lunes, 16 de julio de 2012

El juego lo llenaba todo

 
Foto aportada por Kiko García en la página “Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas”. En ella aparece su padre, Francisco García Zazo, labrando una tierra que lindaba con la fábrica Olivera, a mediados de los 50.

En mi casa nunca nos compraban juguetes. Pero hay pocas necesidades tan perentorias como las que tiene un niño de jugar. Como el juego daba sentido a mi vida, puedo asegurar que aquella desventaja familiar no impidió que jugara con perseverancia todos los días de mi niñez. Era una propensión que me acompañaba siempre dispuesta a concretarse en cada momento de libertad que surgía. Y fueron los juegos, la necesidad de poseer juguetes para jugar a muchos de ellos, los que estimularon mi ingenio para fabricarlos.
     Los materiales eran siempre los mismos. Recurría al cartón de las cajas de zapatos que se apilaban sobre el armario de la sala. Requisaba las tablas de alguna caja desportillada, arrumbada cerca de las fruterías o de la puerta de alguna de las pescaderías de las plazas. Me subía al negrillo de la explanada de San Luis y a los chopos del Reguero, y de las ramas desgajaba sus varas domeñables. El papel del viejo cuaderno, el de algún programa de cine, o el grisáceo de estraza con el que la señora Paz envolvía la compra de mi madre en la tienda de ultramarinos sirvieron con frecuencia a mis propósitos. También, el barro rojizo que el sol del invierno reblandecía apenas en la cuesta ascendente hacia el Asilo.
     Como otros niños, construí barquitos de papel encorsetados en un puñado de dobleces. Tallé  canoas con la corteza de los pinos de la fábrica Olivera, ayudado por una navaja oxidada y la lima que encontré en la caja de herramientas de mi padre. Los eché a navegar con las generosas lluvias de abril y con los chaparrones tormentosos del verano. Pegadas al bordillo de la acera corrían las aguas, que la ilusión volvía procelosas, y contemplaba orgulloso como arrastraban aquellas naves desde mi puerta, hasta que confluían con el torrente que bajaba por la calle Medina.
     Pude esgrimir mi espada de madera y así emular al Cid Campeador en tierra de moros. Cuánto me enardecían las hazañas del Capitán Trueno, del Guerrero del Antifaz, o del Jabato que poblaban los tebeos que con tanta fruición leía en la tienda de Sinforoso. También, el arco y las flechas. Todos mis amigos confeccionaron sus arcos. Los que más interesaban lanzaban venablos metálicos: las varillas afiladas de un viejo paraguas. Cualquier puerta podía convertirse entonces en el blanco de nuestros dardos. La diana que pintaba el yeso sobre la madera aguantaba estoica nuestras acometidas. Aunque, tuvimos que huir a menudo, mientras nos  perseguían las imprecaciones que bramaban las casas damnificadas.
    Las cajas de zapatos se convirtieron en carruajes del viejo oeste, de los que tiraban siempre caballos planos que yo tenía que espatarrar para sostenerlos en pie. Actuaron de diligencias entoldadas, que cambiaban de tiro en cada posta, mientras las emperifolladas damas que venían de viaje desentumecían sus pies. Fueron carromatos en los que montaron colonos en su búsqueda esperanzada de nuevas tierras. De estas carretas bajaron también los soldados del séptimo de caballería para enfrentarse a los pieles rojas. Así me marcaban las aventuras de Rin-Tin-Tín, que cada domingo me convocaban delante del televisor del Círculo Mercantil.
     En fin, fui mañoso para doblegar en uno de sus extremos aquel alambre tan duro y lograr la horquilla que guiaría el aro con el que correteé sin cansancio. Al sol se secaron las figuritas de barro cuando se acercaba la Nochebuena, y con ellas compuse un belén deforme de pastores, camellos y reyes magos, sin advertir mis manos engarabitadas por el frío. Pero, sobre todos los juguetes,  me acuerdo de dos que me fabriqué en estaciones distintas, con materiales muy diferentes, y que me colmaron de manera exclusiva durante un tiempo.

     A todos los chicos nos atraían las labores agrícolas. La labranza ocupaba a muchos hombres en aquella época. El trasiego de carros y animales de tiro me fascinaba. En cualquier estación podía contemplar la marcha calma de una yunta de mulas con los atavíos para la arada, la recolección, la trilla, el acarreo de la paja. En el aire descubría siempre atisbos de tierra o de espigas agostadas. Mientras jugábamos en las afueras del pueblo, el labrador, inmerso en su tarea, aparecía clavado en el paisaje, tan llano y tan nuestro, de colores que mudaban con los meses. Cuando la tarde caía, formaba parte de nuestra cotidianidad el regreso a los corrales de las mulas, de los carros y del mozo atezado del sol y de la intemperie, deslomado tras la dura jornada. Estas escenas, tan repetidas, activaban mi imaginación y me invitaban al juego de las manualidades para reproducirlas. En especial, con el verano.
     Aquellas mañanas de estío buscaba la puerta de la señora Carmela. La sombra pegada a la acera retenía hasta las doce una pizca del frescor de la madrugada. Ese lado de la calle Isabel la Católica desembocaba en la de San Luis, casi frente a mi casa. Aún me parece ver la esquina descansar sobre una piedra de granito, algo inclinada, que sobresalía un palmo de la pared y a la que todos los chicos del barrio nos subíamos para intentar acrobacias imposibles. En la acera umbrosa me dediqué a construir mulas, arreos, carros, aperos de labranza. De mis días de espigueo procedía la caña en que se había convertido una planta muy vistosa que abundaba en los márgenes de los caminos a los rastrojos: la tapsia. En el mes de julio había mudado por completo su verde porte y su preciosa umbela de oro en un grueso tallo endurecido y en unas flores tostadas. Troceaba poco a poco esa planta, que desprendía un inconfundible olor dulzón, y, al juntar los pedacitos, iban recreándose avíos y acémilas, familiares en las estampas agrícolas. De aquellos ratos, pervive también la compañía de mi hermano Ignacio, siempre  a mi vera, y en sus ojos creo advertir todavía un reflejo de admiración y cariño.
    
     En el Centro de Acción Católica de la calle Nuestra Señora descubrí el juego del ajedrez. La diversidad de las piezas y la complejidad de sus movimientos me sedujeron enseguida. Me aficioné tanto, que las horas que el Centro me ofrecía para practicar mi nueva pasión me parecían escasas. Más, en las ocasiones en que encontraba el ajedrez ocupado. Así fue como decidí fabricar uno propio. Las cajas de zapatos nos proporcionaban a los niños de los años cincuenta muchas posibilidades creativas. Y, en aquella ocasión, yo recurrí a una que custodiaba mis canicas y mis chapas entre temporadas. Aquel arrebato ajedrecista la transformó en un flamante tablero de escaques grises y negros, que se plegaba por los laterales. De la tapa pude obtener todavía los treinta y dos trebejos del juego. Construir tantos peones, torres y caballos que se desplazasen enhiestos me resultaba una quimera, Resolví entonces dibujar sus siluetas sobre unas fichas planas, de tamaños acordes a su importancia.
     Fueron un montón de partidas las que llenaron los días de ese invierno. Como en otras ocasiones, Ignacio compartió conmigo aquel ajedrez artesano. Los encuentros se sucedían con el acicate de la revancha, pues la derrota deja siempre un sabor amargo, difícil de digerir. También, en los niños. Y, como  la rivalidad era grande, el desquite se convertía en una obligación tensa. A la euforia del principio les siguieron partidas de movimientos vertiginosos e irreflexivos, que propiciaron rápidas victorias y tensas frustraciones, que habría de aburrirnos, de cansarnos. De este modo surgieron las desavenencias. A la par crecía la luz tibia que traía la primavera. Y menguaron las satisfacciones de unas batallas cada vez más esporádicas.

     He olvidado qué fue del tablero y de las fichas de cartón. Afirmo, sin embargo, que un nuevo entretenimiento, otros juguetes ocuparon de inmediato su lugar. Pues, mi vida de entonces era jugar y el juego lo llenaba todo.

jueves, 7 de junio de 2012

Don Luis y el último año en la escuela

 
Don Luis Villoldo era ya el director de la escuela graduada de niños Miguel de Unamuno. Estrenó el cargo que dejó vacante la jubilación de don José Santos aquel año o, quizás, el anterior. Acompañaba el título a mi nuevo maestro como un aura que nunca percibí en don Valentín, en don Cándido, en don Hermógenes, ni en ningún otro de los maestros de entonces. Con don Luis pasé mi postrer curso escolar en un aula amplia y clara, llena de la alegría que le regalaban a raudales las elevadas ventanas del mediodía. A ellas daba la fila de pupitres entre los que se encontraba los que yo ocupé, muy cercanos siempre a la mesa del maestro, que imaginaba inexpugnable, subida a una tarima. A través de aquellos cristales, de la luz que los atravesaba, aprendí el tiempo de clase transcurrido, lo que faltaba para el recreo y las salidas; y la profundidad de los rayos del sol fueron enseñándome el ritmo de las estaciones con mágicas marcas amarillas, con sus distancias mudables, en el suelo de madera.
     De lo que aprendí ese curso ya no me acuerdo, pero debió ser mucho porque me permitió nuevos aprendizajes. Sé cuánto me podía la curiosidad por lo que guardaba la enciclopedia; sobre todo sus historias y dibujos, la música de los versos y las moralejas de las fábulas. Mi fantasía me traía y me llevaba entre las páginas de los libros que encontré en el aula de don Luis, ganándome ya siempre para la lectura. Muchas enseñanzas que encontré en ellos, los rótulos de algunas lecciones y las estampas que las ilustraban me han visitado a menudo coloreadas de melancolía. Las tareas escolares de entonces las tomé más como desafío que como obligación. El deber y el esfuerzo que me exigían me estimulaban del mismo modo que las reglas, a veces tan estrictas, de los juegos infantiles que llenaban mis horas de asueto. Detrás de las dificultades que vencía y de los retos que superaba, venían engarzados los halagos del maestro, la admiración de los compañeros, la  satisfacción de mis padres y la confianza en mí mismo. Junto a estas sensaciones, de la película del que fue mi último año en la escuela, perviven nítidas otras escenas que me hacen añorar una época irrepetible.

     Como el cargo lo reclamara en su despacho, el director dejó la clase al albur de nuestras ocurrencias. Así fue que aquella mañana, el aula, huérfana del maestro, se convirtió de repente en una batalla campal. Las tizas iban y venían por el aire dejando impactos de yeso contra las mesas, los cristales y el encerado. Notaba como me exaltaba su continuo golpeteo que se iba embrollando con las carreras, con los saltos por encima de los pupitres que hacían tabletear los asientos, y con nuestros gritos. De pronto la puerta se abrió y apareció un don Luis ensimismado. Tan dentro de sus pensamientos venía, que pareció no advertir la neblina que difuminaba el aula en un millón de partículas ingrávidas. En la clase se había hecho un silencio que duraría ya lo que restaba de la mañana. Todavía un buen rato después, descubría en los rostros de mis compañeros como el temor al castigo merecido  transitaba hacia la incredulidad, desconcertados por la actitud lánguida del maestro. Mientras, el polvillo iba posándose con mansedumbre hasta que se recompuso el aire de todos los días. Y sólo quedó en el  ambiente nuestro resquemor por el comportamiento irresponsable, mucho más edificante que el natural correctivo.

     De las mañanas, me acuerdo de aquellas en las que don Luis me mandaba al cuarto donde unas mujeres preparaban la leche que se habría de repartir durante el recreo. Estaba en la planta baja, al comienzo del alargado pasillo, entre la clase de don Valentín y el despacho del director. Contra las paredes del cuarto se apilaban grandes sacos de leche en polvo. Tres o cuatro chicos, en un continuo relevo, removíamos con decisión y una pala de madera el polvo blanco que se diluía en el agua caliente de un gigantesco barreño de cinc. Todo nuestro afán era evitar que se formasen grumos. Tanta agitación hacía que se formase una espuma blanquísima que acababa dando vueltas y vueltas como un barco atrapado por un remolino. Pero me recordaba mucho más al merengue que sobresalía de ciertos dulces que tanto me llamaban desde el escaparate de la pastelería Gil.
     La imagen cremosa me acompañaba al recreo. Cuando esperaba mi turno en la larga fila del reparto, pedía a las señoras, como tantos otros chicos, que llenaran mi vaso de plástico de aquella espuma casi etérea,  engañado por lo que yo creía una golosina. Y al ver los berretes de nieve que se dibujaban en los demás, me reía relamiendo mis bigotes, sin querer aceptar cuán insustancial era su  contenido. Guardaba después el vaso en la bolsita de tela que había confeccionado mi madre y la colgaba, fruncida por el cordón, de uno de los tirantes de mi pantalón. De ese modo desaprovechaba el complemento nutritivo mañanero. Tampoco me beneficié del de la tarde: un trocito de queso amarillo, blando, que se me pegaba al paladar. El olor, su sabor, tan diferentes al queso que yo conocía, me disgustaban. Así que,  lo guardaba y ya en casa mi madre me lo cambiaba por la naranja, por el acostumbrado trozo de pan con la onza de chocolate de las meriendas.

     Al poco de llegar a aquella clase cambié el lapicero por la pluma. La caligrafía y la limpieza que adornaban los renglones de mi cuaderno debieron favorecer el dictamen de don Luis, siempre ponderado. Aquel mismo día compré la plumilla puntiaguda, un palillero de madera y un papel secante Pelikan, con unos narigudos enanitos entre los árboles de un bosque, en la librería Coll. Ya nunca faltó la tinta en el tintero de mi pupitre. He de recordar siempre la ilusión que me produjeron los rasgos temblorosos de las primeras letras que salían húmedas de la punta de mi plumilla y cómo iban secándose mientras se destacaban con determinación sobre el papel blanco. Y también, que hube de usar el secante con la misma frecuencia con que los borrones enturbiaron la escritura.  El goterón me recriminaba la carga excesiva de tinta en la exigua punta de la plumilla.  Pronto me complacieron los desiguales grosores de los trazos de cada letra que salían de mi pluma. Aprendí a dibujarlos con presiones  e inclinaciones diferentes del palillero sobre el papel.
     Mi ilusión llevó a ejercitarme en casa con tintas de un manojo de colores. Los frascos de estreptomicina y penicilina, con sus tapones de goma, que habían ido a parar a la caja de nuestros juegos se transformaron en tinteros. En cada uno diluí una pastilla de tinta de las que vendía la librería. Con estos colores embadurné de dibujos y letras un cuaderno artesanal, compuesto de un montón de programas de mano de las sesiones de cine, y que la lezna de mi padre me ayudó a coser por un lateral. La destreza que alcancé con la pluma se reflejó de inmediato en mis tareas escolares. El premio llegó cuando concluía noviembre y don Luis prefirió mi letra para copiar la efeméride de José Antonio Primo de Rivera. El maestro reservaba un cuaderno apaisado, empastado en un oscuro cartón grueso, para que los alumnos depositaran sus habilidades: los rótulos de unos; los dibujos de otros; los más, su escritura esmerada. Y en aquel cuaderno, como un tesoro, quedó guardada para siempre mi caligrafía al lado de los nombres de los elegidos.
  
     Las incesantes zambullidas de las plumillas en los tinteros, y los proverbiales ajetreos y descuidos infantiles habían ido salpicando poco a poco los tableros de lamparones de tinta. Y entre ellos, aparecieron también desperdigados algunos nombres y los motes más conocidos, que embadurnaron por completo la sobada madera. Una mañana don Luis cayó en la cuenta de aquel desastre. Y sobre nuestras cabezas se abatió la culpa de la suciedad que habían acumulado los años: debíamos recuperar el lustre original de nuestros pupitres. Durante dos días olvidamos la enciclopedia y los quebrados, que a mí se me estaban atragantando, y la clase se transformó en un taller de restauración de muebles. Raspamos el tablero del pupitre que ocupábamos con los trocitos de cristal que mi compañero había encontrado en una escombrera. Nuestra brega, que duró una mañana y una tarde, fue para que la madera recobrara la claridad que estaban consiguiendo las mesas de nuestros vecinos. El segundo día bruñimos el pupitre con una pastilla de cera, hasta que se volvió de un amarillo verdoso. Así, la clase fue rejuveneciéndose a medida que en los tableros asomaban, nítidas, las vetas más oscuras. Y hoy me parece oler todavía los aromas a viruta y a cera que durante mucho tiempo vagarían entre las filas de las mesas, y que me  llevaba a casa prendidos en mis ropas y en mi piel.
    
     Las tardes de los sábados se llenaban de parábolas y catecismo. Desde la tribuna del maestro bajaba el evangelio que habría de leer el cura el domingo, en la misa de diez.  Para las lecturas don Luis se quitaba sus gafas oscuras, como si las lentes le impidiesen escrutar las vidas que los libros guardaban. Una costumbre que me desconcertaba siempre, pues no comprendía para qué podían servirle entonces las gafas.  Me gustaba el relato que ponía de ejemplo al samaritano bondadoso y reprobaba a dos sacerdotes judíos por su indiferencia hacia un desamparado. O aquellos, donde los pocos peces y panes de un chico servían milagrosamente para alimentar a una muchedumbre; o el agua de unas tinajas que se convertía en el mejor vino para alegrar a los convidados de una boda, porque María, preocupada, se lo pidió a Jesús. Y como las narraciones venían de los mismos lugares de la Historia Sagrada, mi imaginación vestía a los personajes con las túnicas y los turbantes de las figuritas de un Belén.
     El sábado concluía con una competición. Traigo este recuerdo porque el juego colmó mi orgullo y mi plumier de lapiceros de punta afilada y olor a carboncillo.  Y es que el premio era siempre un lápiz de brillante madera amarilla. Sobre la tarima, a la izquierda de la mesa de don Luis, me coloqué muchas tardes junto a otros compañeros. El maestro nos asaetaba con las preguntas del catecismo, que habíamos de contestar con rapidez, pues la duda permitía un turno extra al compañero de al lado. Ese año de mi primera comunión, rebosante de catecismo, que me robó tantos ratos de juegos con los amigos, recogió sus frutos. Apenas se formulaba la interrogación, brotaba ya de mis labios, infalible, la respuesta aprendida. Y logré la admiración de don Luis, apenas oculta tras sus lentes ahumadas, que se tradujo en una sarta de dieces que calificaron la asignatura de Religión, los únicos que visitaron mi cartilla escolar.

     La rutina de las tardes se rompió una sola vez, cuando dos antiguos alumnos nos visitaron un Viernes de Dolores. Los jóvenes universitarios sonreían con nostálgica mientras don Luis, emocionado, recordaba los pupitres en donde recibieron sus lecciones y cuánto las aprovecharon. De inmediato acerté a ver las consecuencias. Aquella tarde recibí la lección más trascendental de mi último año en la escuela: supe ya para siempre en qué dirección deseaba que marchase mi vida.

lunes, 14 de mayo de 2012

Mi primera comunión

 
Comenzaré diciendo que tomé mi primera comunión a los nueve años. Envidié a mis amigos, a mis compañeros,  cuando vistieron las galas para su celebración el año anterior, y, como las lágrimas de consternación que vertí debieron ser poco convincentes, hube de conformarme con la espera de la llegada de una nueva primavera. Lo decidieron mis padres. Si me explicaron los motivos de este aplazamiento, ya no me acuerdo. Las dos razones que me han perseguido siempre son meras conjeturas: o que mi uso de razón fuera aún escaso a los ocho años, o que lo que escaseara fueran los dineros necesarios para la ocasión. Esta segunda hipótesis podría sostenerse si los problemas económicos no hubiesen sido endémicos en mi familia; a buen seguro persistirían el año siguiente y los venideros.
     A mí me llegó el turno ese año. Aquellas tardes escuchaba a Juanito Valderrama cantar a su hija vestida de comunión. Comenzaban a florecer los campos tras las lluvias de abril y era el disco dedicado que más repetía la radio. La calle se llenaba de gorgoritos y toques de campanas y yo me imaginaba una niña de cara regordeta, acicalada con azucenas y jazmines, las manos juntas sobre el pecho, camino de la iglesia, mientras sus padres la miraban embelesados. En los escaparates de los Pelos Grifos, Muro y Gregorio Martín, bajo los soportales de la Plaza, unos trajes de cuentos de hadas nos vendían ilusiones a los niños y las niñas que habríamos de tomar nuestra primera comunión.
    La preparación para tomar mi primera comunión convirtió las tardes en una retahíla de obligaciones y alguna que otra privación. La rutina, que me divertía apenas salía de la escuela Miguel de Unamuno, se rompió durante los dos primeros meses luminosos de primavera. Menguaron los planes con los amigos desde las cinco a las siete. Mis padres me vigilaron, pues consideraban trascendental el acontecimiento religioso que iba a protagonizar. A veces me olvidaba, tanto me gustaba jugar al fútbol. La merienda podía esperar un rato y pronto señalábamos las porterías con nuestras carteras en la calle que formaba la hilera de talleres con los muros de los almacenes de los Pucheritos. Hacía poco que corríamos tras el balón, y asomaba mi padre por la esquina de la carretera de Madrid con sus grandes botas de goma, que le llegaban a las rodillas y su inseparable boina negra, salpicada de yeso, ladeada. Me miraba con los ojos casi cerrados, el cigarrillo en la comisura de los labios, el bigote inmóvil como un contrapeso de las cejas interrogadoras. No había más. De inmediato recogía la cartera y, presuroso, me marchaba a casa, dejando tras de mí los regates y los goles imposibles de cada una de esas tardes.
     Sobre la mesa camilla de la salita, que hacía también de comedor, estudiaba el catecismo de segundo grado. Era un compendio de lo que yo debía conocer si quería ser buen cristiano. Es antes la obligación que la devoción, me decían en casa para justificar la prioridad del catecismo. Aunque yo no sabía distinguir entonces por qué el catecismo era más obligación que devoción. El caso es que mi padre me exigía las respuestas correctas a las preguntas que llenaban aquel librito de pastas rojas, del que me complacía la ilustración sencilla de la portada: a orillas del lago Tiberiades, un montón de galileos atendían las palabras que Jesús  les dirigía subido a una barca de pescadores.
     Cuando la fecha se aproximaba, don Agustín cogió las riendas de los preparativos para la primera comunión. Fue una tanda de tardes las que acudí a la parroquia para aprender a ser digno del sacramento de la Eucaristía. Me maravillaba siempre la penumbra silenciosa del templo, apenas rota por los listones de luz polvorienta que enviaban los cristales de poniente, la claraboya de la cúpula y la temblona lamparilla del altar mayor. La mayoría de las sesiones discurrieron en el habitáculo mágico que se enfrentaba al presbiterio por el largo pasillo de la nave central de la iglesia: el coro. A esas horas, un haz de rayos vaporosos reverberaba en los sitiales de madera maciza, que una pátina de manos y años había oscurecido. Protegidos por las verjas de la estancia y medio ocultos entre los altos apoyabrazos de los tronos que recorrían el coro, seguíamos atentos las palabras del orondo cura. Repetíamos las oraciones recién aprendidas, repasábamos las virtudes teologales, los mandamientos de la ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia, los pecados capitales y las bienaventuranzas. Con él aprendimos a confesarnos, mientras enumeraba pecadillos infantiles, y a comulgar. Y todavía me parece escuchar nuestras voces cantarinas que resonaban en aquel templo desierto, que olía a cirios apagados y al incienso de novenas y días de fiesta.
   A los pámpanos de las acacias y los negrillos los habían sustituidos tersas hojas verdes a mediados de mayo. Llegó la tarde del postrer sábado y esperé nervioso mi turno delante del confesionario que ocupaba el lugar más cercano a la entrada en la iglesia de San Miguel. Mientras recordaba mis pecados, algunas mujeres se movían junto a la escalera del altar mayor.  Vestían los primeros bancos con la inmaculada blancura de unas sábanas, que por momentos veía salpicarse de los tonos de las rosas tempranas. Apenas me llegaban sus cuchicheos, como si temiesen romper nuestro recogimiento. Me acerqué al confesionario. Apoyado en la puerta, acerqué mi cabeza  a la de don Agustín para contarle mis culpas. Me olvidé del Ave María Purísima y, en un murmullo apenas inaudible, le solté, congestionado por la vergüenza, mi primer pecado, que a mí me parecía el más grave. Si el sacerdote se enteró, jamás lo supe. El resto de la confesión se adaptó al ritmo sosegado de los ensayos, mientras daba cuenta de mis mentiras, mis peleas, las veces que había desobedecido a mis padres y enumeraba mis pequeños hurtos.
     Con la penitencia cumplida, sentí la ligereza del que se ha deshecho de un fardo pesado. Desde que había aprendido las consecuencias eternas de acarrear con los pecados no descansaba, tanto miedo me daba el infierno. Ese sosiego transmutó en una retahíla de dudas apenas me vi en la calle. Cualquier cosa que decía o hacía me presionaba el alma, y me interrogaba escrupulosamente si no habría incurrido en alguno de los pecados de las lecciones del catecismo. Necesité asegurarme de que cada acción representaba un pecado cierto. Y, entonces, mentí consciente de mi mentira al primer conocido que encontré para evitar la incertidumbre. Y le di una patada sin ton ni son a un crío, para poder acusarme de una agresión verdadera. Con la seguridad de estos dos pecados volví al confesionario, a una hora escasa de la primera confesión. Al acusarme de la mentira  o de la agresión seguras, creí que incluía todas, lo fueran o no. Estas dudas me asaltaron durante un tiempo. Para que me dejaran tranquilo, habría de recurrir cada sábado a la comisión de nimios pecados en un tiempo record, a sabiendas de que los cometía. Así de maltrecha habían dejado a mi conciencia infantil las tardes de doctrina  y catecismo.
     La mañana del domingo me vestí de comunión. He de decir cuánto me molestó aquel traje, hecho a medida, de un paño y una hechura diferentes a los que la mayoría de los niños lucieron para la ceremonia. En la iglesia me sentí como el patito feo del que todos murmuran las diferencias. Mi traje era más gris, si fuera posible, rodeado de los uniformes de marinerito de mis vecinos, en los que predominaba el blanco satinado y algunas chaquetas azul marino, donde brillaban botones, charreteras, graduaciones, anclas y cordones dorados. A su lado mi traje no parecía de comunión. Si acaso, para estrenar en las ferias o el domingo de Ramos. Y esta contrariedad ha permanecido en mi memoria más imperecedera que la emoción  que, sin duda, sentí al recibir mi primera Eucaristía de manos de don Pablo, nuestro párroco. Así lo recuerdo. También, que pronto comprendí la intención de mis padres: el traje de comunión se convirtió en mi ropa de fiesta. Y de nuevo fui distinto, pues mientras los demás uniformes se apolillaban, domingo tras domingo, en las perchas de los armarios, yo lucía cada vez más contento el mío, convencido del acierto de mis progenitores.
     Terminó la misa y me llevaron a la Huerta de don Agustín. En la misma dirección caminaban otros chicos escoltados por endomingados padres. Con la cruz sobre el pecho, todavía enguantados de blanco, con el librito y el rosario nacarados en las manos, acabamos todos alrededor de los veladores que se repartían por la pista frente al edificio de la Pollera. Era una explanada grande y de tierra en la que había jugado tantas veces y que aquella mañana aparecía dorada de un sol tibio de mayo. El sacerdote formidable, siempre pendiente de los que más carecíamos, nos regaló allí un trozo de su corazón inmenso, porque sabía cuán golosos éramos los niños; aún más, si cabe, los desfavorecidos. Sobre las mesas esperaban platos repletos de redondas galletas y rebanadas del pan del día. Al poco, las mojábamos entre risas en los humeantes tazones de chocolate. Cuantas veces me volví, relamiéndome, me encontré la sonrisa de mi padre y la mirada complacida de mi madre, en la que yo atisbaba un leve mohín de preocupación, a duras penas disimulado, por mi traje recién estrenado. Qué rico me supo aquel desayuno. Hacía catorce largas horas que no había probado más bocado que la sagrada forma, que si me alimentó el alma, no pudo con los rugidos de mi estómago. Pronto, me olvidé de la seriedad de la celebración de la mañana, y la sustituí por el dulzor de aquel suculento convite. Tampoco eché de menos al puñado de compañeros de comunión a los que les aguardaba, a buen seguro, un refrigerio más variado en un lugar exclusivo. 
     Del día de mi comunión recuerdo poco más. Tal vez que, al llegar a casa, mudé el traje nuevo por los habituales pantalones cortos de los domingos. Que después de comer me eché a la calle para gastar la tanda festiva en los puestos de la Plaza. Y que, aquella tarde, mientras jugaba despreocupado ya de las emociones de la mañana, me topé todavía con chicos y chicas que, acompañados de sus madres, deambulaban con cara de hastío de casa en casa intercambiando recordatorios por halagos, besos y algunas perrillas. Algunos vi cojear, lastimados los pies por unos zapatos  todavía brillantes y sin doblegar.

martes, 17 de abril de 2012

Mi calle, mis amigos

 
Los recuerdos de la niñez son los de mi calle. Regresan siempre con las voces y los nombres de mis amigos de San Luis. Aquellos días estaban llenos de su presencia, de su contacto. Por la noche, cuando me recogía en casa, las carreras, los gritos, las peleas, las cuitas y el trasiego sin fin me acompañaban persistentes, y puedo decir que poblaron muchas de mis pesadillas. Hoy se presentan anárquicamente y me cuesta ordenarlos en el tiempo. Desisto. Los contemplo como llegan y así disfruto al revivirlos.

     Fue una mañana. Pablito tenía cuatro o cinco años cuando un coche lo atropelló frente a las tapias del asilo. Poco tardaron en trasladarlo al hospital que era también aquella institución. Yo no fui testigo del accidente. Pero me conmoví con toda la calle porque quería a ese niño que era amigo de mi hermano Nacho. Y, como otros chicos del barrio, peregriné hasta las puertas del asilo en busca de una noticia de esperanza, tan adversos presagios hicieron todos de su estado. Pronto el grito desgarrado de la madre me encogió el corazón y lo abrumó con su pena.
     Del entierro me acuerdo de la blanca cajita que guardaría para siempre la cara de aquel niño que tanto vi sonreír. El barrio entero la llevó sobre los hombros y a mí me pareció una paloma que emprendía el vuelo hasta el cielo. Como yo tenía un hermano, me dolía la tristeza de Pedro, mi amigo, porque se había marchado para siempre el suyo. Y a la mañana siguiente acomodé mi regalo al de los otros niños para endulzar su dolor. Rebusqué entre los exiguos juguetes que guardaba en una caja de cartón y elegí el indio de goma que había comprado hacía poco en el puesto de la Candonga. Se lo dejé en las manos mientras perseguía que se animaran sus ojos. Pedro había perdido a su hermanito, pero, tal vez, un ramillete de amigos le sirviera de consuelo.

     Satur vivía al final de la calle. Su domicilio casi se asomaba a la explanada de San Luis. Era un chico anodino, apenas contaba en nuestros juegos. No recuerdo que destacara en nada. Ni siquiera le hacían simpático las ocurrencias a las que él acudía para llamarnos la atención. Sólo le volvían un poco tontaina, de tan cargante. Hasta la tarde en que lo vimos como se revolcaba sobre el enlosado del Centro de Acción Católica. El cuerpo rebrincaba entre grandes espasmos, en medio de una pataleta. Si era una de sus bromas, me parecía excesiva, pues me asustaban sus ojos vueltos, como si mirasen para adentro. Pero aquello duraba demasiado y de las comisuras de su boca brotaba la saliva blancuzca de los poseídos por el demonio. Al cabo de un rato, el cuerpo de Satur se tranquilizó. Al despertar nos miraba a unos y a otros con los ojos del que no sabe lo que le ha sucedido. El silencio llenaba la sala de los futbolines.
     Desde aquel día lo vimos de otro modo. Durante una temporada fue el protagonista de muchos episodios como el de la primera vez que tanto me asustó. Sucedían en cualquier momento: mientras corríamos a cortar la cadeneta; cuando la caída de la tarde nos sorprendía de cháchara frente al portalón de la iglesia de San Luis; si perdía un canicón de acero jugando al gua. Poco a poco me acostumbré, como los demás, a sus ataques epilépticos. Le observábamos presintiendo uno más en cualquier momento. Y, lo mismo que los otros, quise ayudarle en aquellos trances. Aprendí a acompañarle, a vigilarle, a socorrerle. Le girábamos de costado para que no se tragara los espumarajos; alguno le metía un pañuelo en la boca para evitar que se mordiera la lengua; y los más sujetaban todo su cuerpo, no fuera a golpearse contra el suelo. Los patatuses se repitieron tanto, que se volvieron una pieza más de nuestra rutina de la calle. A los pocos días, Satur nos sonreía a la salida de sus crisis contento de vernos a todos a su alrededor. Se había convertido por fin en el centro de nuestro interés. Y con los ataques llegó el reconocimiento definitivo del chico como uno de los nuestros.

     Perico era diferente. A Pedro Sáez le llamábamos Perico. Su casa estaba al lado de la de su primo Satur. Los monos azules que vestían sus padres guardaban siempre el polvillo y las virutas de los carpinteros. Perico tenía mi edad. Las pecas se desparramaban generosas desde el puente de la nariz a las mejillas, y, si se reía, aparentaba una picardía de la que en realidad carecía. Compartí su amistad junto con otros chicos del barrio y todos formamos parte del los días de nuestra pandilla. Le recuerdo en mis juegos en la calle, en las idas y venidas escolares. Compañero fiel de las tardes de fútbol sobre la indestructible hierba de la era del Reguero. Me agradaba su sencillez, su discreta amistad que parecía eterna de tan natural.
     Perico nos anunció, mientras mordisqueaba una onza de chocolate, que su familia se mudaba de San Luis. Lo dijo con la desazón que produce un veredicto terminante. Todavía noto cómo la noticia me oprimió el estómago. A mi mente infantil, hecha de apegos,  le costaba comprender tamaño infortunio. Me sublevaba lo que consideraba entonces una deslealtad, menosprecio de la calle, una burla a los ratos compartidos. Acaso mi enfado ocultaba también el temor a perder un amigo. Aunque seguiría viviendo en Peñaranda, la situación dejaría de ser la misma. Como así sucedió. La calle, el sentido de pertenencia a la calle San Luis, era el elemento que nos identificaba frente al resto de los barrios del pueblo. Y eso determinaba nuestras vidas de niños.

     La calle era la bandera que enarbolábamos en las peleas entre barrios. Los retos se decidían en los recreos o cuando terminaban las clases; los combates, en las eras, en las afueras del pueblo. La mayoría de los enfrentamientos los resolvimos en interminables partidos de fútbol. Todavía siento el desasosiego que me acompañaba en los días previos al encuentro. Mi participación dependía de las alineaciones que se sucedían sobre una hoja de rayas, arrancada  de aquel cuaderno de tapas azules cargadas de tablas de multiplicar. Sobre el dibujo que semejaba un campo de fútbol leía los nombres garabateados de los cinco delanteros, los dos medios, los tres defensas y el portero en un esquema siempre ofensivo. En ciertas posiciones figuraban dos nombres, pues la titularidad del puesto resultaba una quimera para los jugadores mediocres hasta un rato antes del encuentro. A veces encontré el mío en esa disyuntiva.
     Algunas disputas se solventaron por la fuerza de los cantos. Las pedreas las celebrábamos a la salida de la escuela. No había modo de esperar. Aunque las originaban las discusiones y las riñas entre dos chicos de calles diferentes, acababan por concernirnos a todos los vecinos. Y había que dirimirlas en una batalla campal. Yo participé en pocas, pues fui herido en la primera que recuerdo. Fue en la Charca del Reguero. Aquel jueves ni siquiera me dio tiempo a llevar la cartera a casa. San Luis se posicionó entre la tapia de la fábrica Olivera, la trinchera del reguerillo y el muro de la charca; el enemigo nos disparaba desde la era, ocupando un emplazamiento más elevado. Las piedras volaban y se confundían con los aleteos satinados de los vencejos que abrevaban veloces en el agua estancada. Manolillo Molina y yo nos resguardábamos detrás de la caseta asentada sobre el murete de la charca, y nos pegábamos a la hojalata carcomida de herrumbre de una ventana ciega. No recuerdo haber tirado una piedra tan acobardado estaba a mis siete años. Pero la curiosidad pudo más que el miedo y asomé la cabeza por un esquinazo.
     Vi venir la piedra que pareció hipnotizarme y el impacto llegó cargado de estrellas. Pero no me acuerdo del dolor, ya que perdí el sentido. Me despertaron los brincos que daba Molina sobre mí y sus chillidos: ¡Mi ojo! ¡Mi ojo! Que no era el suyo, pues quien tenía la cuenca derecha del rostro rebosante de sangre era yo. Demostraba así mi amigo su empatía, quejándose de mi dolor y de los estragos que adivinaba en mi ojo. Como un herido de guerra me retiraron del campo de batalla hacia el Reguero. De pronto me aturdieron los gritos de una mujer que corría hacia mí entre muchos aspavientos, tan lastimoso debía parecerle mi aspecto. La conocía porque estaba casada con Quiqui, el conserje del Círculo Mercantil. Olvidó su colada. Me tomó en brazos con una energía que escondía en su estatura menuda, y, durante todo el recorrido hasta San Luis, todavía le sobraron fuerzas para maldecir a voces, mil veces, al que lanzó la piedra fatídica y también a la madre que lo parió. Mientras, con mi cartera y correteando como un perro faldero, venía Manolillo asustado, no sé si más por el genio de la buena señora o por la brecha abierta debajo de mi ojo. Se empeñó en acompañarnos a mi madre y a mí hasta la consulta que el médico tenía frente a la fuente de los cuatro caños. Y presumió del parche, que me convirtió en pirata un puñado de días, como de un trofeo que hubiésemos ganado heroicamente los dos.

    Pedro, Satur, Perico Sáez, Manolillo Molina… En la calle San Luis, mi calle, Sebas, Orduña, Berna, Maxi Ávila, Marcelino, Manolo Madrid y Angelete Ferri fueron asimismo mis amigos. Junto a ellos y en muchas otras historias se construyó también mi infancia.
   

miércoles, 14 de marzo de 2012

Monaguillo en el asilo



A la memoria de Paco, 
el mayor de mis hermanos,
que inició la senda  que 
 habríamos de seguir todos 
de esfuerzo y responsabilidad
en un tiempo de escasez y de dificultades.

Era un tiempo en el que la religión con su doctrina, sus ritos, sus ceremonias litúrgicas y las festividades del santoral lo impregnaban todo. El catecismo, el evangelio, la historia sagrada y la catequesis; el rosario, las novenas y las procesiones; los bautismos, las comuniones, las bodas y los entierros. Las misas. Eran como gotas que empaparon nuestra vida. ¿Qué niño de entonces no soñó alguna vez con ser monaguillo? Junto al sacerdote, con sus ropajes de actores en medio del escenario, participaban los monaguillos de la solemnidad de muchas de aquellas celebraciones. Los demás éramos meros espectadores, siempre a una respetuosa distancia. Y, como tantos otros, yo pude saborear las mieles de esta ocupación durante mis últimos años de infancia.
     A la sombra imponente de don Agustín y, también, a la más discreta de don José, el capellán de las carmelitas, aprendí a ayudar a misa de tanto como observé cómo se movían los monaguillos alrededor de los altares. Y, sólo en ocasiones me permitieron practicar el oficio, pues la competencia era mucha y yo, un recién llegado. Pero pronto aparecería mi gran ocasión. Fue aquel otoño en el que cumplí diez años, y a poco más de un tiro de piedra de mi casa. Por alguna razón que no recuerdo, ese domingo me atrajeron los tañidos alegres de la campana de la fachada del asilo que convocaban a misa de nueve. Y preferí esa llamada a las habituales de San Miguel para cumplir con el precepto dominical. Desde uno de los bancos de la pequeña capilla, sentí pena del anciano que, voluntarioso, seguía las indicaciones de don Antonio durante la celebración de la Eucaristía con movimientos torpes e inseguros. En aquella escena vislumbré la oportunidad de lograr mi sueño de entonces.
     Después de luchar con mi timidez durante el último tramo de la misa, al concluir ésta, con una determinación que me sorprendió, me acerqué a una monja y le pregunté si necesitaban un monaguillo. Detrás de ella, sin mediar palabra, recorrí un pasillo de grandes cristaleras que el sol de esa mañana inundaba con su tibieza otoñal. En la sacristía el cura se despojaba ya del alba con la ayuda de sor María. De inmediato me aceptaron. Al tiempo, mi nombre se transformó en boca de esta monja en un cariñoso y exclusivo Pepito, con el que durante cuatro años me conocerían todos los que moraban en aquella institución. Y así fue como empezó mi singladura de monaguillo en una capilla que llevaba un tiempo suspirando por Florique, mi antecesor. A este chico, miope y grandullón, lo conocía del Instituto y de verlo trajinar por la tienda que sus padres regentaban en la calle Empedrada, frente a la Travesía de Correos.
     De entonces conservo muchas imágenes rebosantes de la ternura y el aprecio con que me envolvían sor María, sor Ana, sor Cistina, sor Teresa, los viejecitos que sonreían al verme, la solícita demandadera Vicenta y, también, la señora Lucinda desde la portería que se adosaba a la tapia enrejada de la entrada. A diario acudí a la sacristía minutos antes de las ocho. Todavía me parece que me levanto presto a la llamada de mi padre. Me salpico con el agua, que he debido trasegar antes  desde el cántaro a una palangana de porcelana, que hace equilibrios en el pasillo sobre un soporte cojo y herrumbroso. Y, mientras me peino el flequillo, el minúsculo espejo incrustado en la pared junto a la puerta de la cocina me devuelve la imagen de un rostro aún somnoliento. Ya, por toda la calle, vienen rodando a mi encuentro los últimos toques de campana que me acompañarán por San Luis y la cuesta del asilo.
     Poco a poco, iban sucediéndose las estaciones en aquellas mañanas de mi niñez. En las madrugadas oscuras y frías de invierno, toda mi calle era puertas y postigos atrancados, para que no le despertase el eco de mis pasos apresurados, que sólo pretendían engañar a la helada y a las taimadas tinieblas. Qué alivio cuando, al comienzo de la primavera, me recibía un sol que se desperezaba en su remolón ascenso por encima de los negrillos de la carretera de Madrid. Cómo me alegraba la zapatiesta que armaban los vencejos madrugadores a mi paso, dándome los buenos días con sus  revoloteos y sus trinos en las mañanas estivales, que a esas horas ya presagiaban un sol de justicia para todo el barrio. Pero ni el madrugón, ni el frío, ni el calor, ni las horas que robé al sueño en la época de los exámenes lograron que desistiera de la cita de cada mañana. Tampoco aquella mañana gélida, de suelo deslizante y rebosante de caídas y fracturas, de la que tanto hablaron todos durante días. La que más mi madre, para repetir a las vecinas su extrañeza, que apenas disimulaba el orgullo, porque yo no hubiera sufrido percance alguno, tan oscura me encontrara todavía la calle a esas horas.
     Sobre una maciza cómoda de madera, repleta de alargados cajones, al lado del alba, el amito, la estola y la casulla que revestirían al capellán, me esperaban una tersa túnica roja y un roquete blanco que olía todavía a almidón. Sor María aparecía pronto y su cara eccematosa me envolvía con una acariciadora sonrisa de buenos días, complacida con mi puntual presencia. Más tarde llegaba don Antonio, adusto y poco comunicativo, que compaginaba por entonces sus labores de coadjutor de la iglesia parroquial con la capellanía de aquella institución de hermanas de la caridad que cuidaban de un montón de ancianos. Quizá por su carácter o porque al poco tiempo llegó un nuevo sacerdote para su puesto en el asilo, apenas me quedan recuerdos de él. Don Leandro era diferente: frágil de salud, amable en el trato, considerado con todos. Nunca he olvidado aquel sacerdote discreto. Se acercaba al altar con la cabeza ladeada, como si quisiera esconderla entre sus hombros, que se encogían con humildad abrumados por la carga de su ministerio, y ese gesto ya no le abandonaba durante toda la Eucaristía.
     Fueron tantas misas que pronto aprendí todo este oficio religioso en un latín que entonces no entendía: desde el Introibo ad altare Dei, al que respondíamos ad Deum qui laetificat juventutem meam; hasta el Ite,missa est, que ponía fin a la celebración con nuestro Deo gratias. Y entera la reproduje muchas veces en el rincón más umbrío del corral de mi casa en las mañanas calurosas del estío.  De un improvisado altar, al lado del ventanuco del cuarto donde dormía con mis hermanos, me convertía en un ministro sagrado. Me ayudaba como acólito mi hermano Ignacio, que me escuchaba maravillado musitar el Lavabo inter inocentes manus meas,  al tiempo que el agua resbalaba de mis dedos a la jofaina invisible que él portaba. Incluso, como sucediera en la capilla, creía escuchar el cantarín manojo de campanillas, mientras mantenía en alto la Hostia y recitaba Hoc est enim corpus meum, inclinada la cabeza, tanto admiraba al nuevo capellán.
     Atesoro muchos recuerdos de aquellas misas. Vuelan las notas que tecleaba sor Cristina en el armonio desde el fondo de la capilla, detrás de los últimos bancos de las viejecitas. También, la voz atiplada y temblona de la pizpireta Maruja, que las acompañaba en las misas cantadas y que crecía muy por encima de su menuda talla. Y los ojos de una niña, que aparecían en algunas vacaciones en la portería del asilo, que yo los notaba persiguiéndome durante toda la ceremonia. Con mayor intensidad, si cabe,  buscaban los míos cuando, de rodillas, esperaba la comunión, mientras colocaba la bandejita dorada bajo su barbilla. Acababa incomodándome esa insistencia de su mirada, que a mí me parecía que todos advertían. Esta muchachita, algún año menor que yo, exteriorizaba unos prematuros atributos de adolescente, y aquello me confundía mucho más. Contumaz, casi todos los días se las ingeniaba para retenerme debajo de los soportales de la casa de los guardeses con la escusa de mostrarme su colección de tebeos. Descubrió pronto que las viñetas de Zipi y Zape, Doña Urraca, Carpanta y la Familia Ulises me atraían mucho más que su persona. Y sucumbí a la tentación de poseer un puñado de aquellas historietas a cambió de un fugaz beso que hube de estampar en su tibia mejilla.
     Sor María fue la monja con quien más congenié. A menudo la encontraba entretenida en horadar con un troquel un montoncito de finísimas tortas rectangulares de pan de ángel. De cada una obtenía siempre ocho albas obleas del tamaño de un duro, y apartaba los recortes que sobraban al tiempo que me miraba y sonreía. Cuando la misa terminaba me regalaba un sobre rebosante de esa golosina, y esa era una forma de demostrarme el cariño que me tenía. Pero toda la comunidad hacía partícipe a Pepito de sus fiestas, de sus celebraciones, y de su alegría. Y en todas esas ocasiones, la onomástica de San Vicente Paúl, su fundadador y patrono, o alguna festividad religiosa especial para las hermanas de la caridad, acababa desayunando después de misa en la sala de las visitas. Era un cuartito que se encontraba en el vestíbulo, frente al despacho de sor Ana. Sobre una mesa camilla me aguardaba el tazón más blanco que he visto jamás, colmado de humeante leche en la que mojaba las orondas galletas hojaldradas que llenaban una cestita redonda. En cualquier coyuntura se repetía el convite, a veces alternando la leche por un oscuro y espeso chocolate en el tazón y las galletas por un puñado de bizcochos en los que destellaban minúsculas partículas de azúcar. Era el caso de la visita del señor obispo de Bombay, hermano de la superiora. Para aquel manojo de monjitas la  presencia  del monseñor era un acontecimiento que rompía con su rutina. Fue la primera vez que vi a un obispo. Pero ni la abundante barba encanecida, que le llegaba al pecho, ni el fajín, la botonadura y el solideo violetas impidieron que me tratara con el candor de un hombre sencillo y bueno.  Su cercanía parecía decirme que su alto cargo eclesiástico fuese un accidente, al que él no daba más importancia. Comportamiento que a mí me sorprendía en un tiempo donde era tan habitual marcar las distancias, también en la Iglesia.
     Como parte de la amplia familia del asilo, presencié mi primer Empastre en La Florida. Fue un jueves de ferias. Cuánto me divirtió aquel desfile imposible de la banda del Bombero Torero. Me reí sin descanso con un músico canijo que aporreaba frenéticamente un bombo tan descomunal que le impedía seguir la formación, y que arrastraba fuera de ella a dos o tres atolondrados más. El director, contrariado, los empujaba a la fila y la orquesta reiniciaba la marcha. Todo esto se repetía una y otra vez provocando un caos cada vez mayor. Hasta que el director de la orquesta, desesperado, arrojó lejos su batuta y el sombrero y se sentó en la arena del albero en medio de una gran carcajada de la plaza. Desde las localidades que nos acogieron debajo del tejadillo en un tendido de sol y sombra, contemplé dos días más tarde la que fue también mi primera corrida de toros. De ella se me grabaron imágenes para siempre: el luminoso paseíllo de las cuadrillas multicolores a los compases de Amparito Roca, un pasodoble que me emociona desde entonces más que ningún otro; los cambios de las sucesivas suertes que nos anunciaban los tambores y clarines; el toreo plástico y bello de Antonio Bienvenida y Fermín Murillo que formaron parte de la terna de aquella tarde inolvidable. Y tampoco olvidaré el autobús que me llevó, acompañado de ancianitos y algunas monjas, a la Peña de Francia una mañana de verano. Fue ese día el primero en que viajé más allá de Salamanca. De aquella excursión vine cargado de las revueltas de la ascensión al montículo donde se asentaba el santuario de una virgen negra. También me traje las voces profundas de unos monjes cargadas de infinitas modulaciones, que se mantenían en el aire como si levitaran. Ese canto, que sor María llamó gregoriano, fue un premio mayor del que yo podía esperar, tanto me conmovió.
     Todos estos recuerdos permanecen dentro del baúl de mi niñez. No creía que fueran tantos. Al abrir la tapa han brotado fragantes como las dalias, los claveles, los crisantemos, las rosas y las azucenas de los jardines primorosos que bordeaban el edificio al que tanto acudí. Y, de pronto, me ha parecido que desplegaran sus alas, como si quisieran acariciarme, las cofias blanquísimas y tersas de aquellas monjas del asilo.


  



martes, 14 de febrero de 2012

Al cine por unos kilos de chatarra


Que alguien declare ahora que aquellos fueron años de escasez es algo que a nadie sorprende ya. A unos, porque los vivimos, o padecimos entonces, con estrecheces sin cuento;  a otros, porque están hartos de oír referirnos a ellas en cuanto se nos presenta la menor oportunidad. Lo cierto es que, en mi pueblo, la oferta de ilusiones para un niño superaba a las posibilidades para disfrutarlas: las chucherías que se amontonaban en los puestos de la Plaza; los tebeos y los futbolines de casa Sinforoso; los cigarrillos de anís que vendía la Mariana en su kiosco;  las cintas que se proyectaban en los cines San Miguel y Cervantes los jueves, sábados y domingos… Todo alimentaba mi fantasía de niño, pero a distancia, pues que se hiciera realidad resultaba una auténtica quimera.
      Y, aunque, por carecer de todo, me acostumbré a prescindir de lo que no estaba al alcance de mis posibilidades, confieso que, a veces, sentí envidia de aquellos que por alguna razón lo lograron. Uno de ellos fue mi hermano Hilario, cuatro años mayor que yo. Recibía una tanda dominical apenas superior a la mía, por aquello de la diferencia de edad, pero insuficiente a todas luces para según qué necesidades y diversiones. No obstante, siempre tenía en las manos algún ejemplar de Hazañas Bélicas, del Guerrero del Antifaz, de Roberto Alcázar y Pedrín o alguna novela del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. A menudo le vi en los futbolines enfrascado en partidos en los que la tensión hacía que se mordiese, nervioso, la lengua por la incertidumbre del resultado; o comprar celtas sueltos en la plaza, que después multiplicaba en finas raciones con ayuda del papel de fumar que extraía del librillo. Incluso se permitía sacar la entrada para alguna de las sesiones de los cines de la calle Elisa Muñoz.
     Recurría a la chatarra. Alguna vez le acompañé en la búsqueda de hierro o de cobre. A su lado aprendí dónde buscar aquellos materiales, dónde venderlos, la diferencia de precios de uno u otro metal  y cuántas perras se podían reunir tras su venta. También, que todo el beneficio se lo quedaba él. Lo que se recaudaba apenas si llegaba para uno, decía; haciéndome ver a continuación que sus necesidades eran más urgentes y perentorias que las mías. Y, cosas del destino, el dinero acababa siempre en su bolsillo. Así que, comprendí pronto que aquella sociedad no me convenía. Decidí crear mi propia empresa, en la idea de que esa sería la única forma de poder sacar beneficio de mi esfuerzo y, quizá, el modo de pagarme la primera entrada de cine.
     Como el recurso a la chatarra menudeaba entre la gente, grande y pequeña, el propósito de reunir suficiente cantidad me resultó una tarea esforzada y a ella me entregué con ahínco. Este chico es de ideas fijas, ¡cómo se le meta una cosa en la cabeza!, sentenció mi madre al  observar mi obsesión, y ya lo repetiría en otras ocasiones, fuera bueno o malo lo que me trajera entre manos. Aquella descripción acabó siendo una profecía, que se fue cumpliendo a lo largo de mi vida hasta convertirse en una condición de mi carácter. Lo cierto es que, durante algunos días, todo mi tiempo libre lo dediqué a acumular chatarra dentro de una vieja tinaja de arcilla que teníamos en el corral de casa. Se me pudo ver merodeando por los talleres Barrado, Pinto o Polo a la salida de clase en el Miguel de Unamuno, acopiando tuercas y arandelas perdidas, piezas desgastadas e inservibles y cables. Busqué incansablemente restos de hierro en cerrajerías y fraguas, mientras oía repicar el martillo contra el yunque. Acudía a las puertas del taller de los Bejaranos en cuanto advertía desde la puerta de mi casa el resplandor de la soldadura autógena y esperaba paciente los trozos de las varillas de metal que el soplete no fundía, y los fragmentos minúsculos y roñosos de alguna reja del arado reparado.
     Sé que la primavera iba avanzada, pues, olvidados los fríos invernales, vestía hacía tiempo pantalones cortos, que unos tirantes abotonados en la cintura sujetaban por encima de mi camisa. Y que aquellas tardes me olvidé de los interminables partidos de fútbol en la era del Reguero; de las apasionantes carreras de chapas en el polvoriento suelo de la explanada junto al viejo negrillo de San Luis; incluso de los amigos, de los que prescindí en mis correrías por el pueblo. O por las afueras, confundido entre los muladares y escombreras que comenzaban en la huerta frente a la era y continuaban en montones sucesivos por un camino que se perdía por el horizonte, mucho después de cruzar las vías del tren. Removí cascotes, los pedazos carcomidos de viejas vigas a la espera de encontrar todo tipo de clavos y puntas con los que se fijaron a ellas las derruidas techumbres, o de descubrir tal vez alguna cerradura de una destartalada portezuela, o cualquier cacharro metálico, desvencijado y arrumbado. Tanto que, durante algunas noches, aquel basurero pobló mis sueños en forma de pesadilla recurrente: con una azada escarbaba entre los deshechos y aparecían, uno tras otro, objetos de metal, a cual más macizo, que rápidamente colmaban una carretilla de albañil, cuya carga el chatarrero me premiaba con una sustanciosa recompensa, haciéndome el niño más feliz de Peñaranda.
     Como me pareciera que la chatarra acumulada dentro de la tinaja fuera suficiente, y, acaso, porque ya no podía esperar más, resolví venderla ese mismo día. En un saco la cargué a la espalda y por el camino a la chatarrería de la plaza Santa Apolonia me fui contando el cuento de la lechera, pues mi imaginación crecía por entonces más que cualquier otra cosa, mucho más que los hierros reunidos. Guardo toda la luz que iluminaba la plazoleta en la tarde primaveral; y de aquel almacén recuerdo su amplia entrada, abierta de par en par, y las montañas de amasijos de hierros cuyas siluetas velaba la penumbra en la que estaba sumida la mayor parte de lo que creí una vasta estancia. Saturio Bernal, amigo de mi hermano Pablo, me atendió. Primero con el hierro y luego con el cobre, seguí con atención el balanceo del saco que colgaba de uno de los ganchos de la romana, mientras una pesa hacía equilibrios sobre el astil, hasta pararse en una de sus ranuras y nivelar la balanza, marcando el peso exacto. Lo que pesaron estos metales se me ha olvidado, sólo me acuerdo de lo que gané con ellos: una moneda rubia de dos cincuenta.
     Con el saco enrollado y las dos pesetas y media apretadas en mi mano, que me olía todavía a la herrumbre de los oxidados hierros, supe ya en qué invertir mi primera ganancia como autónomo: iría al cine el jueves siguiente. Ese día se hizo más remolón que otras veces. Cuando llegué a la Plaza, a la salida de la escuela, poco me importó el mercado y el gentío que iba y venía bajo los soportales. Todo mi interés se lo llevaron los fotogramas, que cubrían por ambos lados las despatarradas carteleras, de las cintas que proyectaría el cine Cervantes aquella tarde en lo que sería una sesión continua.  Con qué emoción contemplé las imágenes en blanco y negro que protagonizaba Charlot, y aquellas otras, coloreadas, de unos personajes que se movían por la ciudad de Roma. Cuán lentas transcurrieron entonces las escasas horas que restaban hasta que la taquilla abrió su ventanilla al público.
     Las dos cincuenta me proporcionaron aquella tarde un lugar en los escalones que recorrían de un lado a otro el gallinero que ocupaba casi todo el primer piso del cinema. Me sorprendió que tanta gente humilde, mísera, abarrotara la inmensa grada y mi infantil alma intuyó de inmediato que el pobre, además de pan, necesita buscar un resquicio para la ilusión, un motivo por qué vivir. Con esta impresión me senté en el centro de la última fila, la espalda contra la pared, por debajo de un ventanuco que pronto empezó a vomitar un incesante haz luminoso que se fue convirtiendo en sucesivas imágenes llenas de vida al estrellarse en la pantalla gigante del piso inferior.
     Aunque volví después muchas más, no he olvidado esa mi primera vez. Perdura aún el asombro que me produjeron las dimensiones de aquella estancia, amplia como la iglesia de San Miguel; la oscuridad de su espacio infinito durante la proyección, apenas disimulada en las paredes por unas lamparillas rojas; la música y las palabras de los personajes que me envolvieron mientras me contaban sus historias; toda la  emoción por encontrarme en un lugar tan especial, que me absorbió por entero, que me mantuvo todo el rato pegado a mi asiento, con los ojos abiertos como platos. Y en el escenario vi a un Charles Chaplin hambriento que, después de devorar el cuero de sus viejas botas, chupaba famélico las tachuelas que sobresalían de las retorcidas suelas.  Y sufrí con la incertidumbre del balanceo de su cabaña al borde de un precipicio, dentro de un paisaje de nieve impoluta, en lo que era una quimera del oro. De la otra película, apenas entendí la trama, pero me maravillaron las plazas, los monumentos romanos rebosantes de luz y, prendido en mi oído, quedó para siempre el estribillo de la melodía que entonaba el protagonista: Arrivederci Roma, adiós,  goodbye, au revoir . . .


Las imágenes son montajes sobre dos fotografías aportadas por Kiko García en la página "Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas"