla de hierro forjado, encadenar un villancico tras otro. A los sones del  Adeste fideles y del a Belén pastores, a Belén chiquillos nos acoplábamos todos hasta colmar el templo de notas y alegría en aquella noche de paz. Y, ya sin dudas, estas sensaciones eran las que me acompañaban, mucho más intensas y placenteras que el frío que se había apoderado de la calle, en mi retorno al hogar.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Castañas y turrón


Nunca supe quién nos visitaba primero, si el frío o las castañeras. Pero puedo asegurar que ambos coincidían por la misma época y que  con ellos  entraba el invierno en Peñaranda para quedarse con nosotros casi medio año. Los árboles perdían las últimas hojas y parecían encogerse en su desnudez; la escarcha no faltaría ya a su cita diaria. De súbito, las castañeras encendían los fogones y crepitaban las castañas sobre sus rejillas, mientras un aroma dulzón envolvía todo alrededor, colmándolo de indicios cálidos y apetitosos.
     La castañera más temprana aparecía con la Fiesta de Todos los Santos a la puerta del cementerio. Una mujer de edad incierta, que se arrebujada en ropas oscuras de la cabeza a los pies, engañaba al frío sentada entre la pared y un bidón de lata renegrido, lleno de ascuas. Siempre me llamaba la atención aquel conjunto, como de luto, que yo divisaba desde lejos y que contrastaba con los enjalbegados muros del camposanto. Esa estampa, no sé por qué, se prendió en mi memoria con sabor a soledad y a ventisca. He llegado a creer que se debe a que rara vez vi clientes ante aquel puesto, y a que ya, por entonces, caían las primeras nieves.
     Al iniciarse noviembre se dejaban ver también las castañeras en la Plaza. Recuerdo las bocas rojas de sus fogones a un lado y otro de la entrada a la calle Bodegones. Así, ese lugar singular añadía un señuelo más, esta vez en forma de castañas asadas. De estos puestos he de decir que los figuraba refugiarse contra las columnas de los soportales, como escondiéndose de la crudeza invernal, y que el rescoldo de sus hornillos apenas alcanzaba a los tenderetes de pipas vecinos.
     Me quedan imágenes de entonces, que se conservan pertinaces en mi cabeza. Aquella que se producía los domingos a la salida de misa de doce, cuando algún matrimonio, precedido de vaharadas, detenía su apresurada marcha delante de uno de los fogones. Y, mientras la esposa, encogida y temblona, daba saltitos para despertar sus pies medio congelados, los mitones de la castañera contaba las castañas, que iban cayendo tiznadas en un cucurucho de papel. También me acuerdo de haber saboreado este fruto asado en alguna ocasión, de crío, en el tiempo en el que mis padres todavía me llevaban de paseo. Qué calorcito se desprendía del envoltorio de periódico. Impaciente cogía las primeras castañas y, de inmediato, las hacía saltar de una mano a otra como si fuera un malabarista, tanto me quemaban los dedos. Pero, entre salto y salto, desprendía como podía la cascara y la piel del fruto, y, ansioso, me lo llevaba a la boca, abrasándome la lengua y el paladar entre resoplidos y exclamaciones ininteligibles.
     Ya me había acostumbrado a la presencia de las castañeras y la Plaza me sorprendía con una visita diferente, mágica, que era un anuncio de la Nochebuena: la turronera de La Alberca. Como ésta llegaba con el jueves que precedía a las fiestas navideñas, a ese día le llamábamos Jueves del Turrón.  El puesto se me aparece, espléndido, debajo de los soportales, atravesado entre los tenderetes de pipas y los escaparates de Los Pelos Grifos y de la ferretería de Vilches, como si quisiera llamar la atención de los transeúntes interrumpiéndoles el paso. Este atípico asentamiento no parecía incomodar a nadie, tan pintoresco y entrañable nos resultaba. En una mesa alargada y sobre un mantel inmaculado, se extendían mazacotes de turrón, blanco o tostado, formando una maqueta montañosa, por donde asomaban como aprisionadas almendras en multitud de pedazos. Allí reposaban también una balanza de platillos de bronce, unas cuantas pesas del color del oro enfiladas por estatura, y un hacha de considerable tamaño.
   Aquel me parecía uno de los jueves en los que la Plaza congregaba mayor cantidad de gentes, pues creía que al mercado se le unía el reclamo de la turronera. Y el jueves del turrón acudía yo al centro de mi pueblo, atraído por ese mostrador excepcional y por la aglomeración que abarrotaba un lugar tan emblemático. Miraba con curiosidad a la turronera: el pelo negro, estirado y recogido en un moño que ornaba un rostro redondo y amable, no ocultaba una edad madura; se revestía con ropajes oscuros, muy amplios y largos, que nunca había visto en las mujeres de Peñaranda; de las orejas pendían unos pendientes afiligranados y sobre el pecho brillaban una cadena y una medalla de oro. Como todos decían que vestía de serrana, yo la imaginaba de un pueblo lejano, repleto de almendros y panales de olorosa miel, que se encaramaba en lo alto de una montaña: pues así jugaba mi fantasía con el nombre de La Alberca y el traje de la turronera.
     Para ese día tan especial reservaba, ilusionado, unas perras, por los placeres que habría de proporcionarme el tenderete. La señora desgajaba trocitos de turrón de uno de los bloques con su hacha de leñador, los equilibraba en los platillos con alguna de las pesas pequeñas y me los ofrecía envueltos en un papel blanco y satinado. Con qué deleite chupaba aquella golosina. Pero no tardaba en mordisquearla a cachitos y cuando alguno se reblandecía en mi boca, siempre acababa pegado a mis dientes. Antes que desazonarme por ello, lo agradecía, pues a mi lengua le gustaba acudir entonces a relamerlo, y  podía así saborear aquel dulce durante un ratito más.
***
     Todos los inviernos he encontrado castañeras que me hablaban de las de mi niñez. Pero a las turroneras no he vuelto a verlas por ninguna plaza. Sin embargo, su recuerdo jamás me ha abandonado, y proclamo que nunca he disfrutado tanto de un turrón como el que ellas traían a mi pueblo por Navidad.
* Los escenarios de las ilustraciones son fotos, que he distorsionado, encontradas en la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas"