lunes, 22 de octubre de 2012

El tío Cacho



Al tío Cacho le acompañaba siempre su fama de cascarrabias. Y la de viejo, pues ya tenía muchos años cuando le conocí. Un viejo cascarrabias: una combinación que nos atraía morbosamente a los chicos, tan dispuestos a encontrar ocasiones para la diversión. Pocas cosas había tan excitantes para nosotros como la de hacer rabiar a un anciano gruñón, y ese afán por el juego podía volvernos crueles cuando nos ensañábamos con alguno.
    Muchas veces era la venganza ante una reacción extemporánea; casi siempre, porque les molestaba nuestro alboroto o, acaso, nuestra alegría y nuestra presencia. Así sucedió con una anciana agria, vecina mía. Como no le gustaba que jugásemos al fútbol a su puerta, nos acechaba dispuesta a despotricar su enfado en cuanto nos sentía cerca para que nos marcháramos de allí. Pero nuestra inconsciencia olvidaba esta contrariedad y al día siguiente corría de nuevo el balón en la calle. Hasta que una tarde, hecha un basilisco, con una tijera rajó la pelota en dos mitades, creyendo que así dejaríamos de darle la lata. Fue una declaración de guerra. Toda una temporada viviría en un sobresalto continuo. Golpeábamos su puerta acristalada y corríamos a escondernos. La señora salía y lanzaba mil maldiciones a la calle solitaria, sin apenas poder espantar con ellas su malhumor y avivando nuestro regocijo perverso, mientras sofocábamos las carcajadas en los escondites.
     Ese no era el caso del señor Esteban. Sabíamos sin embargo de sus malas pulgas y esa condición fue suficiente para hacerle objeto de nuestras burlas.

     Daba la espalda de la iglesia de San Luis a un camino que se pegaba a las tapias del asilo hasta desembocar en la calle Alameda. Desde nuestros juegos en torno al negrillo de la plazuela, veíamos transitar por él al tío Cacho de regreso a su carbonería, contigua al molino del señor Ignacio, en la acera de los números impares de esa calle. De aquellos días me queda su vestimenta de pana negra, muy tiesa y reseca, poco amiga de los lavaderos. También, la faja oscura de estambre, uno de cuyos extremos de flecos retorcidos, harto de dar vueltas y vueltas a su cintura, le colgaba siempre hasta barrer el suelo. Completan indefectiblemente esa imagen sus botas, que yo imaginaba muy pesadas: tanto le costaba levantarlas al caminar. Arrollaba todo lo que tropezaba y sus pasos producían un ruido monótono, repetido, que nos evocaba el que hacían los trenes cuando salían de la estación.  Al señor Esteban le decían “tío Arrastra” por sus andares tardos, pero en el barrio lo rebautizamos con un mote más preciso, más sugerente: “tío Arrastratrenes”.
     Durante un tiempo la tomamos con él. El buen hombre caminaba lentísimo, siguiendo como un reo a su borrico, también anciano, que parecía esperar a su dueño para acomodarse a sus pasos cansinos. Paladeando sus reacciones iracundas, nada más verlo lo apostrofábamos con la nueva y desalmada cantinela para hacerle rabiar: ¡tío Arrastratrenes! ¡tío Arrastatrenes!. Siempre conseguíamos alterarlo. Su enfado le insuflaba un vigor y una agilidad tan inusitados, que le llevaba a vociferar improperios y a trotar un pequeño trecho tras de nosotros. Salíamos entonces de estampida y, al instante, en la plazoleta quedaban solamente los insultos, los ecos de nuestras risas y el burlado viejecito. Nos reuníamos luego para celebrar nuestra trastada y exagerar ante los más pequeños las represalias que el señor tomaba con quienes lograba apresar.
     Aquella tarde la escena se repitió una vez más. Pero cuando vimos que al tío Cacho el enfado le enfilaba hacia la entrada de la calle San Luis, cada cual huyó y se escondió donde pudo. El que más corrió fue mi hermano Ignacio, que, dejándome atrás, entró en casa, atravesó el largo pasillo, llegó al corral y se ocultó dentro de la cuba del cisco que guardábamos en el pajar. Lo encontré allí después de un rato, tembloroso aún, como un pajarillo atemorizado y tiznado de carbón.

     Un verano descubrí otra versión del señor Esteban Cacho que habría de perdurar para siempre. Diré ya que distaba mucho de la que había conocido hasta entonces, fruto, sin duda, del hartazgo que el hombre acumulara después de tantas provocaciones y repetidas faltas de respeto.
     El calor y el trasiego de carros y acémilas me llevaron al Pradorno una mañana amarilla de sol y mieses recién acarreadas. La era toda olía a paja seca y aparecía espléndida, repleta de gentes que se afanaban entre montoneras de haces todavía sin desliar y parvas de trigo y cebada dispuestas para la trilla. Iba de un lado para otro fascinado por aquel trajín y sólo me detenía para observar cómo se deshacían las gavillas tostadas bajo el peso de los trillos que arrastraban las mulas: me absorbían sus constantes giros, mientras las espigas, desgranadas, se aplastaban hasta formar tortillas doradas. Todo me recordó entonces a un enorme tiovivo y, más que nunca, deseé montar en él.
     Entre todas aquellas alfombras de oro me atrajo una, muy modesta, casi al final de la era, sobre la que daba vueltas un borrico que guiaba desde el trillo un hombre muy mayor: el tío Cacho. El anciano aparecía ensimismado debajo del sombrero de paja que llevaba encasquetado encima de un moquero arrugado, que le caía sobre los ojos. Indolente, con esa paciencia que sólo poseen los que no tienen prisa por que el tiempo corra, apenas animaba al asno en sus rotaciones incesantes. Es como si el sol abrasador del mediodía y el mareo de las persistentes vueltas le hubiesen amodorrado. La imagen sosegada del hombre y, tal vez, la oportunidad de montar por fin en un trillo desvanecieron los recelos que el tío Arrastratrenes me originara hasta ese día.
-  Señor Cacho, ¿me deja que le ayude en el trillo? – le pregunté abiertamente.
     Me miró un instante, sin abrir del todo sus ojos, antes de detener el burro; con mucho trabajo enderezó después su encorvada silueta, que descansaba sobre una banqueta de enea, y, ante mi sorpresa, me ofreció el ronzal. Cuando extendí un brazo para tomarlo, creí advertir una mueca agradecida en su rostro arrugado. Pronto le sustituí encima del trillo, colmando mis ilusiones, mientras me envolvía toda la luz esplendorosa del verano. Y fue así como el hombre me convirtió en su ayudante.
     Me pasé los días siguientes en el Pradorno trabajando para el señor Esteban. Usé la horca de madera para volver la parva; amontoné la mies después de trillada; y, con una pala curvada, la aventé divertido hasta que se separó el grano de la paja. Moví la criba con denuedo, pues el tío Cacho no quería que entre las semillas se colase ninguna piedra. Llené los costales con el trigo limpio y eché una mano para subirlos a lomos del burro. También barrí con un escobón de cabezuela los restos de la parva hasta que quedó limpio el trocito de era.
     Durante aquellas jornadas, compartió conmigo el agua y el pan. Con frecuencia me llevé a la boca el cuello de su botija de arcilla para apagar la sed que la obstinada solanera me ocasionaba. A media mañana hacíamos un descanso para almorzar. Mi patrón desanudaba entonces un hatillo de tela a cuadros y sobre sus rodillas aparecían torreznos y trozos de chorizo o de blancuzco tocino cocido. De la faja sacaba una navaja y con mucha parsimonia me ofrecía un rescaño de la mediana de pan. Luego, iba dándome un poco de esto o de aquello, que yo devoraba hambriento, después de las muchas energías gastadas desde mi temprano desayuno. Aunque el tío Cacho apenas me hablaba mientras comíamos, le sentía a gusto en mi compañía, muy cercano. En alguna ocasión, al observarlo de refilón, me encontré con su mirada y lo que podría ser una minúscula sonrisa. Y supe que no volvería a burlarme de él, que no quería participar nunca más en los hostigamientos que le desquiciaban al pasar por el barrio.
     Con la última carga del grano en el corral de la calle Alameda concluyó mi trabajo en el Pradorno. Allí aguantaban todavía otras cuadrillas con mucha faena por delante. Yo me llevé el recuerdo de mis viajes montado en el trillo en medio de la inmensa era, enfrente a la carretera de Medina al cementerio; y la complacencia de los días que pasé con el señor Esteban. También, el duro con que retribuyó mis esfuerzos: cinco pesetas, mi primer sueldo, que orgulloso entregué a mi madre, sin importarme demasiado que no vería de ellas ni una perra para gastar en los puestos de la Plaza.

     A veces me acuerdo de aquel hombre, como de otros personajes que poblaron mi infancia de cosas en apariencia sencillas, de escenas cotidianas. El señor Esteban halló un merecido acomodo en el cofre donde descansa mi memoria. Y, hoy, cuando rebuscaba en su interior, parece que el tío Cacho se hubiera hecho el encontradizo. Acaso para recordarme cómo era mi vida de entonces: un montón de pequeñas experiencias, que iban sumándose hasta moldear mi carácter y así disponerme para el futuro.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Con don José, el cura de las Carmelitas



A Peñaranda llegó don José en silencio, como de puntillas. Y del mismo modo transcurrirían sus años en el pueblo como capellán del convento de las Madres Carmelitas Descalzas. Discreto, humilde, austero, don José me parecía un cura atípico. A diferencia del resto de los sacerdotes, permanecía desvinculado de la preeminencia y de las solemnidades que rodeaban a la iglesia parroquial. Creo no haberlo visto nunca en San Miguel; postergado su ministerio a los oficios y a la atención del templo al final de la calle Nuestra Señora. Acaso fuera la razón por la que pasara desapercibido o incomprendido, por entre la mayoría de peñarandinos.
    Enjuto de carnes, denunciaban su delgadez extrema los mil pliegues de la sotana, raída y  desvaída, que le flotaban desde los hombros. Su pobreza carecía de la impostura de muchos religiosos de entonces. Siempre recordaré la frugalidad de sus comidas y la precisión con que las preparaba. Yo desconocía entonces ese lío de nutrientes y calorías que cada alimento, cada ingrediente aportaba. Pesaba las patatas en una pequeña balanza, las cocía en un cazo con agua; después las rehogaba con la medida rigurosa de aceite y las servía desnudas en un plato, apenas con un pellizco de sal. Eso era todo. Eso era lo que su templanza le permitía en un  tiempo de penurias para la mayoría del pueblo.

     El domicilio del capellán precedía a los muros altísimos que protegían la clausura de las monjas del Carmelo. Desde allí escuché a menudo, envueltos en un olor a serrín, los lamentos constantes y ensordecedores del aserradero vecino de los Bartolos. La casa de don José era una puerta abierta. Entré en ella de la mano del deseo de ser monaguillo, y, seguramente, porque a ella me llevaron lo que otros chicos contaban de aquel cura especial, de su bondad, del sencillo trato con ellos. También,  que a algunos los enviaba al seminario para convertirse en sacerdotes, que era una ilusión que me animaba con insistencia por entonces.
     Es difícil dibujar una casa como aquella. Diré que sólo la puerta, la ventana y el balcón de la fachada conservaron la apariencia de una casa normal de dos plantas. El interior mudó en una residencia muy peculiar para candidatos a seminaristas. Se habían derribado algunos tabiques y varias habitaciones se poblaron de las literas de bastos tablones de madera, que el cura fue construyendo con habilidad de carpintero. Sobre los jergones, cubiertos por mantas gruesas y ásperas de lana, donde se entrecruzaban renglones grises y marrones, durmieron muchas noches algunos chicos con vocación sacerdotal. Envidié esas noches y esos dormitorios que un recelo inexplicable de mis padres me impidió compartir. Otra estancia fue el aula donde ayudé a mejorar la lectura, la escritura y las cuatro cuentas perezosas de Jesús, un chico de mi edad que habría de marcharse a un colegio de frailes cuando llegó septiembre.
     Memorable es la forma tan peculiar como se espantaba el frío de la casa. En el centro de la cocina aparentaba reinar una estufa de la que brotaba un tubo, que pronto se quebraba para asomarse por la ventana del patio y echar así todo el humo a una higuera triste y solitaria. Era un bidón descomunal con una portezuela inferior que facilitaba el tiro. El combustible lo proporcionaba una mezcla apelmazada de serrín y cáscara de piñón. Costaba un poco encender semejante fogón, pero, cuando se conseguía, la lumbre permanecía viva hasta muy entrada la noche. El resto de las habitaciones se beneficiaban del aire caliente que despedía la cocina, a través de los boquetes horadados en todas las paredes y de las corrientes que pululaban a sus anchas por la casa gruyer.
     Aquella casa abierta me permitió alguna veleidad dramática. Un día don José nos animó a la representación de una obrita que hablaba de la vida ejemplar de algún santo. Aunque he olvidado su título, aún me quedan los días pletóricos de ensayo y tramoya. También un legado de noches de pesadillas angustiosas, todavía hoy, en las que mi personaje se queda mudo al entrar en escena y no encuentra los diálogos que tanto tiempo le costó aprender.

     Por ese número de la calle Nuestra Señora pasamos innumerables chicos. Unos con más persistencia que otros. Casi todos acabamos vestidos de monaguillos en la iglesia vecina. Los ropajes, impolutos y doblados con mimo, aparecían en la sacristía por la ventana del torno. Las aspas giraban, giraban, y, en cada vuelta, venían las vinajeras, el lavabo, el dorado cáliz y cualquier otro de los objetos que la liturgia del día exigía. Con ellos venían también las palabras dulces de la madre tornera para poner nuestros nombres a las voces, que asociaba con las caras que contemplaba escondida tras la celosía más próxima al altar mayor.
     Los ritos de iglesia parecían más serios y auténticos de la mano de don José. El respeto con que cuidaba los detalles de nuestra participación me emocionaba y hacía que me sintiera importante. Con el mismo respeto, reproducíamos una y otra vez los apartados de la ceremonia, sin perturbar apenas el silencio limpio del templo, aspirando tan sólo las fragancias que desde todos los altares enviaban los búcaros pródigos de flores siempre lozanas. Cuánto me complacía entonces el ritual del monaguillo. De aquel tiempo me acuerdo de los días previos a la Semana Santa. Los oficios del jueves y viernes santos eran especiales. Ya en los ensayos creía descubrir su singularidad, su transcendencia. Me atraían los diferentes papeles del sacerdote y de los monaguillos, que rompían con la liturgia rutinaria del resto del año; las largas lecturas que contaban la pasión y la muerte de Cristo; el sonido estridente y repetido de la carraca, que silenciaba por unos días las acostumbradas campanillas. Formar parte de aquellas representaciones era lo que más deseaba en aquel tiempo.  
     A la llamada de don José y de las Carmelitas acudió también Ignacio, mi hermano, con la intención de formar parte de la extensa cuadrilla de monaguillos. Y, asimismo, le llegó el turno de uniformarse con aquellas vestiduras talares que tanto nos gustaban. Fue en una celebración vespertina, tal vez una novena, con la primavera muy avanzada. Columpiaba, ufano, el incensario, porque a través de los agujeritos de la cazoleta refulgía el tizón de carbón. En el momento convenido, se acercó al sacerdote, que cargaba ya la cucharita con el incienso de una naveta de plata que le ofrecía otro monaguillo. Ignacio había olvidado cómo se elevaba la tapa del vaso del incensario y, como  le apremiase la mirada de don José, tiró con brusquedad de una de las cadenas laterales. Desde el banco donde seguía la ceremonia, vi volar el disco incandescente y como caía en la alfombra sobre la que descansaba el altar. El niño se aturulló. Don José, hincó una rodilla, recogió el ascua con los dedos y, para nuestro asombro, lo devolvió al recipiente sin confesar su dolor. La actuación de mi hermano concluyó en ese momento, dejó el incensario, y nunca más volvió al altar de las Carmelitas.

     José Luis llevaba dos años con los jesuitas y lo conocí un verano a la vera de don José. Fue mi amigo. Puedo decir que mi primer amigo auténtico, de los pocos que se tienen a lo largo de la vida. Su risa franca y, quizás, la nobleza que advertía en su mirada me invitaron a la amistad. La inteligencia que cada día descubría en mi amigo la disimulaba su sencillez. Y como pronto nos complació estar juntos, cada vez encontrábamos más ocasiones para compartir juegos y confiarnos cuitas e ilusiones. Desde su observatorio silencioso don José debió ver con agrado nuestra relación y quiso que se afianzara. Advirtió enseguida una desigualdad que limitaría cualquier aventura conjunta: José Luis disfrutaba de las vacaciones en la flamante bicicleta que lo llevaba a todos los lugares, mientras que mi padre y mis hermanos mayores apenas dejaban oportunidades para yo usara la BH de casa.
     El cura buscó y encontró la solución a este contratiempo en el taller de mi vecino Gurrichi, en la calle San Luis. De allí salió la bici, una antigua motocicleta reconvertida, que la mano de pintura negra y unas ruedas menos gruesas disimulaban en cierto modo su maltrecho cuadro y su anterior condición. Con ella crecieron nuestras correrías en ese verano, uno de los más divertidos de mi niñez, y se fortaleció nuestra amistad que duraría varios años. Sin embargo, la bicicleta se quebró por una antigua fractura, en una galopada camino de la plaza de toros, cuando boqueaban ya las vacaciones estivales. Todavía me queda la nostalgia de aquella pesada bicicleta; y de mi amigo José Luis, que la distancia y los derroteros que traza la vida alejaron poco a poco de mí.

     Con don José salí dos veces fuera del pueblo. La primera fue una excursión que organizó con un puñado de chicos. No recuerdo ya lo que caminamos por la carretera que lleva a Aldeaseca, ni cuanto duró la caminata. Perviven, en cambio, el alivio de mis pies cuando se refrescaron en el agua del pilón junto a una ermita, y la estampa del sacerdote, la sotana en la cintura, que chapoteaba como otro niño, con sus pantalones astrosos calados hasta las rodillas. También, aquella tarde esplendida de sol que el azul limpísimo del cielo y un mar verde tachonado de ondulantes espigas colorearon para siempre en mi memoria.
    La segunda ocasión fue un viaje en automóvil. Acompañé al sacerdote a Zorita de la Frontera o, quizá a El Campo de Peñaranda; en cualquier caso, me acuerdo que debimos pasar por Aldeaseca. Se enterraba allí a un muchacho, que un tumor en la cabeza se llevó de madrugada. Le conocí de pupilo en la casa del capellán y, al poco de ingresar en un seminario de frailes, le sorprendió la enfermedad. He buscado entre sus recuerdos y he encontrado la sonrisa pronta y luminosa de sus ojos negros; su voz argentina, que en tantas ceremonias me emocionó; y el relato que hacía don José de la humilde conformidad con que el niño aceptaba el dolor, que ofrendaba cada día a Dios. Pero el nombre, ay, su nombre, no he podido encontrarlo.
      
     En el verano del 64 yo estaba por cumplir los trece años y el deseo de hacerme sacerdote ocupaba ya todos mis sueños. Un día de este verano Don José acudió a mi casa a la hora de comer. Desde la silla más alejada de la mesa camilla, escuché la propuesta que llevaba para que yo ingresara en un seminario jesuita con el nuevo curso. Mis padres, circunspectos, pero corteses a pesar del escaso tiempo que mi padre disponía para volver al trabajo, dejaron que el sacerdote hablara de mi vocación, y que desgranara todo un rosario de argumentos más, que creí irrefutable. Pero, a mi madre no; y a mi padre, parece que tampoco, aunque dijera poco. Mi madre refería sus pavores a los peligros que yo habría de correr en las remotas tierras de misiones, que imaginaba siempre en África, rodeado de leones, en medio de mil peligros y a punto de morir de hambre; pues ese era el destino que creía les esperaba a todos los frailes de la Tierra. También, el miedo a no volverme a ver, una vez me marchara tan lejos. Junto a estas razones, envueltas en tan peregrinos temores, se me ocurre que pudiera estar la sombra imponente de don Agustín, que advertía que aún no era llegada la hora.
     No sé si la de aquel día fue la mayor frustración que haya sentido en la vida, pero la recuerdo como la más dolorosa de mi infancia. A la mañana siguiente, y durante otras más, refugié mi inconsolable desdicha en la soledad de la iglesia de las Carmelitas. Me sentaba en alguno de los bancos traseros, junto a la entrada, al amparo de la penumbra que allí se replegaba; y dirigía mis plegarias, que sabía vanas, hacia la cortina de luz que el mediodía desplomaba sobre el crucero, sobre el altar mayor. Mientras, las notas mansas del Ángelus, que las monjas salmodiaban, me llegaban serenas, en murmullos. Como el canto pareciera una invitación a la resignación, iba apaciguándoseme el ánimo y el cuerpo se me adormecía, perdida ya la humedad de los ojos en la escena que se dibujaba en el centro del retablo: un ángel amenazaba a Santa Teresa, que postrada imploraba al cielo.

     He de descubrir ahora algunas de las marcas que quedaron en mi carácter del tiempo que frecuenté a don José.
     Seguramente yo fuera un buen estudiante de Bachillerato. Me gustaba compartir la alegría de las notas y buscaba el elogio que creía merecer. Pero el sacerdote nunca daba lugar a la presunción. Sus  comentarios sobre mis resultados siempre me desconcertaban, tan diferentes de los que escuchaba a los profesores, a mis padres. Empleaba la ironía, que mezclaba con alguna palabra mordaz, para descarriar cualquier atisbo de engreimiento que yo pudiera sentir por las calificaciones obtenidas, por mis conocimientos o por mi esfuerzo. Como abundasen los notables, me recordaba que el siete era la nota del burro. Lejos del menosprecio, diríase que deseaba más bien que yo relativizase cualquiera de mis conductas encomiables, y para ello las desvestía del envoltorio superfluo de la vanidad. Así fue como aprendí a rebajar, ya para siempre, mis logros y, en alguna ocasión también, los de mi familia, los de mis hijos.
     Un día el sacerdote me llamó a conversar a su despacho. La habitación tenía un ventanal enrejado por el que entraba la claridad de la calle. Sobre el tablero oscuro de su mesa vi la letra uniforme, menuda y rebajada de rasgos, con que escribía su sermón del domingo. Me acuerdo sólo de una parte de lo que se trató en aquella visita. Quiso saber don José qué persona entre mis amigos, entre mis compañeros de clase estimaba yo por buena persona. Me costó poco nombrar a un compañero del instituto, con el que ya había coincidido en algún curso en la escuela. Debió notar mi sincera admiración por el chico y quiso arrancarme un compromiso por mucho tiempo: siempre que pasase por delante de la puerta de la capilla de las Jesuitinas había de rezar un padrenuestro por él. De inmediato lo acepté, sin más, tan fácil me pareció mantener esa promesa; así que la entrevista siguió por otras rutas. Los asuntos que se trataron después no podría recordarlos, porque la nueva obligación y un montón de dudas comenzaron enseguida a ocupar mi mente. Temía al olvido, al cansancio, a la carga perpetua de la promesa, a todo lo que me llevara a su incumplimiento. Me abrumaba el peso posterior de la conciencia. Concluía ya la reunión y le dije a don José que no quería asumir ese contrato. El cura sonrió y me eximió de él. Pero, desde entonces, me diría valiente en nuestros encuentros, a modo de saludo. Y aquel adjetivo yo lo habría de traducir por su antónimo, pues me recordaba a la mañana en que me faltó el valor para comprometerme. Al definirme, el sacerdote me estigmatizó para siempre, y como si de una profecía que ha de cumplirse se tratara, me he sentido cobarde ante ciertos retos y adversidades con que he tropezado en la vida.
     
     De todo esto hace muchos años. Aunque en mi memoria han permanecido indelebles las huellas de aquellos días, de la sonrisa tímida del cura que siempre anduvo ligero de equipaje, de su abierto y agujereado domicilio, del buen amigo José Luis y otros chicos con los que coincidí entonces al final de la calle más ancha de Peñaranda, de mi vocación postergada. También, del montón de misas que me saben aún al candor de los cánticos de las madres carmelitas.


lunes, 16 de julio de 2012

El juego lo llenaba todo

 
Foto aportada por Kiko García en la página “Peñaranda de Bracamonte, fotos antiguas”. En ella aparece su padre, Francisco García Zazo, labrando una tierra que lindaba con la fábrica Olivera, a mediados de los 50.

En mi casa nunca nos compraban juguetes. Pero hay pocas necesidades tan perentorias como las que tiene un niño de jugar. Como el juego daba sentido a mi vida, puedo asegurar que aquella desventaja familiar no impidió que jugara con perseverancia todos los días de mi niñez. Era una propensión que me acompañaba siempre dispuesta a concretarse en cada momento de libertad que surgía. Y fueron los juegos, la necesidad de poseer juguetes para jugar a muchos de ellos, los que estimularon mi ingenio para fabricarlos.
     Los materiales eran siempre los mismos. Recurría al cartón de las cajas de zapatos que se apilaban sobre el armario de la sala. Requisaba las tablas de alguna caja desportillada, arrumbada cerca de las fruterías o de la puerta de alguna de las pescaderías de las plazas. Me subía al negrillo de la explanada de San Luis y a los chopos del Reguero, y de las ramas desgajaba sus varas domeñables. El papel del viejo cuaderno, el de algún programa de cine, o el grisáceo de estraza con el que la señora Paz envolvía la compra de mi madre en la tienda de ultramarinos sirvieron con frecuencia a mis propósitos. También, el barro rojizo que el sol del invierno reblandecía apenas en la cuesta ascendente hacia el Asilo.
     Como otros niños, construí barquitos de papel encorsetados en un puñado de dobleces. Tallé  canoas con la corteza de los pinos de la fábrica Olivera, ayudado por una navaja oxidada y la lima que encontré en la caja de herramientas de mi padre. Los eché a navegar con las generosas lluvias de abril y con los chaparrones tormentosos del verano. Pegadas al bordillo de la acera corrían las aguas, que la ilusión volvía procelosas, y contemplaba orgulloso como arrastraban aquellas naves desde mi puerta, hasta que confluían con el torrente que bajaba por la calle Medina.
     Pude esgrimir mi espada de madera y así emular al Cid Campeador en tierra de moros. Cuánto me enardecían las hazañas del Capitán Trueno, del Guerrero del Antifaz, o del Jabato que poblaban los tebeos que con tanta fruición leía en la tienda de Sinforoso. También, el arco y las flechas. Todos mis amigos confeccionaron sus arcos. Los que más interesaban lanzaban venablos metálicos: las varillas afiladas de un viejo paraguas. Cualquier puerta podía convertirse entonces en el blanco de nuestros dardos. La diana que pintaba el yeso sobre la madera aguantaba estoica nuestras acometidas. Aunque, tuvimos que huir a menudo, mientras nos  perseguían las imprecaciones que bramaban las casas damnificadas.
    Las cajas de zapatos se convirtieron en carruajes del viejo oeste, de los que tiraban siempre caballos planos que yo tenía que espatarrar para sostenerlos en pie. Actuaron de diligencias entoldadas, que cambiaban de tiro en cada posta, mientras las emperifolladas damas que venían de viaje desentumecían sus pies. Fueron carromatos en los que montaron colonos en su búsqueda esperanzada de nuevas tierras. De estas carretas bajaron también los soldados del séptimo de caballería para enfrentarse a los pieles rojas. Así me marcaban las aventuras de Rin-Tin-Tín, que cada domingo me convocaban delante del televisor del Círculo Mercantil.
     En fin, fui mañoso para doblegar en uno de sus extremos aquel alambre tan duro y lograr la horquilla que guiaría el aro con el que correteé sin cansancio. Al sol se secaron las figuritas de barro cuando se acercaba la Nochebuena, y con ellas compuse un belén deforme de pastores, camellos y reyes magos, sin advertir mis manos engarabitadas por el frío. Pero, sobre todos los juguetes,  me acuerdo de dos que me fabriqué en estaciones distintas, con materiales muy diferentes, y que me colmaron de manera exclusiva durante un tiempo.

     A todos los chicos nos atraían las labores agrícolas. La labranza ocupaba a muchos hombres en aquella época. El trasiego de carros y animales de tiro me fascinaba. En cualquier estación podía contemplar la marcha calma de una yunta de mulas con los atavíos para la arada, la recolección, la trilla, el acarreo de la paja. En el aire descubría siempre atisbos de tierra o de espigas agostadas. Mientras jugábamos en las afueras del pueblo, el labrador, inmerso en su tarea, aparecía clavado en el paisaje, tan llano y tan nuestro, de colores que mudaban con los meses. Cuando la tarde caía, formaba parte de nuestra cotidianidad el regreso a los corrales de las mulas, de los carros y del mozo atezado del sol y de la intemperie, deslomado tras la dura jornada. Estas escenas, tan repetidas, activaban mi imaginación y me invitaban al juego de las manualidades para reproducirlas. En especial, con el verano.
     Aquellas mañanas de estío buscaba la puerta de la señora Carmela. La sombra pegada a la acera retenía hasta las doce una pizca del frescor de la madrugada. Ese lado de la calle Isabel la Católica desembocaba en la de San Luis, casi frente a mi casa. Aún me parece ver la esquina descansar sobre una piedra de granito, algo inclinada, que sobresalía un palmo de la pared y a la que todos los chicos del barrio nos subíamos para intentar acrobacias imposibles. En la acera umbrosa me dediqué a construir mulas, arreos, carros, aperos de labranza. De mis días de espigueo procedía la caña en que se había convertido una planta muy vistosa que abundaba en los márgenes de los caminos a los rastrojos: la tapsia. En el mes de julio había mudado por completo su verde porte y su preciosa umbela de oro en un grueso tallo endurecido y en unas flores tostadas. Troceaba poco a poco esa planta, que desprendía un inconfundible olor dulzón, y, al juntar los pedacitos, iban recreándose avíos y acémilas, familiares en las estampas agrícolas. De aquellos ratos, pervive también la compañía de mi hermano Ignacio, siempre  a mi vera, y en sus ojos creo advertir todavía un reflejo de admiración y cariño.
    
     En el Centro de Acción Católica de la calle Nuestra Señora descubrí el juego del ajedrez. La diversidad de las piezas y la complejidad de sus movimientos me sedujeron enseguida. Me aficioné tanto, que las horas que el Centro me ofrecía para practicar mi nueva pasión me parecían escasas. Más, en las ocasiones en que encontraba el ajedrez ocupado. Así fue como decidí fabricar uno propio. Las cajas de zapatos nos proporcionaban a los niños de los años cincuenta muchas posibilidades creativas. Y, en aquella ocasión, yo recurrí a una que custodiaba mis canicas y mis chapas entre temporadas. Aquel arrebato ajedrecista la transformó en un flamante tablero de escaques grises y negros, que se plegaba por los laterales. De la tapa pude obtener todavía los treinta y dos trebejos del juego. Construir tantos peones, torres y caballos que se desplazasen enhiestos me resultaba una quimera, Resolví entonces dibujar sus siluetas sobre unas fichas planas, de tamaños acordes a su importancia.
     Fueron un montón de partidas las que llenaron los días de ese invierno. Como en otras ocasiones, Ignacio compartió conmigo aquel ajedrez artesano. Los encuentros se sucedían con el acicate de la revancha, pues la derrota deja siempre un sabor amargo, difícil de digerir. También, en los niños. Y, como  la rivalidad era grande, el desquite se convertía en una obligación tensa. A la euforia del principio les siguieron partidas de movimientos vertiginosos e irreflexivos, que propiciaron rápidas victorias y tensas frustraciones, que habría de aburrirnos, de cansarnos. De este modo surgieron las desavenencias. A la par crecía la luz tibia que traía la primavera. Y menguaron las satisfacciones de unas batallas cada vez más esporádicas.

     He olvidado qué fue del tablero y de las fichas de cartón. Afirmo, sin embargo, que un nuevo entretenimiento, otros juguetes ocuparon de inmediato su lugar. Pues, mi vida de entonces era jugar y el juego lo llenaba todo.

jueves, 7 de junio de 2012

Don Luis y el último año en la escuela

 
Don Luis Villoldo era ya el director de la escuela graduada de niños Miguel de Unamuno. Estrenó el cargo que dejó vacante la jubilación de don José Santos aquel año o, quizás, el anterior. Acompañaba el título a mi nuevo maestro como un aura que nunca percibí en don Valentín, en don Cándido, en don Hermógenes, ni en ningún otro de los maestros de entonces. Con don Luis pasé mi postrer curso escolar en un aula amplia y clara, llena de la alegría que le regalaban a raudales las elevadas ventanas del mediodía. A ellas daba la fila de pupitres entre los que se encontraba los que yo ocupé, muy cercanos siempre a la mesa del maestro, que imaginaba inexpugnable, subida a una tarima. A través de aquellos cristales, de la luz que los atravesaba, aprendí el tiempo de clase transcurrido, lo que faltaba para el recreo y las salidas; y la profundidad de los rayos del sol fueron enseñándome el ritmo de las estaciones con mágicas marcas amarillas, con sus distancias mudables, en el suelo de madera.
     De lo que aprendí ese curso ya no me acuerdo, pero debió ser mucho porque me permitió nuevos aprendizajes. Sé cuánto me podía la curiosidad por lo que guardaba la enciclopedia; sobre todo sus historias y dibujos, la música de los versos y las moralejas de las fábulas. Mi fantasía me traía y me llevaba entre las páginas de los libros que encontré en el aula de don Luis, ganándome ya siempre para la lectura. Muchas enseñanzas que encontré en ellos, los rótulos de algunas lecciones y las estampas que las ilustraban me han visitado a menudo coloreadas de melancolía. Las tareas escolares de entonces las tomé más como desafío que como obligación. El deber y el esfuerzo que me exigían me estimulaban del mismo modo que las reglas, a veces tan estrictas, de los juegos infantiles que llenaban mis horas de asueto. Detrás de las dificultades que vencía y de los retos que superaba, venían engarzados los halagos del maestro, la admiración de los compañeros, la  satisfacción de mis padres y la confianza en mí mismo. Junto a estas sensaciones, de la película del que fue mi último año en la escuela, perviven nítidas otras escenas que me hacen añorar una época irrepetible.

     Como el cargo lo reclamara en su despacho, el director dejó la clase al albur de nuestras ocurrencias. Así fue que aquella mañana, el aula, huérfana del maestro, se convirtió de repente en una batalla campal. Las tizas iban y venían por el aire dejando impactos de yeso contra las mesas, los cristales y el encerado. Notaba como me exaltaba su continuo golpeteo que se iba embrollando con las carreras, con los saltos por encima de los pupitres que hacían tabletear los asientos, y con nuestros gritos. De pronto la puerta se abrió y apareció un don Luis ensimismado. Tan dentro de sus pensamientos venía, que pareció no advertir la neblina que difuminaba el aula en un millón de partículas ingrávidas. En la clase se había hecho un silencio que duraría ya lo que restaba de la mañana. Todavía un buen rato después, descubría en los rostros de mis compañeros como el temor al castigo merecido  transitaba hacia la incredulidad, desconcertados por la actitud lánguida del maestro. Mientras, el polvillo iba posándose con mansedumbre hasta que se recompuso el aire de todos los días. Y sólo quedó en el  ambiente nuestro resquemor por el comportamiento irresponsable, mucho más edificante que el natural correctivo.

     De las mañanas, me acuerdo de aquellas en las que don Luis me mandaba al cuarto donde unas mujeres preparaban la leche que se habría de repartir durante el recreo. Estaba en la planta baja, al comienzo del alargado pasillo, entre la clase de don Valentín y el despacho del director. Contra las paredes del cuarto se apilaban grandes sacos de leche en polvo. Tres o cuatro chicos, en un continuo relevo, removíamos con decisión y una pala de madera el polvo blanco que se diluía en el agua caliente de un gigantesco barreño de cinc. Todo nuestro afán era evitar que se formasen grumos. Tanta agitación hacía que se formase una espuma blanquísima que acababa dando vueltas y vueltas como un barco atrapado por un remolino. Pero me recordaba mucho más al merengue que sobresalía de ciertos dulces que tanto me llamaban desde el escaparate de la pastelería Gil.
     La imagen cremosa me acompañaba al recreo. Cuando esperaba mi turno en la larga fila del reparto, pedía a las señoras, como tantos otros chicos, que llenaran mi vaso de plástico de aquella espuma casi etérea,  engañado por lo que yo creía una golosina. Y al ver los berretes de nieve que se dibujaban en los demás, me reía relamiendo mis bigotes, sin querer aceptar cuán insustancial era su  contenido. Guardaba después el vaso en la bolsita de tela que había confeccionado mi madre y la colgaba, fruncida por el cordón, de uno de los tirantes de mi pantalón. De ese modo desaprovechaba el complemento nutritivo mañanero. Tampoco me beneficié del de la tarde: un trocito de queso amarillo, blando, que se me pegaba al paladar. El olor, su sabor, tan diferentes al queso que yo conocía, me disgustaban. Así que,  lo guardaba y ya en casa mi madre me lo cambiaba por la naranja, por el acostumbrado trozo de pan con la onza de chocolate de las meriendas.

     Al poco de llegar a aquella clase cambié el lapicero por la pluma. La caligrafía y la limpieza que adornaban los renglones de mi cuaderno debieron favorecer el dictamen de don Luis, siempre ponderado. Aquel mismo día compré la plumilla puntiaguda, un palillero de madera y un papel secante Pelikan, con unos narigudos enanitos entre los árboles de un bosque, en la librería Coll. Ya nunca faltó la tinta en el tintero de mi pupitre. He de recordar siempre la ilusión que me produjeron los rasgos temblorosos de las primeras letras que salían húmedas de la punta de mi plumilla y cómo iban secándose mientras se destacaban con determinación sobre el papel blanco. Y también, que hube de usar el secante con la misma frecuencia con que los borrones enturbiaron la escritura.  El goterón me recriminaba la carga excesiva de tinta en la exigua punta de la plumilla.  Pronto me complacieron los desiguales grosores de los trazos de cada letra que salían de mi pluma. Aprendí a dibujarlos con presiones  e inclinaciones diferentes del palillero sobre el papel.
     Mi ilusión llevó a ejercitarme en casa con tintas de un manojo de colores. Los frascos de estreptomicina y penicilina, con sus tapones de goma, que habían ido a parar a la caja de nuestros juegos se transformaron en tinteros. En cada uno diluí una pastilla de tinta de las que vendía la librería. Con estos colores embadurné de dibujos y letras un cuaderno artesanal, compuesto de un montón de programas de mano de las sesiones de cine, y que la lezna de mi padre me ayudó a coser por un lateral. La destreza que alcancé con la pluma se reflejó de inmediato en mis tareas escolares. El premio llegó cuando concluía noviembre y don Luis prefirió mi letra para copiar la efeméride de José Antonio Primo de Rivera. El maestro reservaba un cuaderno apaisado, empastado en un oscuro cartón grueso, para que los alumnos depositaran sus habilidades: los rótulos de unos; los dibujos de otros; los más, su escritura esmerada. Y en aquel cuaderno, como un tesoro, quedó guardada para siempre mi caligrafía al lado de los nombres de los elegidos.
  
     Las incesantes zambullidas de las plumillas en los tinteros, y los proverbiales ajetreos y descuidos infantiles habían ido salpicando poco a poco los tableros de lamparones de tinta. Y entre ellos, aparecieron también desperdigados algunos nombres y los motes más conocidos, que embadurnaron por completo la sobada madera. Una mañana don Luis cayó en la cuenta de aquel desastre. Y sobre nuestras cabezas se abatió la culpa de la suciedad que habían acumulado los años: debíamos recuperar el lustre original de nuestros pupitres. Durante dos días olvidamos la enciclopedia y los quebrados, que a mí se me estaban atragantando, y la clase se transformó en un taller de restauración de muebles. Raspamos el tablero del pupitre que ocupábamos con los trocitos de cristal que mi compañero había encontrado en una escombrera. Nuestra brega, que duró una mañana y una tarde, fue para que la madera recobrara la claridad que estaban consiguiendo las mesas de nuestros vecinos. El segundo día bruñimos el pupitre con una pastilla de cera, hasta que se volvió de un amarillo verdoso. Así, la clase fue rejuveneciéndose a medida que en los tableros asomaban, nítidas, las vetas más oscuras. Y hoy me parece oler todavía los aromas a viruta y a cera que durante mucho tiempo vagarían entre las filas de las mesas, y que me  llevaba a casa prendidos en mis ropas y en mi piel.
    
     Las tardes de los sábados se llenaban de parábolas y catecismo. Desde la tribuna del maestro bajaba el evangelio que habría de leer el cura el domingo, en la misa de diez.  Para las lecturas don Luis se quitaba sus gafas oscuras, como si las lentes le impidiesen escrutar las vidas que los libros guardaban. Una costumbre que me desconcertaba siempre, pues no comprendía para qué podían servirle entonces las gafas.  Me gustaba el relato que ponía de ejemplo al samaritano bondadoso y reprobaba a dos sacerdotes judíos por su indiferencia hacia un desamparado. O aquellos, donde los pocos peces y panes de un chico servían milagrosamente para alimentar a una muchedumbre; o el agua de unas tinajas que se convertía en el mejor vino para alegrar a los convidados de una boda, porque María, preocupada, se lo pidió a Jesús. Y como las narraciones venían de los mismos lugares de la Historia Sagrada, mi imaginación vestía a los personajes con las túnicas y los turbantes de las figuritas de un Belén.
     El sábado concluía con una competición. Traigo este recuerdo porque el juego colmó mi orgullo y mi plumier de lapiceros de punta afilada y olor a carboncillo.  Y es que el premio era siempre un lápiz de brillante madera amarilla. Sobre la tarima, a la izquierda de la mesa de don Luis, me coloqué muchas tardes junto a otros compañeros. El maestro nos asaetaba con las preguntas del catecismo, que habíamos de contestar con rapidez, pues la duda permitía un turno extra al compañero de al lado. Ese año de mi primera comunión, rebosante de catecismo, que me robó tantos ratos de juegos con los amigos, recogió sus frutos. Apenas se formulaba la interrogación, brotaba ya de mis labios, infalible, la respuesta aprendida. Y logré la admiración de don Luis, apenas oculta tras sus lentes ahumadas, que se tradujo en una sarta de dieces que calificaron la asignatura de Religión, los únicos que visitaron mi cartilla escolar.

     La rutina de las tardes se rompió una sola vez, cuando dos antiguos alumnos nos visitaron un Viernes de Dolores. Los jóvenes universitarios sonreían con nostálgica mientras don Luis, emocionado, recordaba los pupitres en donde recibieron sus lecciones y cuánto las aprovecharon. De inmediato acerté a ver las consecuencias. Aquella tarde recibí la lección más trascendental de mi último año en la escuela: supe ya para siempre en qué dirección deseaba que marchase mi vida.

lunes, 14 de mayo de 2012

Mi primera comunión

 
Comenzaré diciendo que tomé mi primera comunión a los nueve años. Envidié a mis amigos, a mis compañeros,  cuando vistieron las galas para su celebración el año anterior, y, como las lágrimas de consternación que vertí debieron ser poco convincentes, hube de conformarme con la espera de la llegada de una nueva primavera. Lo decidieron mis padres. Si me explicaron los motivos de este aplazamiento, ya no me acuerdo. Las dos razones que me han perseguido siempre son meras conjeturas: o que mi uso de razón fuera aún escaso a los ocho años, o que lo que escaseara fueran los dineros necesarios para la ocasión. Esta segunda hipótesis podría sostenerse si los problemas económicos no hubiesen sido endémicos en mi familia; a buen seguro persistirían el año siguiente y los venideros.
     A mí me llegó el turno ese año. Aquellas tardes escuchaba a Juanito Valderrama cantar a su hija vestida de comunión. Comenzaban a florecer los campos tras las lluvias de abril y era el disco dedicado que más repetía la radio. La calle se llenaba de gorgoritos y toques de campanas y yo me imaginaba una niña de cara regordeta, acicalada con azucenas y jazmines, las manos juntas sobre el pecho, camino de la iglesia, mientras sus padres la miraban embelesados. En los escaparates de los Pelos Grifos, Muro y Gregorio Martín, bajo los soportales de la Plaza, unos trajes de cuentos de hadas nos vendían ilusiones a los niños y las niñas que habríamos de tomar nuestra primera comunión.
    La preparación para tomar mi primera comunión convirtió las tardes en una retahíla de obligaciones y alguna que otra privación. La rutina, que me divertía apenas salía de la escuela Miguel de Unamuno, se rompió durante los dos primeros meses luminosos de primavera. Menguaron los planes con los amigos desde las cinco a las siete. Mis padres me vigilaron, pues consideraban trascendental el acontecimiento religioso que iba a protagonizar. A veces me olvidaba, tanto me gustaba jugar al fútbol. La merienda podía esperar un rato y pronto señalábamos las porterías con nuestras carteras en la calle que formaba la hilera de talleres con los muros de los almacenes de los Pucheritos. Hacía poco que corríamos tras el balón, y asomaba mi padre por la esquina de la carretera de Madrid con sus grandes botas de goma, que le llegaban a las rodillas y su inseparable boina negra, salpicada de yeso, ladeada. Me miraba con los ojos casi cerrados, el cigarrillo en la comisura de los labios, el bigote inmóvil como un contrapeso de las cejas interrogadoras. No había más. De inmediato recogía la cartera y, presuroso, me marchaba a casa, dejando tras de mí los regates y los goles imposibles de cada una de esas tardes.
     Sobre la mesa camilla de la salita, que hacía también de comedor, estudiaba el catecismo de segundo grado. Era un compendio de lo que yo debía conocer si quería ser buen cristiano. Es antes la obligación que la devoción, me decían en casa para justificar la prioridad del catecismo. Aunque yo no sabía distinguir entonces por qué el catecismo era más obligación que devoción. El caso es que mi padre me exigía las respuestas correctas a las preguntas que llenaban aquel librito de pastas rojas, del que me complacía la ilustración sencilla de la portada: a orillas del lago Tiberiades, un montón de galileos atendían las palabras que Jesús  les dirigía subido a una barca de pescadores.
     Cuando la fecha se aproximaba, don Agustín cogió las riendas de los preparativos para la primera comunión. Fue una tanda de tardes las que acudí a la parroquia para aprender a ser digno del sacramento de la Eucaristía. Me maravillaba siempre la penumbra silenciosa del templo, apenas rota por los listones de luz polvorienta que enviaban los cristales de poniente, la claraboya de la cúpula y la temblona lamparilla del altar mayor. La mayoría de las sesiones discurrieron en el habitáculo mágico que se enfrentaba al presbiterio por el largo pasillo de la nave central de la iglesia: el coro. A esas horas, un haz de rayos vaporosos reverberaba en los sitiales de madera maciza, que una pátina de manos y años había oscurecido. Protegidos por las verjas de la estancia y medio ocultos entre los altos apoyabrazos de los tronos que recorrían el coro, seguíamos atentos las palabras del orondo cura. Repetíamos las oraciones recién aprendidas, repasábamos las virtudes teologales, los mandamientos de la ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia, los pecados capitales y las bienaventuranzas. Con él aprendimos a confesarnos, mientras enumeraba pecadillos infantiles, y a comulgar. Y todavía me parece escuchar nuestras voces cantarinas que resonaban en aquel templo desierto, que olía a cirios apagados y al incienso de novenas y días de fiesta.
   A los pámpanos de las acacias y los negrillos los habían sustituidos tersas hojas verdes a mediados de mayo. Llegó la tarde del postrer sábado y esperé nervioso mi turno delante del confesionario que ocupaba el lugar más cercano a la entrada en la iglesia de San Miguel. Mientras recordaba mis pecados, algunas mujeres se movían junto a la escalera del altar mayor.  Vestían los primeros bancos con la inmaculada blancura de unas sábanas, que por momentos veía salpicarse de los tonos de las rosas tempranas. Apenas me llegaban sus cuchicheos, como si temiesen romper nuestro recogimiento. Me acerqué al confesionario. Apoyado en la puerta, acerqué mi cabeza  a la de don Agustín para contarle mis culpas. Me olvidé del Ave María Purísima y, en un murmullo apenas inaudible, le solté, congestionado por la vergüenza, mi primer pecado, que a mí me parecía el más grave. Si el sacerdote se enteró, jamás lo supe. El resto de la confesión se adaptó al ritmo sosegado de los ensayos, mientras daba cuenta de mis mentiras, mis peleas, las veces que había desobedecido a mis padres y enumeraba mis pequeños hurtos.
     Con la penitencia cumplida, sentí la ligereza del que se ha deshecho de un fardo pesado. Desde que había aprendido las consecuencias eternas de acarrear con los pecados no descansaba, tanto miedo me daba el infierno. Ese sosiego transmutó en una retahíla de dudas apenas me vi en la calle. Cualquier cosa que decía o hacía me presionaba el alma, y me interrogaba escrupulosamente si no habría incurrido en alguno de los pecados de las lecciones del catecismo. Necesité asegurarme de que cada acción representaba un pecado cierto. Y, entonces, mentí consciente de mi mentira al primer conocido que encontré para evitar la incertidumbre. Y le di una patada sin ton ni son a un crío, para poder acusarme de una agresión verdadera. Con la seguridad de estos dos pecados volví al confesionario, a una hora escasa de la primera confesión. Al acusarme de la mentira  o de la agresión seguras, creí que incluía todas, lo fueran o no. Estas dudas me asaltaron durante un tiempo. Para que me dejaran tranquilo, habría de recurrir cada sábado a la comisión de nimios pecados en un tiempo record, a sabiendas de que los cometía. Así de maltrecha habían dejado a mi conciencia infantil las tardes de doctrina  y catecismo.
     La mañana del domingo me vestí de comunión. He de decir cuánto me molestó aquel traje, hecho a medida, de un paño y una hechura diferentes a los que la mayoría de los niños lucieron para la ceremonia. En la iglesia me sentí como el patito feo del que todos murmuran las diferencias. Mi traje era más gris, si fuera posible, rodeado de los uniformes de marinerito de mis vecinos, en los que predominaba el blanco satinado y algunas chaquetas azul marino, donde brillaban botones, charreteras, graduaciones, anclas y cordones dorados. A su lado mi traje no parecía de comunión. Si acaso, para estrenar en las ferias o el domingo de Ramos. Y esta contrariedad ha permanecido en mi memoria más imperecedera que la emoción  que, sin duda, sentí al recibir mi primera Eucaristía de manos de don Pablo, nuestro párroco. Así lo recuerdo. También, que pronto comprendí la intención de mis padres: el traje de comunión se convirtió en mi ropa de fiesta. Y de nuevo fui distinto, pues mientras los demás uniformes se apolillaban, domingo tras domingo, en las perchas de los armarios, yo lucía cada vez más contento el mío, convencido del acierto de mis progenitores.
     Terminó la misa y me llevaron a la Huerta de don Agustín. En la misma dirección caminaban otros chicos escoltados por endomingados padres. Con la cruz sobre el pecho, todavía enguantados de blanco, con el librito y el rosario nacarados en las manos, acabamos todos alrededor de los veladores que se repartían por la pista frente al edificio de la Pollera. Era una explanada grande y de tierra en la que había jugado tantas veces y que aquella mañana aparecía dorada de un sol tibio de mayo. El sacerdote formidable, siempre pendiente de los que más carecíamos, nos regaló allí un trozo de su corazón inmenso, porque sabía cuán golosos éramos los niños; aún más, si cabe, los desfavorecidos. Sobre las mesas esperaban platos repletos de redondas galletas y rebanadas del pan del día. Al poco, las mojábamos entre risas en los humeantes tazones de chocolate. Cuantas veces me volví, relamiéndome, me encontré la sonrisa de mi padre y la mirada complacida de mi madre, en la que yo atisbaba un leve mohín de preocupación, a duras penas disimulado, por mi traje recién estrenado. Qué rico me supo aquel desayuno. Hacía catorce largas horas que no había probado más bocado que la sagrada forma, que si me alimentó el alma, no pudo con los rugidos de mi estómago. Pronto, me olvidé de la seriedad de la celebración de la mañana, y la sustituí por el dulzor de aquel suculento convite. Tampoco eché de menos al puñado de compañeros de comunión a los que les aguardaba, a buen seguro, un refrigerio más variado en un lugar exclusivo. 
     Del día de mi comunión recuerdo poco más. Tal vez que, al llegar a casa, mudé el traje nuevo por los habituales pantalones cortos de los domingos. Que después de comer me eché a la calle para gastar la tanda festiva en los puestos de la Plaza. Y que, aquella tarde, mientras jugaba despreocupado ya de las emociones de la mañana, me topé todavía con chicos y chicas que, acompañados de sus madres, deambulaban con cara de hastío de casa en casa intercambiando recordatorios por halagos, besos y algunas perrillas. Algunos vi cojear, lastimados los pies por unos zapatos  todavía brillantes y sin doblegar.